La muerte del último Austria (1700): del fin de dos Siglos de hegemonía de los Habsburgo a la transición Borbónica del Imperio Español
El 1 de noviembre de 1700, en el antiguo Real Alcázar de Madrid, falleció Carlos II de Habsburgo a los treinta y ocho años de edad, habiendo reinado oficialmente desde 1665. Su muerte representó mucho más que el deceso de un monarca debilitado por dolencias crónicas, físicas y genéticas: marcó el cierre definitivo de dos siglos de hegemonía bajo la Casa de Austria en España.
Desde que Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico desembarcara en España en 1517 para asumir las coronas unificadas de Castilla y Aragón, la dinastía Habsburgo había articulado la mayor estructura política, territorial y militar del planeta, abarcando vastos dominios en la Península Ibérica, América, los Países Bajos, el Milanesado, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, el Franco Condado, las Filipinas y las plazas estratégicas del Norte de África y el Atlántico.
El apogeo de esta monarquía había estado sustentado en la diplomacia dinástica, la extracción de recursos transatlánticos y la superioridad táctica de los Tercios españoles en los teatros bélicos europeos. Sin embargo, a lo largo del siglo XVII, las crecientes tensiones financieras, la dispersión logística de los frentes de combate (desde Flandes y Alemania hasta el Mediterráneo y el Atlántico), la inflación provocada por la acuñación masiva de moneda de vellón y las desastrosas secuelas de conflictos continentales como la Guerra de los Treinta Años (1618–1648) y las continuas agresiones de la Francia absolutista de Luis XIV debilitaron paulatinamente la posición hegemónica de la Corona española.
1. La encrucijada existencial del Imperio Español
Para finales del siglo XVII, el Imperio Español se encontraba en una encrucijada existencial. Aunque la historiografía romántica y del siglo XIX tendió a retratar la España de Carlos II como un organismo descompuesto y en ruinas, las investigaciones historiográficas contemporáneas —encabezadas por especialistas de la talla de Henry Kamen, García Cárcel y Antonio Domínguez Ortiz— han matizado profundamente este diagnóstico.
A pesar de los recurrentes colapsos institucionales en la Corte madrileña y de la pérdida de plazas fronterizas como el Franco Condado y diversas fortalezas en los Países Bajos, la corona española conservó la inmensa mayoría de sus posesiones territoriales en América, Italia y Flandes, demostrando una notable resistencia estructural y una vitalidad económica y demográfica renovada en diversas periferias peninsulares durante las últimas dos décadas del siglo XVII.
El verdadero drama de la transición dinástica no radicó en un colapso territorial inminente, sino en la incapacidad biológica de la rama española de la Casa de Austria para engendrar un sucesor legítimo. La extinción de la línea sucesoria puso sobre la mesa internacional la suerte del imperio más extenso del mundo. Las potencias europeas —Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico— consideraron la inminente muerte de Carlos II como una oportunidad dorada para desmembrar el gigante hispánico y redistribuir el equilibrio de poder en Europa y los mares americanos.
Frente a estas pretensiones extranjeras de partición, los consejeros españoles de Estado, encabezados por el Cardenal Primado Luis Fernández de Portocarrero, articularon una desesperada estrategia patriótica y legitimista: entregar la totalidad del imperio indiviso a la Casa de Borbón en la persona del Duque de Anjou, nieto de Luis XIV, confiando en que únicamente la pujanza militar y diplomática de la Francia del Rey Sol podría defender la integridad de la corona española frente a las ambiciones expansionistas de las potencias rivales.
1.1. De la Universitas Christiana al realismo de estado
La arquitectura ideológica de los Austrias iniciales (Carlos I y Felipe II) se fundaba en la visión mística e imperial de la Universitas Christiana, la defensa innegociable de la Fe Católica y el combate sin cuartel contra la Reforma Protestante y el Imperio Otomano. No obstante, a medida que avanzó el siglo XVII, esta empresa providencialista chocó con la dura realidad económica y demográfica de Castilla, el verdadero motor fiscal del imperio. Bajo los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, la monarquía se vio obligada a negociar continuas treguas, adaptar sus estructuras de gobierno mediante la figura de los validos o favoritos (el Duque de Lerma, el Conde-Duque de Olivares, Don Juan José de Austria, el Duque de Medinaceli y el Conde de Oropesa) y ceder terreno en el escenario continental.
La diplomacia de la época de Carlos II ya no aspiraba a la hegemonía global, sino a la mera conservación de lo heredado. Este viraje hacia el realismo pragmático caracterizó las últimas décadas del siglo XVII español: mientras las potencias rivales consideraban a España como un cadáver político listo para ser repartido, la administración de Carlos II desplegó notables esfuerzos de estabilización presupuestaria, reformas hacendísticas (como la deflación y ordenación monetaria de 1680 y 1686) y acuerdos de coalición internacional con antiguas potencias enemigas (como la Holanda protestante e Inglaterra) dentro de la Gran Alianza de Augsburgo para contener las ansias expansionistas de Luis XIV.
1.2. Historiografía y mitos sobre la Decadencia de la España de Carlos II
Durante los siglos XVIII y XIX, tanto la historiografía borbónica triunfante como los cronistas extranjeros alineados con la Leyenda Negra extendieron una caricatura simplista sobre el reinado de Carlos II. Se presentaba este periodo como el cenit de la superstición, el colapso económico total y la parálisis administrativa absoluta. Sin embargo, los estudios emprendidos a partir de la segunda mitad del siglo XX por autores como Henry Kamen (El rey loco y otros misterios de la España imperial) han desmantelado gran parte de estas interpretaciones tendenciosas.
Si bien la figura personal del rey estuvo marcada por la enfermedad y la debilidad constitucional, la sociedad española de finales del siglo XVII demostró una capacidad de adaptación y recuperación económica sustancial. En regiones costeras como Cataluña, Valencia, las Vascongadas y Andalucía, se experimentó un claro repunte agrícola, comercial y demográfico a partir de 1680. La hacienda real, tras las drásticas medidas deflacionarias adoptadas durante los valimientos de Medinaceli y Oropesa, logró poner freno a la desastrosa espiral inflacionaria de la moneda de vellón que había arruinado el comercio castellano en tiempos de Felipe IV. Por consiguiente, la crisis del año 1700 no fue la bancarrota inevitable de una sociedad extenuada, sino una crisis estrictamente dinástica e institucional provocada por la falta de un heredero directo.
2. La Genealogía de la decadencia biológica: endogamia y salud de Carlos II
El nacimiento de Carlos II el 6 de noviembre de 1661 fue recibido en la Corte de Madrid con una mezcla de júbilo desesperado y honda aprensión diplomática. Su padre, Felipe IV, había visto morir en rápida sucesión a sus potenciales herederos masculinos: el príncipe Baltasar Carlos (fallecido en 1646 a los dieciséis años), el infante Fernando Tomás y el infante Felipe Próspero (muerto el 1 de noviembre de 1661, apenas cinco días antes del nacimiento de Carlos).
La supervivencia física de la dinastía dependía enteramente de un recién nacido diminuto, pálido y extremadamente enfermizo. Mientras las gacetas oficiales de la Corte proclamaban con retórica encomiástica que el nuevo infante gozaba de perfecta salud y proporciones cabeza-cuerpo idóneas, los despachos confidenciales de los embajadores extranjeros destinados en Madrid enviaban cuadros dramáticos e inquietantes a sus respectivas cancillerías en París, Londres y Viena.
Las investigaciones médicas y genéticas contemporáneas sobre la Casa de Austria han demostrado que el deterioro biológico de Carlos II no fue un acontecimiento fortuito, sino la consecuencia acumulativa de más de un siglo de uniones consanguíneas sistemáticas entre las dos ramas principales de la dinastía Habsburgo (la rama española fundada por Carlos I y la rama austríaca reinante en Viena). El análisis genético moderno revela que el coeficiente de consanguinidad de Carlos II alcanzaba una cifra pasmosa ligeramente superior al que presentaría el fruto de un enlace incestuoso directo entre dos hermanos o entre un padre y su hija.
2.1. Patología clínica y evaluación médica
Como resultado directo de esta acumulación endogámica, Carlos II acumuló una constelación de taras físicas, metabólicas y del desarrollo que obstaculizaron gravemente su capacidad de gobierno y su fertilidad. Padecía un marcado prognatismo mandibular que le impedía ocluír correctamente la dentadura, dificultándole la masticación del alimento y provocándole serios trastornos digestivos crónicos. Los médicos e historiadores de la medicina de los siglos XX y XXI —como los doctores Ángel García Escudero y Castillo— han sugerido que el monarca sufría de un síndrome poliendocrino complejo, probablemente una combinación de raquitismo en la infancia, deficiencia de hormona del crecimiento, acidosis tubular renal y síndrome de Klinefelter, lo que explicaría su acentuada atrofia testicular, su infertilidad primaria irreversible y su menarquía fisiológica alterada.
Desde sus primeros años de vida, el príncipe requirió cuidados extraordinarios y prolongados. No aprendió a caminar con soltura hasta cumplidos los seis años y su educación intelectual fue intencionadamente demorada por temor a someter su frágil organismo a esfuerzos excesivos. Las nodrizas reales y los médicos de la Corte intentaron disimular la debilidad del infante, pero los embajadores europeos transmitieron descripciones minuciosas a sus monarcas. En 1665, a la muerte de Felipe IV, el embajador francés escribió a Luis XIV:
"El joven rey parece extremadamente débil; tiene las mejillas pálidas, los ojos hundidos y la boca constantemente abierta, síntoma de su dificultad para tragar e ingerir alimentos sólidos. Aunque camina y habla, sus extremidades muestran una torpeza llamativa..."
2.2. Los Dos Matrimonios de Carlos II y la Angustia de la Sucesión
A pesar de estas graves deficiencias estructurales, la Corte madrileña articuló dos matrimonios de Estado con la esperanza angustiada de que el rey pudiera engendrar un heredero que garantizase la continuidad de la dinastía:
- Primer Matrimonio con María Luisa de Orleans (1679–1689): Hija del duque Felipe de Orleans y sobrina de Luis XIV de Francia. La joven princesa francesa llegó a Madrid imbuida de un profundo temor ante el aspecto físico del rey. A pesar de los profundos e insólitos afectos recíprocos que se desarrollaron entre los esposos, la unión transcurrió durante una década sin dar frutos. La prematura muerte de María Luisa en febrero de 1689, entre sospechas infundadas de envenenamiento en la Corte, sumió al monarca en una melancolía patológica.
- Segundo Matrimonio con Mariana de Neoburgo (1690–1700): Hija del elector del Palatinado Felipe Guillermo y hermana de la emperatriz Leonor del Palatinado-Neoburgo. Perteneciente a una de las familias más prolíficas de la aristocracia germánica (Mariana era la duodécima de veintitrés hermanos), su elección se justificó expresamente por la presunta fertilidad inagotable de su linaje. Sin embargo, el matrimonio resultó igualmente estéril. La reina Mariana de Neoburgo adoptó una conducta altiva, autoritaria y abiertamente germanófila, rodeándose de una camarilla alemana encabezada por la condesa de Berlepsch ("la Perdiz") y el secretario Heinrich Wiser, lo que desencadenó un profundo rechazo entre la alta nobleza castellana y el Cardenal Portocarrero.
Ante la persistente e irreversible esterilidad de Carlos II y el constante deterioro de su salud corporal, comenzó a gestarse en los ambientes cortesanos y populares una explicación de carácter sobrenatural. Si el rey católico era incapaz de engendrar un sucesor a pesar de sus continuas oraciones, misas e intervenciones de los más célebres galenos de la Europa de la época, la causa no podía responder a un fallo meramente natural, sino a una interferencia diabólica e infame perpetrada por enemigos de la Corona. Nació así el mito popular e inquisitorial de "El Hechizado", un apodo que acompañaría a Carlos II en la memoria histórica colectiva pero cuya génesis obedeció a una cuidada y desesperada instrumentalización política.
Desde la década de 1670, clérigos y confesores dominicos habían sugerido esporádicamente que la atrofia reproductiva del rey respondía a artes de brujería. Sin embargo, el episodio alcanzó su clímax dramático e institucional entre 1698 y 1700, bajo el impulso directo del confesor real, el dominico fray Froilán Díaz, y con el beneplácito del Inquisidor General, Juan Tomás de Rocaberti. Fray Froilán Díaz entró en contacto con el vicario fray Antonio Álvarez de Argüelles, un afamado exorcista residente en Asturias, quien afirmó que en el convento de monjas agustinas de Cangas de Tineo varias religiosas poseídas por el demonio habían revelado, bajo juramento y rito de exorcismo, la verdad sobre la salud del rey.
3.1. Las Revelaciones Demoníacas y la Naturaleza del Maleficio
Según las declaraciones de los demonios "interrogados" por Argüelles, a Carlos II se le había administrado un bebedizo ponzoñoso a los catorce años de edad (hacia 1675). La poción, elaborada supuestamente con los sesos de un ajusticiado disueltos en chocolate a la luz de la luna, tenía como objetivo explícito "destruir la materia generativa del rey e incapacitarlo para la administración del reino" (et hoc ad destruendam materiam generationis in Rege et eum incapacem ponendum ad regnum administrandum). Las sospechas sobre la autoría intelectual del hechizo se dirigieron veladamente hacia la propia madre del rey, la reina regente Mariana de Austria (fallecida en 1696), acosada por acusaciones de haber querido retener perpetuamente el control político de la monarquía, y hacia la facción germanófila de la Corte.
Para liberar al monarca del supuesto maleficio, se organizó un insólito despliegue de rituales taumatúrgicos y exorcismos en la intimidad de las estancias reales:
- La Administración de brebajes curativos: Se ordenó al rey beber en ayunas cuartillos de aceite bendito y pociones medicinales compuestas para purgar el veneno del sistema digestivo.
- Exorcismos de Mauro Tenda: En 1699 llegó a Madrid el capuchino turinés fray Mauro Tenda, renombrado exorcista italiano, quien sometió a Carlos II a intensas sesiones de imposición de manos y oraciones secretas con agua bendita.
- El hallazgo de la bolsita Amuleto: Durante las inspecciones del lecho real, se descubrió bajo la almohada del monarca una pequeña bolsita de tela que contenía uñas cortadas, cabellos, plumas de aves y cáscaras de huevo, elementos interpretados inmediatamente por los frailes como pruebas irrefutables de brujería destinada a frenar su virilidad.
3.2. La Instrumentalización de la Política Inquisitorial
El proceso de los exorcismos de Carlos II se convirtió en un campo de batalla encarnizado entre las facciones políticas que se disputaban la sucesión al trono. El partido pro-francés, liderado por el Cardenal Portocarrero, utilizó las acusaciones de brujería para desacreditar al Inquisidor General Rocaberti y a los consejeros alemanes de la reina Mariana de Neoburgo. Tras la muerte de Rocaberti en 1699, el nuevo Inquisidor General designado por influjo germanófilo, el obispo Baltasar de Mendoza y Sandoval, ordenó encarcelar a fray Froilán Díaz, acusándolo de haber tratado con demonios y de haber vulnerado la dignidad de la majestad real mediante prácticas heterodoxas.
El juicio inquisitorial contra el confesor fray Froilán Díaz se prolongó más allá de la muerte de Carlos II. El proceso reveló la profunda instrumentalización judicial del Santo Oficio en los momentos agónicos del régimen Habsburgo. Finalmente, en diciembre de 1703, el Consejo de Castilla —actuando como supremo tribunal civil durante el reinado de Felipe V— dictaminó la nulidad del proceso, decretó la absolución completa de fray Froilán Díaz y declaró que el encarcelamiento del clérigo había violado tanto las leyes civiles del reino como las propias ordenanzas del Santo Oficio.
4. La Guerra de facciones en la Corte de Madrid: Alemanes contra Franceses
En los últimos cinco años del siglo XVII (1695–1700), el Real Alcázar de Madrid se transformó en un tenso e implacable escenario de intriga diplomática, espionaje y luchas de poder nobiliarias. Con un rey visiblemente agónico e incapaz de dirigir personalmente los asuntos de Estado, el gobierno efectivo de la Monarquía Hispánica quedó fracturado entre dos grandes partidos de la Corte, cuyas lealtades divergían radicalmente en torno a la cuestión sucesoria: el Partido Imperial o Germánico y el Partido Borbónico o Francés.
4.1. El Partido Imperial (Germanófilo)
Este grupo estaba capitaneado por la reina consorte Mariana de Neoburgo y respaldado activamente por el embajador del Sacro Imperio Romano Germánico en Madrid, el conde Ferdinand von Harrach (llegado en 1697). Mariana de Neoburgo utilizó su posición de máxima cercanía al lecho real para manipular los nombramientos de ministros, virreyes y gobernadores, favoreciendo sistemáticamente a la alta aristocracia austriaca y garantizando que las decisiones clave del Consejo de Estado se alineasen con los intereses del emperador Leopoldo I en Viena.
Entre sus colaboradores más íntimos destacaban su camarera mayor, la condesa de Berlepsch ("la Perdiz"), su secretario privado Heinrich Wiser y un reducido grupo de nobles castellanos opuestos al expansionismo francés, como el conde de Baños y don Juan de Angulo. El candidato defendido incondicionalmente por este bando era el archiduque Carlos de Austria (segundo hijo del emperador Leopoldo I), cuya coronación garantizaría la continuidad de la Casa de Habsburgo en el trono de España y mantendría la tradicional alianza entre las ramas de Madrid y Viena.
4.2. El Partido Borbónico (Pro-Francés)
Frente al dominio de la camarilla alemana, se consolidó un poderoso y cohesionado frente de resistencia nacional encabezado por la cúspide de la jerarquía eclesiástica y nobiliaria de Castilla. Su líder indiscutible era el arzobispo de Toledo y Cardenal Primado de España, Don Luis Fernández de Portocarrero. Portocarrero, un hábil diplomático y hombre de Estado de extraordinario peso político, percibía con lucidez que la alianza con la rama austríaca de Viena había arrastrado a España a guerras devastadoras e infructuosas contra Francia, acentuando la vulnerabilidad de las fronteras en Cataluña y los Países Bajos.
A partir de 1698, la causa borbónica recibió un impulso decisivo con la llegada a Madrid del embajador extraordinario de Luis XIV, Henri de Lorraine, marqués de Harcourt (posteriormente duque de Harcourt). Harcourt desplegó en la capital hispánica una brillantísima campaña de diplomacia pública y seducción cortesana: repartió cuantiosas pensiones y regalos entre los Grandes de España, financió panfletos satíricos contra la camarilla alemana de Mariana de Neoburgo y garantizó solemnemente a los miembros del Consejo de Estado que el Rey Sol emplearía todo el poderío de su flota y de sus ejércitos terrestres para defender la integridad indivisa del imperio español, sin exigir la anexión de ningún territorio peninsular o americano a la Corona francesa.
4.3. El "Motín de los Gatos" de 1699 y la Caída de Oropesa
La tensión entre ambos bandos alcanzó cotas de violencia verbal y parálisis gubernamental sin precedentes. En abril de 1699 estalló en Madrid el famoso "Motín de los Gatos" o motín del pan, una violenta revuelta popular desencadenada por la escasez de trigo y la carestía de vida. La multitud enfurecida marchó hacia el Palacio Real aclamando al Cardenal Portocarrero y exigiendo la destitución del corregidor de Madrid, el conde de Oropesa (aliado del partido germánico). El motín forzó la dimisión de Oropesa y aceleró el aislamiento político de la reina Mariana de Neoburgo, dejando el control del Consejo de Estado virtualmente en manos de Portocarrero y sus aliados pro-franceses.
El pueblo llano de Madrid entonaba pasquines satíricos por las calles contra los consejeros alemanes, como la conocida copla popular:
"Si el Rey no tiene heredero / no es culpa de Don Castrillo / sino de la de Neoburgo / y su perverso corrillo."
Este clima de descontento popular evidenció que la aristocracia castellana y las masas urbanas identificaban la presencia germánica con el desgobierno y la corrupción, facilitando el trabajo diplomático del bando borbónico.
5. Los tratados secretos y el reparto del Imperio Español
Mientras la Corte de Madrid se debatía en agónicas disputas de palacio, las cancillerías de las principales potencias europeas daban por sentada la inminente muerte de Carlos II y negociaban activamente a espaldas del gobierno español el reparto del valioso botín territorial de la Monarquía Hispánica. Para reyes como Luis XIV de Francia y Guillermo III de Inglaterra (quien era simultáneamente Estatúder de las Provincias Unidas de los Países Bajos), la perspectiva de que la totalidad del imperio hispánico recayera intacto en manos de un príncipe borbónico o de un archiduque Habsburgo resultaba inaceptable, ya que alteraría drásticamente el equilibrio de poder en Europa y otorgaría a una sola casa real la hegemonía absoluta sobre el comercio colonial atlántico.
Entre 1698 y 1700, París, Londres y La Haya suscribieron una serie de acuerdos diplomáticos secretos conocidos como los Tratados de Partición:
5.1. El Primer Tratado de Partición (La Haya, 11 de octubre de 1698)
- Contexto: Acordado entre Luis XIV de Francia, Guillermo III de Inglaterra y las Provincias Unidas.
- Reparto Proyectado: Designaba como heredero de la mayor parte de la Monarquía Hispánica (España, los Países Bajos españoles, Cerdeña y la América hispana) al joven príncipe José Fernando de Baviera, nieto de la infanta Margarita Teresa (hija de Felipe IV). Para satisfacer las ambiciones de los rivales, se estipulaba que Francia recibiría los reinos de Nápoles y Sicilia, junto con las plazas de Toscana, mientras que el archiduque Carlos de Austria obtendría el Milanesado.
- Reacción en Madrid: Al enterarse de este escandaloso reparto hecho sin su consentimiento, Carlos II y el Consejo de Estado reaccionaron con indignación. En noviembre de 1698, Carlos II firmó un testamento solemne nombrando al joven José Fernando de Baviera como heredero universal e indiviso de todos sus reinos.
- Desenlace Trágico: El plan saltó por los aires en febrero de 1699, cuando el pequeño príncipe José Fernando de Baviera falleció repentinamente en Bruselas a los seis años de edad, víctima de viruela (o según rumores cortesanos, de envenenamiento), dejando la cuestión sucesoria nuevamente abierta.
5.2. El Segundo Tratado de Partición (Londres / La Haya, marzo de 1700)
- Contexto: Tras la muerte del candidato bávaro, Luis XIV y Guillermo III volvieron a sentarse a negociar sin la participación del Sacro Imperio ni de España.
- Reparto proyectado: Asignaba la corona de España, los Países Bajos españoles y las colonias americanas al archiduque Carlos de Austria. A cambio, Francia recibiría compensaciones territoriales masivas en Italia: Nápoles, Sicilia, la isla de Elba y el Milanesado (este último destinado a ser permutado con el duque de Lorena a cambio de su ducado).
- Implicaciones: Este acuerdo reducía a la Monarquía Hispánica a un reino mutilado y privado de sus fortalezas estratégicas en el Mediterráneo e Italia, convirtiendo a España en una potencia de segundo orden.
5.3. La Indignación Española y la reacción patriótica
La revelación de estos tratados diplomáticos encubiertos causó estupor y rabia en la Corte de Madrid. Los miembros del Consejo de Estado —tanto austracistas como borbónicos— comprendieron que las potencias protestantes y Francia estaban dispuestas a descuartizar el imperio si la Corona no tomaba una decisión firme y categórica antes de la muerte del rey. La preservación de la integridad territorial de la Monarquía Hispánica se convirtió en la prioridad absoluta y obsesiva de la élite política española.
El propio Carlos II, profundamente ofendido por el atrevimiento de los monarcas extranjeros de repartirse sus dominios en vida, declaró ante el Consejo de Estado:
"Solo Dios me ha dado estos reinos y solo a Dios debo rendir cuentas. No permitiré que extranjeros despedacen lo que mis antepasados unieron con tanta sangre."
6. El Testamento final de Carlos II (2 de Octubre de 1700) y la Decisión de Estado
A finales de septiembre de 1700, la salud de Carlos II experimentó una degradación irreversible. Los médicos reales anunciaron que al monarca le quedaban escasas semanas de vida. En sus estancias del Real Alcázar, el rey sufría continuos desmayos, fiebres altísimas, retención de líquidos e incontinencia, permaneciendo gran parte del tiempo sumido en un estado de semi-inconsciencia. El Cardenal Portocarrero, secundado por los principales miembros del Consejo de Estado y del Consejo Real de Castilla (como el duque de Medina Sidonia y el conde de San Esteban), asumió la dirección efectiva del gobierno e instó al moribundo monarca a redactar el testamento definitivo que salvaguardase a la Patria.
6.1. El Debate Jurídico y teológico en el Consejo de Estado
El debate en el Consejo de Estado giró en torno a una premisa crucial: ¿Cuál de las casas reales europeas poseía la capacidad militar suficiente para impedir la partición del imperio estipulada en los tratados secretos anglo-holandeses? La Casa de Austria en Viena, encabezada por el emperador Leopoldo I, carecía de una armada poderosa y de recursos financieros suficientes para defender simultáneamente América, los Países Bajos y las posesiones italianas. Además, Leopoldo I estructuraba tercamente su reclamo sin ofrecer garantías militares reales.
Por el contrario, la Francia de Luis XIV poseía el ejército terrestre más numeroso, disciplinado y moderno de Europa, junto con una marina de guerra de primer orden capaz de proteger las flotas de Indias y las rutas comerciales transatlánticas. Elegir a un príncipe francés como heredero significaba transformar al antiguo y más temible enemigo de España en su principal escudo protector.
Sin embargo, existía un obstáculo jurídico de enorme magnitud: la infanta María Teresa de Austria (hija mayor de Felipe IV y hermana de Carlos II), que se había casado con Luis XIV en 1660 en la Paz de los Pirineos, había renunciado formalmente a sus derechos sucesorios al trono español en las capitulaciones matrimoniales. No obstante, los juristas y teólogos del bando pro-francés, respaldados por dictámenes del Papa Inocencio XII (quien recomendó la opción borbónica para evitar la hegemonía imperial en Italia), argumentaron con maestría legal que dicha renuncia estaba supeditada al pago completo de la dote prometida por la Corona española (500.000 escudos de oro), dote que nunca llegó a abonarse por la bancarrota de la Hacienda hispánica. Al no haberse cumplido la condición económica, la renuncia carecía de validez jurídica.
6.2. La Firma del Testamento histórico
El 2 de octubre de 1700, en un momento de lucidez agónica, Carlos II estampó su temblorosa firma en el documento redactado por los secretarios del Consejo de Estado. La cláusula segunda del testamento fijaba la decisión de Estado que cambiaría la historia de Europa:
"Reconociendo, conforme a diversas consultas de los Ministros de Estado y Justicia, que la razón en que se funda la renuncia de las Señoras Doña Ana y Doña María Teresa, Reinas de Francia, mi tía y mi hermana, fue el evitar la unión de las dos Coronas de España y Francia [...] y mirando con la mayor obligación a la conservación, tranquilidad y aumento de mis reinos [...] declaro por mi sucesor al Señor Duque de Anjou, hijo segundo del Delfín de Francia; y como a tal le llamo a la sucesión de todos mis Reinos y Señoríos, sin excepción de ninguna parte de ellos..."
6.3. Las tres condiciones innegociables
El testamento establecía tres condiciones innegociables:
- Indivisibilidad del Imperio: El nuevo rey debía asumir la totalidad de los dominios de la Monarquía Hispánica en Europa y América, sin ceder ni mutilar una sola provincia.
- Incompatibilidad de Coronas: Se prohibía perpetuamente la unión de las coronas de España y Francia en una misma cabeza. Si el Duque de Anjou llegaba a heredar el trono de Francia, la corona española debía pasar automáticamente a su hermano menor, el duque de Berri, o en su defecto, al archiduque Carlos de Austria.
- Respeto a las Leyes Tradicionales: El soberano debía jurar el acatamiento de las leyes, fueros, pragmáticas y costumbres de los diversos reinos y señoríos que componían la Corono española.
Un mes después de firmar el documento, el 1 de noviembre de 1700, festividad de Todos los Santos, Carlos II falleció en el Real Alcázar de Madrid. Contaba con treinta y ocho años y tres semanas de edad. Con su muerte concluyeron doscientos cuatro años de reinado de la Casa de Austria en España. La regencia del reino quedó asumida provisionalmente por una Junta de Gobierno presidida por la reina viuda Mariana de Neoburgo y el Cardenal Portocarrero, quienes enviaron inmediatamente emisarios urgentes a Versalles para notificar la decisión a Luis XIV.
7. El tránsito a los Borbones y el estallido de la Guerra de Sucesión Española (1701–1715)
En la mañana del 16 de noviembre de 1700, en el Palacio de Versalles, Luis XIV presentó solemnemente a su nieto de diecisiete años, Felipe, duque de Anjou, ante la corte francesa y los embajadores extranjeros congregados en la Galería de los Espejos, pronunciando la célebre frase historiográfica: "Señores, he aquí al Rey de España". Aceptando íntegramente los términos del testamento de Carlos II y rechazando el tratado de partición suscrito con Inglaterra y las Provincias Unidas, el Rey Sol proclamó a su nieto como Felipe V de España.
Felipe V hizo su entrada triunfal en Madrid el 18 de febrero de 1701, recibido con aclamaciones populares y el respaldo entusiasta de las corporaciones urbanas, el Consejo de Estado y la Iglesia castellana. Poco después, el nuevo monarca convocó Cortes en Madrid para prestar el juramento de fuero, trasladándose posteriormente a Barcelona en septiembre de 1701, donde juró las constituciones catalanas y celebró Cortes del Principado, otorgando importantes concesiones económicas y fiscales a la burguesía mercantil de Cataluña.
7.1. La formación de la Gran Alianza de La Haya
Sin embargo, la complacencia inicial de las potencias europeas se transformó rápidamente en pánico y hostilidad abierta debido a una serie de decisiones imprudentes y agresivas adoptadas por Luis XIV en nombre de su nieto:
- Conservación de los derechos al Trono Francés: En febrero de 1701, el Parlamento de París registró las cartas patentes por las que Luis XIV mantenía explícitamente los derechos sucesorios de Felipe V a la corona de Francia, contraviniendo la cláusula de incompatibilidad del testamento de Carlos II.
- Ocupación de las Plazas de la Barrera en Flandes: Tropas francesas ingresaron en los Países Bajos españoles y expulsaron a las guarniciones holandesas que custodiaban las fortalezas fronterizas en virtud de tratados anteriores.
- Concesión del Asiento de Negros: La Corona española concedió el monopólico Asiento de Negros en América a la Compañía Francesa de Guinea, excluyendo violentamente a los mercaderes británicos y holandeses del lucrativo comercio negrero.
En respuesta a estas provocaciones, Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico firmaron el 7 de septiembre de 1701 el Tratado de La Haya, constituyendo la Gran Alianza anti-borbónica. En mayo de 1702, las potencias aliadas declararon formalmente la guerra a Francia y a la España de Felipe V. Poco después, el emperador Leopoldo I proclamó en Viena a su hijo, el archiduque Carlos, como legítimo rey de España bajo el nombre de Carlos III.
7.2. La Guerra Civil Peninsular: Castilla frente a la Corona de Aragón
El conflicto bélico se desarrolló en dos frentes internacionales : el escenario europeo (Alemania, Flandes e Italia) y el escenario peninsular. En la Península Ibérica, la Guerra de Sucesión derivó en una cruenta guerra civil a partir de 1705:
- La Corona de Castilla: Se alineó abrumadoramente con la causa de Felipe V, percibiendo al monarca Borbón como la garantía de estabilidad, orden político e integración administrativa frente a las ingerencias anglo-holandesas.
- La Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Aragón y Mallorca): Tras la entrada del archiduque Carlos en Lisboa (1704) y el desembarco aliado en Altea y Barcelona (1705), las instituciones de la Corona de Aragón se adhirieron mayoritariamente al bando austracista. Esta opción no respondió a una aversión instintiva hacia el absolutismo francés, sino al temor de que la nueva dinastía borbónica introdujese un modelo de centralismo administrativo que recortase los Fueros medievales, las libertades institucionales y el régimen pactista tradicional.
Un caso emblemático de esta compleja dinámica política se vivió en la ciudad de Toledo. El Cardenal Portocarrero, que había sido el artífice del advenimiento de Felipe V, se sintió marginado del poder ejecutivo a partir de 1703 debido al creciente dominio de los consejeros franceses enviados por Luis XIV (como la Princesa de los Ursinos y el cardenal César d'Estrées).
En 1706, cuando las tropas austriacas ocuparon temporalmente Madrid y Toledo, Portocarrero y la reina viuda Mariana de Neoburgo (recluida en el Alcázar toledano) abrieron las puertas de la ciudad a las fuerzas del archiduque Carlos, llegando el Cardenal a oficiar un solemne Te Deum en la Catedral Primada en honor de "Carlos III". Sin embargo, tras la reconquista borbónica de la ciudad, Portocarrero tuvo que pedir perdón a Felipe V, apartándose definitivamente de la vida política activa hasta su muerte en 1709.
7.3. Las Batallas Clave: Almansa, Brihuega y Villaviciosa
El punto de inflexión militar en la Península se produjo el 25 de abril de 1707 en la Batalla de Almansa, donde las tropas franco-españolas al mando del duque de Berwick derrotaron decisivamente al ejército aliado anglo-portugués-holandés. Esta victoria permitió a Felipe V ocupar los reinos de Valencia y Aragón, promulgando inmediatamente los primeros Decretos de Nueva Planta (1707), que abolieron los fueros e instituciones autárquicas de ambos reinos e introdujeron el derecho civil y administrativo de Castilla. Aunque las tropas del archiduque Carlos lograron una segunda ofensiva sobre Madrid en 1710, las posteriores victorias borbónicas en las batallas de Brihuega y Villaviciosa (diciembre de 1710) consolidaron de manera irreversible el dominio de Felipe V sobre el territorio peninsular.
8. El Balance Histórico y Geopolítico del fin de la Dinastía de los Habsburgo
El desenlace de la Guerra de Sucesión Española no se decidió únicamente en los campos de batalla peninsulares, sino en los despachos diplomáticos de Utrecht y Rastatt entre 1713 y 1714. Dos acontecimientos internacionales alteraron drásticamente el curso del conflicto:
- El Cambio de Gobierno en Gran Bretaña (1710): La victoria electoral del partido Tory en Londres favoreció la apertura de negociaciones de paz bilaterales con Francia, cansada Gran Bretaña del enorme coste financiero de las campañas militares continentales.
- La Sucesión Imperial de Viena (1711): El fallecimiento repentino del emperador José I (hermano mayor del archiduque Carlos) convirtió automáticamente al archiduque en el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos VI. Si el archiduque lograba ceñir también la corona de España, se reconstruiría el temible imperio euro-americano de Carlos V, una perspectiva que alarmó profundamente a Inglaterra y a las Provincias Unidas.
8.1. La Paz de Utrecht (1713) y la Reconfiguración del Mapa Europeo
Ante este nuevo panorama geopolítico, las potencias europeas suscribieron la Paz de Utrecht (1713) y el Tratado de Rastatt (1714). La Monarquía Hispánica logró preservar su integridad en la Península Ibérica y conservó intacto su inmenso imperio ultramarino en América y las Filipinas. Sin embargo, el precio pagado por el reconocimiento internacional de Felipe V como rey de España significó el desmembramiento definitivo de sus dominios europeos tradicionales:
Territorio cedido en Utrecht |
Potencia Receptora |
Significado Estratégico y Geopolítico |
Países Bajos españoles |
Sacro Imperio (Carlos VI) |
Fin de la presencia militar hispana en Flandes tras 150 años |
Reino de Nápoles y Milanesado |
Sacro Imperio (Carlos VI) |
Pérdida de la hegemonía española en la Península Itálica |
Reino de Sicilia |
Ducado de Saboya |
Transferencia del dominio insular mediterráneo |
Gibraltar y Menorca |
Gran Bretaña |
Enclaves británicos permanentes en la Península y el Mediterráneo |
Asiento de Negros y Navío de Permiso |
Gran Bretaña |
Quiebra del monopolio comercial español en las Indias |
8.2. El Nuevo Estado Borbónico y los Decretos de Nueva Planta
Con la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 y la toma de Mallorca en 1715, Felipe V completó la unificación política de la Península bajo la Corona del Borbón, promulgando los Decretos de Nueva Planta en Cataluña y reestructurando el Estado español sobre bases centralistas, absolutistas y de influencia francesa.
El balance histórico de la extinción de los Austrias en 1700 revela un profundo proceso de transformación institucional. La Monarquía policéntrica, foral y pactista de los Habsburgo —que había gestionado la diversidad de reinos y fueros mediante el sistema de Consejos locales y virreyes— fue reemplazada por un Estado absoluto, unificado y centralizado, articulado en torno a Secretarías de Estado e intendencias provinciales.
A pesar de las pérdidas de los territorios italianos y flamencos en Utrecht, la España borbónica del siglo XVIII experimentó una profunda recuperación económica, demográfica y militar, liberada de la abrumadora carga de financiar la defensa de frentes dispersos en el centro de Europa. La energía del Estado se concentró en la reforma de la Armada Real, la reorganización del comercio colonial americano y la defensa del imperio atlántico, permitiendo a España mantenerse como una gran potencia europea e imperial a lo largo del siglo XVIII.
9. Análisis documental y fuentes primarias de la Transición Dinástica
Para comprender en toda su dimensión la complejidad de la muerte del último Austria y la llegada de la Casa de Borbón, resulta imprescindible examinar la documentación de la época conservada en el Archivo General de Simancas, el Archivo Histórico Nacional de Madrid y la Biblioteca Nacional de España. Las fuentes primarias —constituidas por correspondencia diplomática, actas del Consejo de Estado, testamentos reales, pasquines satíricos y diarios cortesanos— ofrecen una panorámica directa de las tensiones, temores y cálculos estratégicos de los actores contemporáneos.
9.1. Los Despachos del Cardenal de Harcourt y de Ferdinand von Harrach
La correspondencia entre los embajadores extranjeros destinados en Madrid y sus respectivas cancillerías constituye una de las herramientas analíticas más minuciosas para reconstruir la vida cotidiana en el Real Alcázar durante los años 1697–1700. Por un lado, los despachos del embajador francés Henri de Lorraine, marqués de Harcourt, dirigidos a Luis XIV y al ministro de Asuntos Exteriores Torcy, revelan una refinada estrategia de persuasión política:
"El Cardenal Portocarrero y los consejeros castellanos están profundamente convencidos de que solo la fuerza naval y terrestre de Vuestra Majestad puede evitar que los holandeses e ingleses desmiembren los dominios españoles. La reina Neoburgo intenta desesperadamente nombrar virreyes austracistas, pero el pueblo de Madrid odia a su camarilla alemana..."
Por otro lado, las memorias y cartas del embajador imperial Ferdinand von Harrach dirigidas al emperador Leopoldo I en Viena reflejan la progresiva frustración del bando germanófilo ante el aislamiento diplomático del bando Habsburgo:
"La reina Mariana de Neoburgo hace todo lo posible por mantener al rey firme en la causa de la Casa de Austria, pero el rey se encuentra tan extenuado por las fiebres y los continuos exorcismos que apenas puede estampar su firma en las consultas. El Cardenal Portocarrero controla las decisiones del Consejo y bloquea todos nuestros esfuerzos..."
9.2. El Codicilo del Testamento y la Muerte en el Real Alcázar
El 5 de octubre de 1700, tres días después de firmar el testamento principal, Carlos II otorgó un codicilo confidencial en el que detallaba las disposiciones finales sobre su sepultura en el Panteón de Reyes del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, disponiendo la celebración de más de cien mil misas por el descanso de su alma en conventos y monasterios de toda la Monarquía Hispánica.
La narración de las últimas horas del monarca, registrada por los cronistas reales y publicada en impresos de la época como la Copia del Testamento cerrado de Carlos II (Joseph Llopis, Barcelona, 1700), describe con patetismo el desenlace:
"En el primer día del mes de noviembre de este año de 1700, a las dos y media de la tarde, habiendo recibido los Santos Sacramentos con singular devoción y resignación, falleció el Rey Nuestro Señor Don Carlos II (que en gloria esté), habiendo dejado gobernadores de estos reinos a la Reina Nuestra Señora y al Cardenal Arzobispo de Toledo..."
10. La estabilidad socioeconómica y fiscal del Imperio español (1680–1700)
Frente a la narrativa tradicional de ruina generalizada, la historiografía socioeconómica moderna ha demostrado que las dos últimas décadas del reinado de Carlos II presenciaron el inicio de una sustancial recuperación en la periferia peninsular y en las provincias ultramarinas del imperio americano. Esta dinamización económica contrastó abiertamente con la parálisis política de la Corte madrileña.
10.1. La Reforma Monetaria de 1680 y 1686
Uno de los mayores logros institucionales del reinado de Carlos II fue la drástica deflación y ordenación monetaria ejecutada bajo el valimiento del duque de Medinaceli y el conde de Oropesa entre 1680 y 1686. Durante los reinados de Felipe III y Felipe IV, la acuñación incontrolada de moneda de vellón (cobre sin liga de plata) había desatado una espiral inflacionaria devastadora que alteró los precios internos y expulsó la moneda de plata de la circulación castellana.
En 1680, la Corona decretó una reducción drástica del valor nominal de la moneda de vellón quebrada a la mitad de su valor facial, seguida en 1686 por una devaluación formal de la plata para ajustar el real castellano a los patrones del mercado internacional. Aunque la medida provocó quebrantos financieros inmediatos y una severa contracción del crédito a corto plazo, logró erradicar la especulación monetaria, estabilizó los precios de los productos de primera necesidad y sentó las bases para el saneamiento de la Hacienda Real en el siglo XVIII.
10.2. El Florecimiento Comercial de Cataluña, Valencia y el Atlántico Americano
Mientras Castilla sufría los reajustes de la reforma monetaria, la Corona de Aragón experimentó una notable expansión agrícola y comercial:
- Cataluña: Desarrolló una boyante agricultura especializada volcada hacia la exportación de vinos y aguardientes a Inglaterra y las Provincias Unidas, junto con el florecimiento de una incipiente manufactura textil en Barcelona y Mataró.
- Valencia: Se benefició de la expansión de la producción de seda y del comercio marítimo en el Mediterráneo occidental.
- América Hispana: Las Indias continuaron enviando remesas sustanciales de plata fina a través de las flotas de Nueva España y del Perú. A pesar de los ataques piratas y del contrabando extranjero en el Caribe, las economías coloniales americanas mostraron una elevada autosuficiencia manufacturera y agrícola, consolidando elites criollas de gran pujanza económica.
11. Instituciones, fueros y pactismo: el modelo político de los Austrias frente al Absolutismo Borbónico
La transición de la Casa de Austria a la Casa de Borbón en 1700 supuso un choque entre dos visiones contrapuestas sobre la naturaleza del poder monárquico y la vertebración territorial del Estado: el Pactismo tradicional de los Austrias y el Absolutismo centralista francés.
11.1. La Monarquía Compuesta de los Austrias
Bajo la dinastía de los Habsburgo, el Imperio se articulaba como un agregado de reinos, ducados, condados y señoríos autónomos, unidos únicamente en la persona del monarca común. Cada territorio —Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Navarra, las Provincias Vascongadas, Flandes, Milán, Nápoles y Sicilia— conservaba sus propias Cortes, fueros, fueros municipales, leyes procesales, fronteras aduaneras internas y sistemas fiscales.
El monarca Habsburgo estaba obligado a jurar el acatamiento de las leyes locales de cada territorio al asumir la corona, gobernando a través del diálogo institucional con las elites locales representadas en las Cortes de cada reino. El Rey no podía imponer tributos extraordinarios ni reclutar tropas de forma arbitraria en la Corona de Aragón o en Navarra sin la aprobación expresa de sus estamentos representativos.
11.2. La ruptura Borbónica y los Decretos de Nueva Planta
La llegada de Felipe V trajo consigo el modelo centralista francés promovido por los consejeros de Luis XIV (como Jean Orry y Michel-Jean Amelot). Tras el estallido de la Guerra de Sucesión y la adhesión de la Corona de Aragón a la causa austracista, Felipe V utilizó el derecho de conquista para abolir el sistema pactista tradicional mediante los Decretos de Nueva Planta:
- Decreto de Valencia y Aragón (1707): Abolición radical de los fueros e instituciones autárquicas de ambos reinos tras la Batalla de Almansa, imponiendo el modelo administrativo de Castilla.
- Decreto de Cataluña (1716): Supresión de la Generalitat, el Consell de Cent y las Cortes del Principado, sustituidos por la autoridad de un Capitán General, la Real Audiencia y la figura borbónica de los Intendentes provinciales.
Únicamente los territorios de Navarra y las Provincias Vascongadas (Guipúzcoa, Vizcaya y Álava) conservaron intactos sus Fueros e instituciones forales históricas, debido a que se mantuvieron fieles a Felipe V durante toda la Guerra de Sucesión.
12. La Guerra de Sucesión en la literatura y la propaganda impresa de la Época
La crisis sucesoria de 1700 desató una auténtica guerra de propaganda impresa sin precedentes en Europa y en la Península Ibérica. La imprenta de tipos móviles, los pliegos de cordel, las gacetas y las relaciones de sucesos se convirtieron en armas ideológicas fundamentales para moldear la opinión pública de la aristocracia, el clero y las masas urbanas.
12.1. La Propaganda Borbónica (Felipista)
Los impresores alineados con la causa de Felipe V y el Cardenal Portocarrero difundieron miles de folletos que subrayaban tres argumentos centrales:
- La legitimidad del testamento: Se presentaba el testamento de Carlos II como una obra inspirada por el Espíritu Santo y guiada por el amor del monarca difunto a sus vasallos.
- La Protección del Imperio: Se argumentaba que solo la invencible marina y los ejércitos de Luis XIV podían evitar que los "herejes ingleses y holandeses" desmiembren la España católica.
- El Odio a la camarilla alemana: Se atacaba sin piedad a la reina viuda Mariana de Neoburgo y a sus consejeros alemanes, presentándolos como expoliadores de las riquezas de España.
12.2. La Propaganda Austracista (Carlista)
Por su parte, los folletos impresos en Barcelona, Zaragoza y Viena a favor del archiduque Carlos insistían en:
- La defensa de las libertades y fueros: Se advertía que el advenimiento de un Borbón supondría la llegada del despotismo tiránico francés y la destrucción de las constituciones tradicionales de Aragón y Cataluña.
- La continuidad dinástica de la sangre Habsburgo: Se recordaba que el archiduque Carlos llevaba la sangre del gran Emperador Carlos V y de los Austrias históricos.
- La denuncia de la ingerencia francesa: Se presentaba a Felipe V como un títere teledirigido desde Versalles por su abuelo Luis XIV.
"¿Quieres conservar tus Leyes? / ¿Quieres mantener tus Fueros? / No aceptes al rey Francés / que te tratará con hierros." (Pasquín austracista impreso en Barcelona, 1705).
13. Cultura en la Corte, Teatro Barroco y Religiosidad bajo el reinado de Carlos II
A pesar de las dificultades políticas y financieras de la Corte madrileña, el periodo comprendido entre 1665 y 1700 presenció la continuación y culminación del deslumbrante Siglo de Oro español en las artes plásticas, la dramaturgia barroca y la arquitectura sacra. La imagen tradicional de un estancamiento cultural absoluto contrasta fuertemente con la intensa actividad artística patrocinada por la Corona, la alta nobleza y las órdenes religiosas.
13.1. La Pintura de Corte: De Velázquez a Claudio Coello y Luca Giordano
Tras el fallecimiento de Diego Velázquez en 1660, la escuela pictórica madrileña mantuvo un vigor extraordinario. Pintores de la talla de Juan Carreño de Miranda y Claudio Coello asumieron el cargo de Pintores del Rey, retratando con insuperable maestría realista la fisonomía de Carlos II y la reina madre Mariana de Austria.
El cuadro maestro de Claudio Coello, La Sagrada Forma de El Escorial (1685–1690), instalado en la sacristía del Monasterio de San Lorenzo, constituye una de las cumbres de la pintura barroca europea. La obra retrata al propio Carlos II arrodillado junto con los miembros de su Corte y la jerarquía eclesiástica durante la adoración de la Sagrada Forma milagrosa, reflejando el carácter sacralizado y devocional de la monarquía Habsburgo en sus momentos de mayor angustia dinástica.
A partir de 1692, la llegada a Madrid del célebre pintor napolitano Luca Giordano ("Lucas Jordán") revolucionó la decoración mural de los Palacios Reales. Giordano cubrió con deslumbrantes frescos alegóricos las bóvedas de la escalera principal y la basílica de El Escorial, el Casón del Buen Retiro y la sacristía de la Catedral de Toledo, ensalzando la gloria de la Casa de Austria y la monarquía católica justo en la víspera de su extinción biológica.
13.2. El Teatro Barroco y los festejos de Palacio
El teatro continuó siendo el principal espectáculo popular y cortesano de la sociedad española bajo Carlos II. Dramaturgos continuadores de la escuela de Pedro Calderón de la Barca (fallecido en 1681), como Francisco Bances Candamo y Agustín de Salazar y Torres, escribieron comedias de palacio, zarzuelas y autos sacramentales encargados expresamente para festejar los cumpleaños, bodas y jornadas de los Reyes Reales en los teatros del Buen Retiro y del Alcázar.
Bances Candamo, en su obra Teatro de los teatros, teorizó sobre la función pedagógica y política de la dramaturgia cortesana, donde los monarcas asistían a representaciones que escenificaban parábolas sobre la justicia, el buen gobierno y los peligros de la tiranía o la intriga de los validos.
14. La Armada Real y la defensa marítima de las Indias en las postrimerías del Siglo XVII
Uno de los aspectos más críticos durante el reinado de Carlos II fue el mantenimiento del sistema de comunicaciones navales entre la Península Ibérica y las provincias ultramarinas de América y las Filipinas. La Carrera de Indias, articulada en torno a la flota de Nueva España y sus galeones, constituyó la arteria vital que suministraba el caudal de plata imprescindible para el sostenimiento de la hacienda imperial y el pago de los compromisos bancarios en Europa.
14.1. La Armada de barlovento y las fortificaciones americanas
Para hacer frente a la creciente amenaza de la piratería anglo-holandesa y las incursiones de los corsarios en el Caribe (como el devastador saqueo de Panamá por Henry Morgan en 1671 o el ataque a Veracruz en 1683), la administración de Carlos II potenció la reestructuración de la Armada de Barlovento. Se construyeron nuevos galeones en los astilleros de La Habana y Guayaquil, y se reforzó la red de fortificaciones abaluartadas en las plazas estratégicas del litoral americano: San Juan de Ulúa (Veracruz), el castillo del Morro en La Habana, las murallas de Cartagena de Indias, San Juan de Puerto Rico y la fortaleza de San Diego en Acapulco.
Estas obras de ingeniería militar, financiadas a través de los situados de las cajas reales de Nueva España y el Perú, permitieron preservar el dominio español sobre el continente americano, demostrando que la Corona española mantuvo su soberanía efectiva sobre sus provincias ultramarinas sin perder una sola provincia clave a manos de las potencias europeas durante el reinado del último Austria.
14.2. El Galeón de Manila y el comercio transpacífico
En el escenario del Océano Pacífico, el famoso Galeón de Manila continuó realizando su épica travesía anual entre Manila y Acapulco durante todo el reinado de Carlos II. Este sistema comercial transoceánico conectaba los productos de lujo asiáticos (sedas chinas, porcelanas, especias y marfiles) con la plata mexicana, consolidando a España como la primera potencia global verdaderamente intercontinental.
15. Historiografía comparada: el juicio histórico sobre el reinado de Carlos II
El estudio del reinado de Carlos II ha experimentado una profunda evolución historiográfica a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI. Los historiadores han transitado desde una visión abiertamente fatalista hacia un análisis riguroso, matizado y multidisciplinar que distingue entre la salud biológica del monarca y la vitalidad de las instituciones y la sociedad hispánica.
15.1. La perspectiva decadente tradicional
Durante el siglo XIX y principios del siglo XX, historiadores influidos por el positivismo y la historiografía liberal —como Cánovas del Castillo o Gabriel Maura Gamazo— juzgaron el reinado de Carlos II como el punto más bajo de la historia de España. Esta corriente enfatizaba la parálisis del gobierno, la degradación de la Corte y la ruina económica, presentando la llegada de los Borbones como una salvación necesaria providencial que introdujo la modernidad ilustrada.
15.2. La reevaluación historiográfica contemporánea
A partir de la década de 1970, las investigaciones de historiadores hispanistas y españoles —como Henry Kamen, Antonio Domínguez Ortiz, Ricardo García Cárcel, Christopher Storrs y Joseph Pérez— transformaron radicalmente esta visión simplista:
- Resistencia y resiliencia del Imperio: Christopher Storrs, en su influyente obra La resistencia de la Monarquía Hispánica (1665–1700), demostró que la administración de Carlos II fue capaz de movilizar recursos financieros y militares sustanciales para mantener una monarquía global en guerra continua contra la potencia más expansiva de la época, la Francia de Luis XIV.
- Descentralización y recuperación Regional: Henry Kamen subrayó que el reinado de Carlos II presenció un proceso de descentralización y estabilización económica en la periferia castellana y aragonesa que facilitó el posterior despegue económico del siglo XVIII.
- El Testamento como acto de estado Pragmático: Los estudios sobre la diplomacia de 1700 revelan que la designación de Felipe V no fue una rendición ciega ante Francia, sino una decisión calculada del Consejo de Estado para defender la integridad indivisa del imperio frente a las ambiciones de partición de Inglaterra y las Provincias Unidas.
Esta reconsideración científica permite concluir que la muerte del último Austria en 1700 no marcó el colapso trágico de una nación en ruinas, sino una compleja, dramática y pragmática transición institucional hacia la modernidad del siglo XVIII.
16. Preguntas frecuentes
¿Por qué llamaban "El Hechizado" a Carlos II de España?
El apodo de "El Hechizado" obedeció a la creencia popular y de la Corte de que la extrema fragilidad física, los trastornos digestivos crónicos y la irreversible esterilidad de Carlos II no respondían a causas naturales, sino a un maleficio o conjuro diabólico. En 1698, su confesor fray Froilán Díaz y el Inquisidor General Rocaberti sometieron al rey a exorcismos tras las declaraciones de religiosos asturianos que afirmaban que demonios interrogados habían confesado la administración de un bebedizo ponzoñoso al monarca a los catorce años. La historiografía y la medicina moderna descartan la brujería y demuestran que sus dolencias eran el resultado directo de un coeficiente de consanguinidad endogámico extremo.
¿Qué decía el testamento de Carlos II sobre la sucesión al trono?
En su testamento final, firmado el 2 de octubre de 1700, Carlos II nombró como heredero universal e indiviso de todos los reinos de la Monarquía Hispánica al príncipe francés Felipe, duque de Anjou (nieto de Luis XIV y de la infanta María Teresa de Austria). El testamento imponía tres condiciones innegociables: la indivisibilidad absoluta de los territorios del imperio, la prohibición perpetua de unir las coronas de España y Francia en una sola persona, y el respeto formal a los fueros, leyes y costumbres tradicionales de los reinos hispánicos.
¿Cuáles fueron las causas de la Guerra de Sucesión Española?
La Guerra de Sucesión Española (1701–1715) estalló porque las potencias europeas (Inglaterra, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio) rechazaron la designación de un príncipe Borbón como heredero de la Monarquía Hispánica. Temían que el alineamiento estratégico entre Francia y España otorgase a Luis XIV la hegemonía absoluta en Europa y el control exclusivo del comercio en la América española. En respuesta, la Gran Alianza proclamó como rey alternativo al archiduque Carlos de Austria, desencadenando un conflicto bélico internacional que degeneró además en una guerra civil peninsular entre la Corona de Castilla (felipista) y la Corona de Aragón (austracista).
¿Qué consecuencias tuvo el Tratado de Utrecht (1713) para España?
El Tratado de Utrecht reconoció a Felipe V como rey legítimo de España y de las Indias, pero obligó a la Monarquía Hispánica a ceder todas sus posesiones europeas fuera de la Península: los Países Bajos españoles, Nápoles, Cerdeña y el Milanesado pasaron al Sacro Imperio; Sicilia fue cedida a Saboya; y Gran Bretaña obtuvo las plazas estratégicas de Gibraltar y Menorca, junto con ventajas comerciales decisivas en América (el Asiento de Negros y el Navío de Permiso).



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