¿Es posible que el diario de un corsario sea famoso no por sus tesoros capturados, sino por sus fracasos y sus hermosas ilustraciones? En el Archivo General de Simancas descansa uno de los documentos más singulares de la historia naval española: el diario de navegación de Juan Pedro Cruz de Belefonte. Este manuscrito de 1762 no es solo un registro técnico de rumbos y vientos; es una obra de arte que narra la accidentada vida de un capitán irlandés que decidió arriesgarlo todo al servicio de la Corona de España durante la Guerra de los Siete Años.
¿Quién fue Juan Pedro Cruz de Belefonte? el corsario de las dos caras
Nacido en San Sebastián, Belefonte era hijo de un irlandés avecindado en la ciudad. A sus tempranos 24 años, este joven capitán personificaba la alianza católica entre Irlanda y España frente al poder británico. Poseía una goleta llamada "La Gata", una embarcación de menos de 60 toneladas pero armada hasta los dientes con dos cañones de a cuatro libras y doce pedreros de "funta" (hierro de fundición).
Belefonte no era un pirata común. Al estallar la guerra contra Inglaterra, solicitó su patente de corso española, convirtiendo su barco en una extensión de la Armada Real, aunque operada con fondos particulares. Su tripulación, un crisol de 60 hombres entre guipuzcoanos, franceses y otros extranjeros, navegaba bajo la Cruz de Borgoña, símbolo del imperio español.
Un manuscrito único: el arte entre el cañón y la brújula
Lo que hace que el diario de Belefonte sea una pieza de coleccionista para los historiadores es su increíble riqueza visual. A diferencia de los sobrios cuadernos de bitácora de la época, Belefonte —o alguien bajo su mando— adornó el texto con una portada llena de símbolos mitológicos y marinos.
En sus páginas podemos ver:
- Alegorías de Neptuno y el Leviatán, mezcladas con conchas y rocallas de estilo rococó.
- Imágenes técnicas de brújulas, escandallos para medir la profundidad y jarcias.
- Escenas de combate, donde se muestra la popa de barcos ingleses capturados con sus banderas invertidas en señal de rendición.
Curiosamente, el corsario no creó esta copia iluminada para celebrar una gran victoria, sino para justificar una campaña plagada de dificultades y resultados mediocres ante el secretario de Marina, don Julián de Arriaga.
Crónica de una campaña accidentada: entre el robo de ovejas y una fuga épica
La expedición de La Gata comenzó el 2 de abril de 1762, zarpando desde Pasajes. Lo que siguió fue una serie de encuentros frustrantes que la historia ha olvidado:
- El falso tesoro de azúcar: El 5 de abril, Belefonte detuvo un navío de tres palos a tiros de pedrero y fusilería. Al abordarlo, descubrieron que ya había sido capturado por corsarios franceses de Burdeos. Con gran pesar, Belefonte tuvo que dejarlo ir.
- El "castigo" a los holandeses: El 12 de abril, tras ser "insultado" por una balandra holandesa, Belefonte decidió darles una lección. En lugar de oro, el botín fue un carnero y unas gallinas, que tomó como "modo de castigo".
- Incursión en el canal de San Jorge: En un acto de valentía (o desesperación), Belefonte y su tripulación decidieron entrar en las peligrosas aguas entre Irlanda y Gran Bretaña, merodeando las bases enemigas.
- La "hazaña" de Belicoton: El 25 de abril desembarcaron en la isla de Ballycotton (Belicoton), al norte de Irlanda. Al encontrar el puesto de guardia vacío porque la población huyó al monte, el gran botín corsario consistió en apenas 13 carneros.
A pesar de la escasez de presas valiosas, Belefonte sabía mantener la moral. Tras saquear una balandra con vino de Málaga, el capitán ordenó a su tripulación beber a la salud del rey de España y cantar un Te Deum frente a las costas inglesas, burlándose del enemigo.
El regreso y el olvido: el destino de un héroe sin suerte
La campaña terminó el 6 de mayo de 1762 en Santander, tras una huida a fuerza de remos para escapar de un potente paquebote inglés de 10 cañones. Aunque Belefonte capturó finalmente una balandra y un bergantín cerca de Cornualles, el éxito económico fue nulo.
El final de la historia es amargo. Su tripulación, cansada de un viaje tan peligroso y poco rentable, lo abandonó en San Sebastián. En 1763, un año después de sus "hazañas", Juan Pedro Cruz de Belefonte escribía memoriales pidiendo empleo, declarando hallarse en "la pobreza por la paz".
Hoy, su diario es un recordatorio de que la historia naval no solo la escriben los grandes almirantes, sino también jóvenes capitanes que, con un pincel en una mano y un sable en la otra, intentaron desafiar al destino en los mares del siglo XVIII.
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