A mediados del siglo XVII, Madrid no solo era el corazón político de un imperio global donde nunca se ponía el sol, sino también, según los testimonios de la época, el epicentro de una pesadilla higiénica sin parangón en Europa. Mientras los galeones traían oro de las Indias y los corrales de comedias vibraban con los versos de Lope de Vega, las calles de la Villa y Corte exhalaban un hedor que horrorizaba a diplomáticos y viajeros extranjeros por igual.
Ilustración de la Villa y Corte de Madrid, un centro imperial con graves deficiencias de saneamiento.
I. El hedor de un Imperio: una ciudad sin alcantarillado
A mediados del siglo XVII, Madrid era una urbe que crecía de forma caótica para albergar a una Corte cada vez más numerosa. Sin embargo, este crecimiento no fue acompañado de infraestructuras básicas. La higiene brillaba por su ausencia.
El piso de las calles
El estado de las vías públicas era deplorable. Hasta bien entrado el siglo, la mayoría de las calles carecían de empedrado. Hubo que esperar hasta el año 1658 para que se pavimentaran zonas tan críticas como la Plaza del Palacio y la subida del Retiro, que conducían directamente a la residencia del Rey. Sin este pavimento, las calles se convertían en barrizales intransitables en invierno y en polvaredas asfixiantes en verano, pero con un agravante: eran el depósito natural de las inmundicias y excrementos de todas las casas.
La descarga diaria de inmundicia
Se estima que en Madrid se arrojaban a diario más de 45 toneladas de inmundicia directamente a la vía pública. Las casas carecían de cuartos de baño y retretes; en su lugar, se utilizaban recipientes que los servidores vaciaban al caer la noche. Este sistema rudimentario hacía que caminar por Madrid fuera una actividad de riesgo para los sentidos y para la ropa de lujo de la nobleza.
Panorámica del Madrid de los Austrias con el Alcázar presidiendo una ciudad en constante crecimiento.
La emblemática Plaza Mayor de la Corte, punto neurálgico donde confluían ciudadanos de toda clase social.
II. ¡Agua va!: la legislación contra la suciedad
La situación era tan insostenible que las autoridades intentaron intervenir mediante leyes que hoy nos parecen surrealistas. El 23 de septiembre de 1639, se pregonó en Madrid una ordenanza taxativa:
"Que ninguna persona vacíe por las ventanas y canalones de agua, ni inmundicias, ni otras cosas, sino por las puertas de las calles".
Penas draconianas por ensuciar
El incumplimiento de estas normas conllevaba castigos severos que demuestran la desesperación de la justicia por controlar el foco de infección en que se había convertido la capital:
- Para los dueños de casa: Cuatro años de destierro y una multa de 20 ducados.
- Para los criados y criadas: El castigo era físico y humillante, consistente en 100 azotes y seis años de destierro de la Villa.
A pesar de estas leyes, la costumbre de arrojar desperdicios al grito de "¡agua va!" persistió en el inconsciente colectivo, marcando la vida cotidiana de los madrileños.
III. el horror de los viajeros: testimonios extranjeros
Los viajeros europeos que visitaban España en el siglo XVII dejaron crónicas cargadas de asombro y repulsión ante lo que veían (y olían) en la capital de la monarquía más poderosa de la cristiandad.
- El viejo Brunel: Consideró sin ambages que las calles de Madrid eran las peor olientes del mundo, subrayando que la ciudad se "perfumaba" a diario con toneladas de suciedad.
- Madame d’Aulnoy: La famosa viajera describió con detalle el lodo de las calles. Según su relato, por mucho cuidado que se tuviera, el vaivén de los coches arrojaba el fango por los baches, dejando a los caballos con las patas siempre mojadas y el cuero enlodado. En los carruajes era imposible transitar si no se llevaban los cristales cerrados y las cortinas bajadas para evitar las salpicaduras de basura.
- Repelencia física: Brunel también hizo notar la falta de higiene personal, describiendo incluso a las prostitutas madrileñas con una "indisimulada repelencia" debido a su aspecto y al ambiente viciado en el que se movían.
Representación de la suciedad y las inmundicias acumuladas en las vías públicas madrileñas durante el Siglo de Oro.
IV. Superstición vs. higiene: el miedo al baño
Uno de los factores más curiosos que explican la falta de higiene en Madrid era la percepción religiosa del aseo. En la España del Siglo de Oro, la higiene era, en buena parte, un rasgo que diferenciaba a cristianos viejos de judíos y moriscos.
El baño como sospecha de herejía
La tradición cristiana de la época asociaba el exceso de limpieza con las prácticas rituales de los no cristianos. Se recordaba que figuras como San Pacomio prohibían en sus reglas que los religiosos se bañaran, salvo en casos de enfermedad extrema. San Jerónimo llegaba a censurar el hábito de bañarse muy a menudo, considerándolo un signo de vanidad o de cercanía a costumbres infieles.
Esta mentalidad caló tan hondo que incluso la nobleza evitaba el contacto excesivo con el agua. En un aviso de 1656, se relata con naturalidad la enfermedad de un importante personaje de la Corte, Domingo Centurión, de quien se decía que estaba "a punto de morir por haberse bañado y resfriado". El baño no se veía como una medida de salud, sino como una actividad peligrosa que abría los poros a las enfermedades.
V. Ciencia y contaminación atmosférica
Para el año 1681, la situación era ya un problem de salud pública de dimensiones científicas. Juan Bautista Juanini publicó un tratado donde demostraba la existencia de una "malsana atmósfera" en Madrid.
Los vapores del excremento
Juanini argumentaba que el hecho de que los madrileños no llegaran a viejos se debía al ambiente salitroso y a las exhalaciones de vapores provenientes de los excrementos continuos que inundaban las calles. Estos desperdicios, al mezclarse con las aguas de lluvia y descomponerse al sol, generaban una contaminación que "en breves días mata sin saber ni poder muchas veces calificar el género de la enfermedad".
Recreación del ambiente nocivo y el denso hedor nocturno que envolvía la atmósfera urbana de la capital.
VI. La Peste: el castigo de la suciedad
La falta de higiene madrileña era el caldo de cultivo ideal para las epidemias. La peste negra visitó la Península en diversas oleadas durante los siglos XVI y XVII.
- El papel de la rata: Aunque hoy sabemos que el transmisor era la pulga de la rata negra, en la época se ignoraba este mecanismo. La rata negra encontraba en las calles de Madrid, con sus residuos orgánicos y lugares secos, el hábitat perfecto para su sedentarismo y proximidad al hombre.
- Mortalidad masiva: Las epidemias se presentaban de forma bubónica, septicémica y pulmonar, provocando la muerte del infectado en un término de dos a diez días. La suciedad urbana de Madrid facilitaba que estos brotes fueran devastadores, diezmando a la población y reforzando la visión tenebrista y mística de la muerte propia del Barroco español.
VII. Objetos de supervivencia: los chapines y el aseo Real
A pesar del panorama general de suciedad, existían pequeños intentos de distinción y cuidado.
El calzado contra la inmundicia
Para caminar por las calles de Madrid sin mancharse los vestidos, se popularizaron los chapines: zuecos altos con plataforma que protegían los pies del barro y las inmundicias callejeras. Eran un accesorio esencial para cualquier mujer que quisiera mantener un mínimo de decoro en aquel entorno hostil.
La higiene privada de Felipe II
Incluso un monarca tan austero como Felipe II tenía sus propios utensilios de aseo, aunque fueran una excepción a la regla. En sus inventarios se encontraron:
- Un limpiador de dientes de ébano.
- Una buseta de plata para polvos dentales.
- Una paletilla para las orejas y una escobilla para limpiar peines.
Sin embargo, estos cuidados no evitaban que incluso el Rey padeciera constantes achaques físicos como la gota, la artritis y los cálculos biliares, agravados por el ambiente poco salubre de sus residencias.
El Madrid de 1650 era una ciudad de contrastes violentos: el oro y la plata de América convivían con el barro y el excremento de las calles; el genio artístico de Velázquez se desarrollaba entre miasmas que acortaban la vida de los ciudadanos.
El peor olor del mundo no era solo una anécdota de viaje, sino la manifestación física de una sociedad que, atrapada entre la tradición del pasado y la falta de infraestructura, prefería la fe al agua y los chapines al alcantarillado. Un recordatorio crudo de que la "Edad de Oro" tenía un trasfondo oscuro, sucio y profundamente maloliente.
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