A comienzos del siglo XIX, la viruela representaba la amenaza epidemiológica más letal e implacable de la humanidad. Esta enfermedad infecciosa, causada por el virus Variola, diezmaba poblaciones enteras a ambos lados del Atlántico, dejando tras de sí un rastro de ceguera, deformidades permanentes y una tasa de mortalidad que alcanzaba el 30% de los infectados, siendo especialmente devastadora entre la población infantil y los pueblos indígenas de las Américas.
En este trágico escenario sanitario, la Corona Española promovió una de las hazañas médicas, logísticas y humanitarias más asombrosas de la historia de la medicina universal: la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, universalmente conocida como la Expedición Balmis (1803-1806). Encabezada por el cirujano alicantino Francisco Javier Balmis y Berenguer, esta gesta logró transportar el recién descubierto fluido vacunal a través de los océanos Atlántico y Pacífico mediante una solución audaz e inaudita para la época: una cadena humana viva de niños huérfanos que preservaron el virus atenuado en sus propios cuerpos, transmitiéndolo brazo a brazo a lo largo de miles de millas náuticas.
1. El Azote de la Viruela y el descubrimiento científico de Edward Jenner
Para dimensionar la magnitud de la Expedición Balmis, es necesario comprender el estado de la ciencia médica a finales del siglo XVIII y la catástrofe demográfica que provocaba la viruela.
De la variolización a la vacuna bovina
Durante siglos, el único método preventivo conocido era la variolización, una técnica de origen oriental popularizada en Europa por figuras como Lady Mary Wortley Montagu. Consistía en inocular material extraído de las pústulas de un enfermo de viruela humana en la piel de una persona sana. Aunque a menudo confería inmunidad, el procedimiento entrañaba un riesgo enorme: podía desencadenar un brote severo de la enfermedad o provocar epidemias secundarias.
El gran hito científico llegó en 1796, cuando el médico rural inglés Edward Jenner observó que las ordeñadoras que contraían la viruela de las vacas (cowpox o variolae vaccinae) quedaban completamente protegidas contra la viruela humana. Jenner inoculó la linfa extraída de las pústulas de una vaca en el niño James Phipps y demostró experimentalmente que este quedaba inmunizado sin sufrir los mortales síntomas de la viruela humana. Nacía así la vacuna (término derivado del latín vacca).
El problema de la conservación de la linfa
La noticia de la vacuna se extendió con rapidez por Europa, pero se topó con un obstáculo insuperable para la salud transoceánica: la linfa vacunal se secaba y perdía su viabilidad en pocos días al ser expuesta al calor, la humedad y el salitre del mar. Los intentos iniciales de enviar el fluido empaquetado entre cristales sellados con cera de abejas o impregnado en hilos de seda hacia las colonias americanas fracasaron estrepitosamente. La linfa llegaba inactiva y sin capacidad inmunizadora.
2. La gestación de la Real Expedición Filantrópica de la vacuna
La devastadora ola epidémica de viruela que azotó el Virreinato de Nueva España y el Reino de Nueva Granada a finales del siglo XVIII sensibilizó profundamente a la corte de Carlos IV. La tragedia alcanzó de lleno a la familia real cuando la infanta María Teresa de Borbón, hija del monarca, falleció a causa de la viruela en 1794 a la edad de cinco años.
La decisión Real y la propuesta de Balmis
Movido por el dolor personal y por los informes alarmantes remitidos por los virreyes americanos, Carlos IV consultó a su Consejo de Indias y a los médicos de la Real Cámara. Fue Francisco Javier Balmis y Berenguer, cirujano alicantino con amplia experiencia militar en el Caribe y traductor al español del tratado sobre la vacuna de Moreau de la Sarthe, quien presentó la solución definitiva: transportar la vacuna viva dentro de los cuerpos de niños sanos que no hubieran pasado la viruela.
El 6 de junio de 1803, Carlos IV promulgó la Cédula Real que daba luz verde a la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, financiada íntegramente por las arcas públicas del Estado español. La misión no solo debía vacunar de forma gratuita a la población de ultramar, sino enseñar a los médicos locales a practicar la inoculación y establecer Juntas de Vacuna permanentes para mantener la producción y distribución del fluido.
El procedimiento logístico diseñado por Balmis era de una precisión quirúrgica:
- Se seleccionó a un grupo de niños que jamás hubieran estado expuestos a la viruela humana ni a la vacuna bovina.
- Al zarpar, se inoculaba la vacuna en los brazos de los dos primeros niños.
- Transcurridos entre 9 y 10 días, cuando las pústulas vacunales alcanzaban su estado maduro y fluido, Balmis extraía con un bisturí la linfa fresca de las vesículas y la inoculaba en los brazos de los dos niños siguientes.
- De este modo, mediante pares de niños que actuaban como eslabones biológicos consecutivos, la vacuna se mantuvo activa durante meses de travesía oceánica.
3. Isabel Zendal y los 22 niños huérfanos
El aspecto más conmovedor y éticamente complejo de la expedición fue la selección y cuidado de los pequeños portadores de la linfa. Dado que los padres de familia acomodados se negaban a ceder a sus hijos para un experimento transoceánico de duración incierta, Balmis recurrió a la Casa de Expósitos (orfanato) de la Real Casa de Maternidad de A Coruña y a hospicios de Madrid.
La rectora Isabel Zendal Gómez
Para garantizar la atención afectiva, la higiene, el vestuario y la nutrición de los pequeños durante el tempestuoso viaje atlántico, Balmis contrató a Isabel Zendal Gómez (nacida en Parada de Aguiar, Galicia), quien ejercía como rectora de la Casa de Expósitos de A Coruña. Zendal embarcó junto a su propio hijo de nueve años, Benito Vélez, convirtiéndose en la única mujer de la expedición marítima.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció formalmente a Isabel Zendal en el siglo XXI como la primera enfermera de la historia en misión humanitaria internacional. Su abnegada labor de vela nocturna, curación de las vesículas e higiene constante impidió que los niños se rascaran o contagiaran de forma incontrolada la vacuna entre sí, salvaguardando la viabilidad del proyecto.
4. La travesía Atlántica y la división de las rutas sanitarias
El 30 de noviembre de 1803, la corbeta de flete comercial María Pita zarpó del puerto de A Coruña con 37 personas a bordo: Balmis, su ayudante el médico catalán José Salvany y Lleopart, dos cirujanos auxiliares, dos practicantes, tres enfermeros, Isabel Zendal y los 22 niños huérfanos.
Primeras escalas y la llegada a América
La expedición hizo su primera escala en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias) en diciembre de 1803, donde inmunizó a miles de personas en pocos días y estableció la primera Junta de Vacuna. A principios de 1804, tras cruzar el Atlántico, alcanzaron Puerto Rico, donde descubrieron que la vacuna ya había sido introducida de forma informal desde la isla de Saint Thomas, aunque Balmis reestructuró la campaña local.
En marzo de 1804, el María Pita desembarcó en Puerto Cabello y Caracas (Venezuela). La acogida por parte de las autoridades y la población fue apoteósica. En Caracas, el joven intelectual Andrés Bello compuso una oda poética a la vacuna y a la generosidad de la expedición.
La división estratégica de la misión (Caracas, 1804)
Consciente de la inmensidad del continente sudamericano y de la urgencia de llevar el fluido a todas las provincias virreinales, Balmis tomó la decisión crítica de dividir la expedición en dos ramas independientes:
- La Ruta del Sur (Liderada por José Salvany): Destinada a recorrer el Virreinato de Nueva Granada, el Reino de Quito, el Virreinato del Perú y el Alto Perú (Bolivia).
- La Ruta del Norte (Liderada por Balmis): Encargada de vacunar Cuba, el Virreinato de Nueva España (México) y, posteriormente, cruzar el Océano Pacífico hasta las Islas Filipinas y Asia.
5. La Epopeya trágica de la Ruta del Sur: José Salvany
La rama meridional de la expedición, encomendada al subdirector José Salvany y Lleopart, constituye uno de los episodios más heroicos y dramáticos de la historia de la medicina militar.
Acompañado por el cirujano Manuel Julián Grajales y un grupo de niños locales que relevaban la cadena de transmisión, Salvany emprendió un viaje pavoroso remando río arriba por el Río Magdalena, cruzando las selvas tropicales y escalando los majestuosos desfiladeros de la Cordillera de los Andes.
Enfermedad, ceguera y entrega absoluta
A lo largo de los años de travesía, Salvany sufrió las inclemencias del clima, el mal de altura (soroche) y los contagios de enfermedades tropicales. Sufrió el naufragio de su embarcación en las costas ecuatorianas, perdió la visión de un ojo debido a una severa infección oftálmica y escupía sangre de forma constante a causa de la tuberculosis pulmonar.
A pesar de su salud quebrantada, Salvany no detuvo la marcha:
- Inmunizó a cientos de miles de personas en Bogotá, Quito, Trujillo, Lima y Arequipa.
- Trató por igual a autoridades virreinales, esclavos negros e indígenas de las comunidades andinas más remotas.
- Falleció finalmente por agotamiento físico y tuberculosis en Cochabamba (Bolivia) el 21 de julio de 1810, a la temprana edad de 33 años, habiendo entregado su vida por completo al éxito de la misión.
6. La ruta del norte y la travesía del Pacífico hacia Filipinas y China
Mientras Salvany se internaba en los Andes, Francisco Javier Balmis, acompañado por Isabel Zendal y los niños gallegos, viajó a La Habana (Cuba) y posteriormente desembarcó en el puerto de Veracruz en julio de 1804 para comenzar la vacunación masiva en el Virreinato de Nueva España.
De Acapulco a Manila: Los 26 niños mexicanos
Tras recorrer la capital mexicana y las provincias centrales, los 22 niños gallegos iniciales fueron adoptados y escolarizados en instituciones locales de la Ciudad de México, cumpliendo la promesa del rey Carlos IV de garantizar su bienestar y manutención.</ p>
Para emprender la segunda fase de la expedición mundial —cruzar el vasto Océano Pacífico—, Balmis reclutó en el Hospicio de San Antonio de México a 26 niños mexicanos (de entre 4 y 10 años). El 8 de febrero de 1805, la expedición zarpó del puerto de Acapulco a bordo del galeón San Fernando con destino a Manila.
Llegada a las Filipinas
Tras una durísima navegación de dos meses, el fluido vacunal llegó en perfecto estado a las Islas Filipinas. La comitiva fue recibida con entusiasmo por el gobernador general y el obispo de Manila. Se crearon centros de vacunación en Luzón y en las islas Visayas, protegiendo a miles de habitantes locales.
No contento con haber cumplido el mandato real en los dominios españoles, Balmis decidió extender la vacuna a territorios bajo soberanía extranjera:
- En 1805, desembarcó en la colonia portuguesa de Macao y en la ciudad china de Cantón, introduciendo por primera vez la vacuna de Jenner en el Imperio Qing.
- En su viaje de regreso a Europa a bordo de un mercante británico, Balmis hizo escala en la remota isla de Santa Elena (territorio de la Corona británica en el Atlántico Sur) en 1806, convenciéndo al gobernador inglés de vacunar a la población local que carecía del fluido.
7. Impacto científico, elogios internacionales y legado histórico
El regreso de Francisco Javier Balmis a Madrid en septiembre de 1806 fue recibido con admiración por la comunidad científica europea. El propio creador de la vacuna, el médico británico Edward Jenner, escribió impresionado al conocer los detalles de la gesta transoceánica:
"No puedo imaginar que en los anales de la historia se halle un ejemplo de filantropía tan amplio y noble como este".
La primera campaña de salud pública global
La Expedición Balmis sentó las bases conceptuales de la epidemología y salud pública moderna:
- Universalidad del acceso: La vacuna se administró de forma rigurosamente gratuita a toda la población, independientemente de su estamento social, etnia o condición económica (nobles, indígenas, criollos, mestizos y esclavos).
- Sostenibilidad institucional: La expedición no se limitó a inocular, sino que instauró un modelo descentralizado de Juntas conservadoras de la Vacuna en cada capital virreinal, dotadas de reglamentos impresos para la conservación del fluido y la formación de personal sanitario local.
- Precursora de la cadena de frío: La técnica brazo a brazo a través de niños actuó como el primer sustituto biológico eficaz de las modernas redes de refrigeración farmacológica.
8. Preguntas Frecuentes sobre la Expedición Balmis
¿Por qué se utilizaron niños huérfanos para llevar la vacuna de la viruela?
Porque la vacuna viva (linfa bovina de cowpox) se degradaba en pocos días al contacto con el aire o el calor marino. Los niños pequeños servían como recipientes biológicos vivos: al no haber pasado la viruela ni estar inmunizados previamente, podían recibir la linfa y desarrollarla en su piel de forma controlada cada 9 o 10 días, transmitiéndola brazo a brazo a lo largo de meses de travesía.
¿Quién fue Isabel Zendal y qué papel desempeñó en la misión?
Isabel Zendal Gómez era la rectora del orfanato de A Coruña. Fue contratada por Balmis para cuidar, alimentar, vestir y consolar a los 22 niños huérfanos durante el azaroso viaje marítimo. Su supervisión e higiene impidieron que los niños se contagiaran accidentalmente fuera del calendario previsto, siendo considerada la primera enfermera en misión internacional.
¿Qué ocurrió con los niños cuando terminó la expedición?
Por Real Orden de Carlos IV, la Corona asumió el compromiso de mantener, educar y mantener a los niños en las ciudades de llegada (como Ciudad de México o Lima) hasta que tuvieran edad de trabajar o emanciparse, quedando prohibido expresamente su abandono. Muchos de ellos fueron adoptados por familias acomodadas locales.
¿Cuántas personas fueron vacunadas gracias a la Expedición Balmis?
Se calcula que la expedición inmunizó directamente a más de 250.000 personas durante su itinerario principal, e indirectamente a más de un millón y medio de personas en los años inmediatos mediante las Juntas de Vacuna fundadas en América, las Filipinas y China.
Bibliografía
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