martes, 17 de septiembre de 2013

Origen y manipulación de la llamada 'Leyenda Negra' española

A los españoles se les han pintado como crueles, atrasados y fanáticos, y ellos mismo se lo han creído. Hoy los historiadores revisan aquella imagen exagerada y a veces falsa de España, v descubren los intereses de sus autores.

¿Pero, por qué tanta saña cón­ica los españoles? ¿A qué respon­día esa sucesión de características negativas? La respuesta hay que buscarla en la posición de poder que adquirió nuestro país tras el descubrimiento de América y el posterior desarrollo del imperio en la época de Carlos I y de su hi­jo Felipe II. A partir de entonces, los españoles fueron retratados en el exterior como individuos atrasados, fanáticos, crueles y poco agraciados; en palabras del Papa Julio II "unos herejes cismáticos, mezcla de judíos y marranos".
 
Similitudes con el antiamericanismo

Hoy, el historiador e hispanis­ta francés Joseph Pérez recuerda que en aquel tiempo, la cultura dominante en Europa era la es­pañola y la moda imperante era la que surgía de España. "Como contrapartida, ese éxito provocó una reacción antiespañola similar a la que hoy se produce hoy con el imperialismo americano. Así sur­ge la Leyenda Negra española", subraya este hispanista hijo de exiliados valencianos y criado en el sur de Francia. 

Actualmente, la mayoría de los historiadores han revisado la negativa valoración que tenían de nuestro país los especialistas anglosajones y no pocos intelec­tuales españoles: "España es un país normal, con formas de vida y cultura homologables con las de otros países europeos, por lo menos desde finales de la Edad Media", concluye Pérez.
 
La creación de una nueva sociedad

En sintonía con las apreciaciones del historiador francés, el bri­tánico Hugh Thomas afirma que la España de Carlos V llevó a ca­bo una magnífica hazaña al crear una sociedad nueva en América, aportando la civilización cristia­na pero apoyándose en las raíces profundas de la cultura indígena. Thomas, autor de la obra más completa sobre la conquista de México, considera que la Leyen­da Negra tiene escaso fundamen­to y sostiene que "ya es hora de sacudirse el ridículo complejo de culpa que sienten todavía muchos españoles".

Los hispanistas proponen recuperar la verdad

Otro prestigioso historiador in­glés, John Elliot, cree que la Le­yenda Negra continuará todavía unos años hasta que logre triun­far la objetividad científica. "Es de esperar que cierto equilibrio se imponga antes de llegar al 600 aniversario del Descubrimiento de América", comentó con sor­na este hispanista británico hace unos años, cuando de cara a 1992 España preparaba los actos oficia­les para conmemorar los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo.

Por su parle, Stanley Payne asegura que "resulta demasiado típico el juicio de que la conquis­ta española de América fue uno de los episodios más lamentables de la historia. Tal vez exprese un resentimiento francés por haber perdido la Guerra de los Siete Años en 1763 y, con ella, la mayor parte de su imperio americano. En todo caso, parece reflejar los prejuicios típicos formados originalmente en el siglo XVI", comen­ta este historiador británico también especializado en temas relacionados con España.
 
Ernesto Sábato y Octavio Paz
 
El escritor argentino Ernesto Sábalo señala que la Leyenda Ne­gra "fue comenzada por las nacio­nes que querían suplantar al más poderoso imperio de la época, entre ellas Inglaterra, que cometió en el mundo entero atrocidades tan graves como las españolas pero agravadas por su clásico racismo". Sábato opina que si la Leyenda Negra fuera una verdad absoluta, los descendientes de aquellos indígenas avasallados deberían mantener atávicos re­sentimientos contra España, "y no sólo no es así, sino que dos de los más grandes poetas de la lengua castellana de todos los tiempos, Rubén Darío en Nicara­gua y César Vallejo en Perú, eran mestizos y cantaron a España en poemas inmortales", subraya el escritor argentino.

Algo parecido opinaba el escri­tor" mexicano y Premio Nobel de Literatura en 1990 Octavio Paz: "No se puede pensar en términos de Leyenda Negra. Es evidente que el descubrimiento de Améri­ca y la conquista estuvieron lle­nos de horrores, pero también de gestas gloriosas que no podemos dejar de lado, y creo sin temor a equivocarme que quienes lo defi­nen como la conmemoración del genocidio de los pueblos ame­ricanos cometen un grave error, porque es históricamente falso y 'ahistórico' por definición".

Los artífices de la Leyenda Negra

Muchos panfletos de protestantes ingle­ses, alemanes y flamen­cos -como El libro de los mártires (1554), de John Foxe- denunciaron la plei­tesía que rendía el imperio español a la Inquisición y tacharon a Felipe II de fa­nático religioso que veía herejes por todos lados.
 
En 1581, Guillermo de Orange escribió su Apo­logía, donde acusaba al Duque de Alba de ser el perro de presa de Felipe II y de firmar en su nombre miles de ejecuciones y expolios en Flandes. Tam­bién sostenía que el rey español había mandado matar a su hijo Carlos y a su mujer Isabel de Valois.

Por su parte, el intrigan­te secretario de Felipe II Antonio Pérez, despecha­do contra el rey, escribió con ayuda de Isabel I de Inglaterra otro libelo que encendió en Europa un sentimiento antiespañol.

En Francia, Montesquieu escribió en una de sus Car­tas persas sobre españo­les y portugueses que "la gravedad es el rasgo más brillante de ambas nacio­nes; se manifiesta princi­palmente de dos mane­ras: en las gafas y en los bigotes". Tras tachar de vagos -"enemigos invencibles del trabajo"-, beatos e intransigentes a los ibéricos, afirmando que no gozaban de tranquilidad filosófica "porque siempre están enamorados".
Para Voltaire, las mate­máticas jamás se cultiva­ron entre los españoles, cuyas ocupaciones princi­pales eran "la guitarra, los celos, la devoción re­ligiosa, las mujeres y el lenguaje por señas".
 
Los ataques no solo desde el extranjero

Durante varios siglos, la histo­riografía anglosajona ha venido difundiendo la idea de que lo que conocemos como civilización moderna -el desarrollo técnico y económico, la ciencia, el progre­so, la tolerancia- era hija de la reforma protestante, y que las naciones latinas y católicas como Francia, España, Portugal o Italia eran incapaces de integrarse a ese modelo cultural.

En cualquier caso, los ataques no sólo provenían del exterior. Jo­seph Pérez cree que muchos españoles asumieron la Leyenda Ne­gra y contribuyeron a cimentarla. Entre ellos, un hombre tan culto como Manuel Azaña, una de las personalidades más importantes del siglo XX español, que llegó a decir que "durante nuestro sueño, las demás naciones han reinventado una civilización, de la cual no participamos, cuyo rechazo sufrimos y a la que hemos de in­corporarnos o dejar de existir".
 
Asimismo, los nacionalismos catalán y vasco han usado de manera interesada esta leyenda negra con el fin de degradar la imagen del país ante sus ciudadanos y buscar ese hecho diferencial, no solo en la lengua, también en la historia.

Bartolomé de Las Casas, defensor de los indios

Uno de los libros más importantes para el desarrollo de la Leyen­da Negra fue una ver­sión adulterada de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolo­mé de Las Casas, que fue editada de forma fragmentaria en 1598. Aquel libelo incluía gra­bados del famoso impre­sor flamenco Teodoro De Bry que desorbitaban la crueldad de los españo­les con los indígenas.
 
En realidad, la obra original del dominico español, publicada en Sevilla en 1552, fue un encargo de la Junta de Valladolid para que Bartolomé de Las Casas presenta­ra por escrito y en tono denunciante, aunque no de forma tan exagerada, sus alegaciones sobre la colonización en América.
 
El objetivo que perseguía la Junta era convencer al emperador Carlos V de la necesidad de aprobar medidas resolutivas para aliviar el trato a los colo­nizados. Los instigadores de la Leyenda Negra no mencionaron que en 1516 el padre Las Ca­sas había sido nombrado "defensor de los indios" por el regente Cardenal Cisneros, lo que demos­traba un genuino interés de la Corona española por sus nuevos súbditos. Algo de lo que no pudo vanagloriarse, por ejem­plo, el rey Leopoldo III de Bélgica, cuya aven­tura colonialista en el Congo causó la muerte a millones de personas en pleno siglo XIX.

El supuesto genocidio en América

La Conquista tuvo luces y sombras pero, al con­trario de lo que ocurrió en América del Norte, la zona del continente que estuvo en manos de España es hoy mestiza porque los conquistadores no tuvie­ron reparo en mezclarse con tos pueblos conquis­tados. España fue la primera potencia colonial que discutió públicamente los derechos de los indios.
 
Países como Holanda, Francia y Estados Unidos -que ape­nas ofreció unas míseras tierras a los pocos indíge­nas que sobrevivieron a la Conquista del Oeste- no promulgaron leyes para proteger a sus colonizados. Cualquier historiador serio sabe que la disminu­ción de la población indíge­na se debió sobre todo a las enfermedades que los españoles llevaron de Europa, como la viruela y la gripe.
 
A diferencia de lo que sucedió en Estados Unidos, España creó colegios y uni­versidades en ultramar. Si los conquistadores hubie­ran sido tan intolerantes no habrían educado a sus colonizados. Hoy, junto a la lengua española, los indios conservan también tas suyas propias.
 
La expansión ultramarina de España fue el otro gran argumen­to utilizado por los instigadores de la Leyenda Negra. Las nuevas potencias emergentes del conti­nente -Francia, Gran Bretaña y Holanda- se lanzaron contra el país que les disputaba los territo­rios del Nuevo Mundo y negaron a la nación española su derecho a mantener su imperio. Para ello nada mejor que fabricar una campaña propagandista sobre las crueldades que cometieron los conquistadores en América.

No cabe duda de que la evangelización y la idea de imperio fueron utilizadas para esclavizar a los
pueblos indígenas, pero también es cierto que los monarcas espa­ñoles impulsaron la protección de los aborígenes, tarea que fue encomendada a las órdenes reli­giosas y que no tuvo reflejo en las colonizaciones llevadas a cabo por otros países.
 
A aquel gesto evangelizador, la Corona añadió una obra de integración cultural en el Nuevo Mundo que se plasmó en la construcción de ciudades muy bien organizadas en las que además de catedrales e iglesias había escuelas y centros docentes. En 1551, los dominicos fundaron en Lima, hoy capital de Perú, por decreto de Carlos V, la Universidad de San Marcos, que es la más antigua de América. 
 
La Inquisición y Torquemada

Aunque no se puede negar el protagonismo represivo de la In­quisición ni el de su más siniestro ideólogo, Tomás de Torquemada y el Santo Oficio que dirigía fue un poderoso instrumento en manos de los reyes españoles pa­ra mantener en la Península una cohesión religiosa que faltó en otros países de nuestro entorno.
 
La Inquisición impidió que España fuera un teatro de guerra de religión, tal y como ocurrió en Francia y Alemania con la aparición de la Reforma. Julián Juderías se preguntaba en su libro: "¿qué habría sucedido si Castilla hubiera seguido siendo católica y Aragón se hubiera he­cho calvinista y Cataluña lutera­na?".
 
Sin duda, España se mostró intolerante en su defensa de la unidad religiosa, pero su intolerancia fue similar a la que exhibió Isabel I cuando declaró la guerra a los católicos, lo que causó un baño de sangre en Inglaterra.

Se calcula que en los quince años que estuvo Tomás de Torquemada al frente del Santo Oficio fueron quemados en la hoguera entre 4.000 y 8.000 ju­díos conversos y un número menor de moriscos. Sin embargo, y sin ánimo de dulcificar lo que fue una represión salvaje, aquellos ajusticiamientos fueron comunes e incluso mayores en otros lugares de Europa.
 
La quema de herejes no fue "typical spanish"; en Europa también hubo persecuciones religiosas. Si la Inquisición española  fue culpable de la muerte de miles de supuestos herejes, en Francia, por ejemplo, hubo matanzas religiosas tan salvajes como la de la Noche de San Bartolomé -arriba-, en que las milicias burgue­sas católicas de Carlos IX pasaron a cuchillo a 5.000 hugonotes.
 
La expulsión de los judíos

La decisión de España de expulsar a los moriscos y judíos fue uno de los puntos centrales de esa propaganda que pretendía difamar el imperio más poderoso del momentos. Tanto el exilio forzoso a que fueron obligados los primeros como la expulsión masiva de los segundos fueron dos decisiones terribles y sin sentido si las valoramos en el siglo XXI.
 
Sin embargo, hay que situar­las en el contexto de su época, ya que tuvieron sus antecedentes y sus réplicas en toda Europa. En Inglaterra, las comunidades he­braicas fueron obligadas a partir al exilio en 1290, en Francia en 1306, en Brandemburgo en 1510 y en Baviera en 1554. Los ataques a esa minoría religiosa fueron frecuentes en todo el continente europeo y se sucedieron durante décadas hasta llegar el siglo XX.

En cuanto a la expulsión de los moriscos, cabría recordar los des­plazamientos de población que se ordenaron en Europa tras la II Guana Mundial o las barbarida­des que cometieron las potencias coloniales europeas en África a lo largo del siglo XIX.

También conviene tener presen­te que los Estados Unidos nacie­ron de las colonias puritanas y de la sociedad esclavista del Sur. "La expansión hacia el Oeste a lo largo del siglo XIX implicó la destruc­ción de los pueblos indios. La Guerra de Secesión fue una verdadera masacre", afir­ma Fusi. Pero lo grave es que la abolición de la esclavitud  lograda tras esa contienda civil no puso fin al problema del racismo hasta el último cuarto del siglo XX.
 
Un país atrasado e inculto

El desarrollo literario que alcanzó España durante los siglos XVI y XVII fue superior al de otras naciones du­rante ese periodo, "lo que demuestra que la Inquisición no apagó la inspiración de nuestros literatos", subraya Ju­lián Juderías en La Le­yenda Negra.
 
Las obras de Hurtado de Mendoza, Luis de Góngora, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca, Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega y tan­tos otros prueban aque­lla vitalidad creadora que propició un verdadero Siglo de Oro. La España imperial no vivió aislada de Europa, sino que ejer­ció sobre ella una gran influencia; tenia un pie en Perú y México y otro en Alemania y Flandes.

De España se decía que era un imperio de ejércitos que jamás in­cubó a grandes cientí­ficos, pero se olvidan de Miguel Servet o del botánico Hipólito Ruiz. Españoles fueron los primeros que exploraron el océano Pacífico y las junglas americanas; Nebrija, que intentó trazar el mapa de variaciones magnéticas antes que Humboldt; Andrés Gar­cía de Céspedes y sus Teorías de los planetas, y el "tenebroso" Felipe II, que ordenó la creación de la Academia de Mate­máticas y del monasterio de El Escorial con su im­presionante biblioteca. También lo fueron mu­chos grandes navegan­tes, geógrafos, pintores, médicos o arquitectos de la época.
 

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