Historia de la Corrupción en España: el Duque de Lerma y las raíces históricas de la corrupción como "arte" en la corte española
La corrupción en España suele percibirse, en ocasiones con un sesgo mezcla de fatalismo y resignación atávica, como un mal endémico o un elemento consustancial a nuestro paisaje institucional. Frente al análisis riguroso de las debilidades administrativas, con frecuencia se recurre al cómodo tópico de que existe un "carácter español" propenso al fraude, situando el origen de este comportamiento en las representaciones literarias de la novela picaresca de los siglos XVI y XVII.
Sin embargo, la investigación histórica y jurídica rigurosa desmiente esta asunción de corte determinista: la picaresca literaria no retrata a élites de poder abusando de sus cargos públicos para saquear el erario, sino a personajes marginados en situaciones de pobreza extrema que recurren a la astucia para subsistir en los límites de la supervivencia. El verdadero hilo conductor de la corrupción en España no reside en la genética de sus ciudadanos, sino en la fragilidad histórica de su desarrollo institucional y en la persistencia de prácticas de abuso de poder que se estructuraron con fuerza durante periodos históricos clave, remontándose de manera nítida al Siglo de Oro.
Durante el reinado de Felipe III, el fenómeno de la corrupción gubernamental alcanzó una sofisticación sin precedentes. En el centro de este entramado se situó Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, el célebre Duque de Lerma, quien no solo fue el hombre más poderoso del imperio, sino que diseñó lo que hoy calificaríamos como un eficaz sistema de corrupción institucionalizado. Basado en el tráfico de influencias, el cohecho y la especulación inmobiliaria a gran escala, Lerma convirtió el favor real en un negocio redondo y sumamente lucrativo. A través de su figura, la corte española del siglo XVII ensayó un modelo de captura de rentas estatales que sentó las bases de una cultura de la impunidad cuyo eco resuena hasta nuestros días.
1. El debate de la picaresca frente a la corrupción estructural de élite
Antes de adentrarse en las dinámicas del valimiento barroco, resulta fundamental desmontar el mito cultural que asocia la propensión al fraude con la idiosincrasia hispana. La idea de que España está condenada a convivir con la inmoralidad administrativa debido a un carácter cultural moldeado por la picaresca es una hipótesis falaz que confunde la supervivencia del desfavorecido con el saqueo sistemático de los recursos públicos perpetrado por las clases dominantes. Como señala el jurista Joaquim Bosch, existe una enorme disparidad moral y operativa entre las peripecias de El Lazarillo de Tormes, El Buscón o Guzmán de Alfarache y las trayectorias de los grandes corruptos de la historia contemporánea o de la corte imperial.
Mientras el pícaro es un huérfano marginal que se afana por subsistir en situaciones límite mediante pequeños hurtos y engaños de baja estofa, los implicados en las grandes tramas de corrupción parten de existencias acomodadas y posiciones de extrema comodidad y poder. Su objetivo no es la subsistencia, sino un enriquecimiento desmedido a costa del perjuicio directo de los intereses comunes de la sociedad. La distancia entre la picaresca y la corrupción es, por tanto, muy sensible. Además, la narrativa crítica con los vicios sociales no fue en absoluto exclusiva de la península ibérica; obras de temática similar y gran éxito se publicaron en la misma época en países como Alemania (con el relato del pícaro Till Eulenspiegel) e Inglaterra (con The Life of Jack Wilton).
La corrupción, por tanto, no es una patología cultural inevitable, sino el síntoma directo de un subdesarrollo institucional persistente. La definición más elemental de corrupción —el "abuso del poder público para obtener beneficios privados"— revela que este fenómeno florece allí donde los mecanismos de control preventivo fallan, la justicia carece de independencia y las leyes se redactan para favorecer la opacidad de los gobernantes. Curiosamente, el primer diccionario publicado en lengua castellana, el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias en 1611, ya asociaba el término "corromper" directamente al ámbito judicial, definiéndolo como la acción de "corromper los jueces, cohecharlos". Bajo la privanza de Lerma, este cohecho y el tráfico de influencias dejaron de ser desviaciones ocasionales de la burocracia para convertirse en el verdadero motor del Estado.
2. El ascenso de Francisco Gómez de Sandoval: De la ruina noble al favoritismo regio
El camino de Francisco Gómez de Sandoval hacia la cúspide del poder imperial estuvo marcado por una ambición férrea nacida de la necesidad de superar la decadencia económica de su linaje. Nacido en 1553 en el seno de una familia noble cuyos días de gloria y bonanza económica habían pasado, creció con la obsesión de recuperar el esplendor perdido y acumular la mayor cantidad de dinero posible para sufragar caprichos sumamente costosos.
Su estrategia inicial consistió en introducirse en la corte del monarca Felipe II. Sin embargo, el "Rey Prudente" era un gobernante meticuloso, celoso de su autoridad e inaccesible a las intrigas de los cortesanos ambiciosos. Al comprender que bajo el severo escrutinio de Felipe II no tendría espacio para desplegar su influencia, Gómez de Sandoval cambió de táctica y centró sus esfuerzos en el heredero al trono, el joven príncipe Felipe.
Durante años, se dedicó a ganarse el favor del "delfín" colmándole de costosos regalos y atenciones personalizadas, lo que constituyó una astuta inversión a largo plazo que le reportaría réditos inimaginables. Al percatarse de la peligrosa influencia que el cortesano ejercía sobre su hijo, Felipe II intentó neutralizar la situación apartándole de la corte y enviándole a Valencia como virrey. Sin embargo, esta maniobra de alejamiento no logró romper el vínculo de sumisión psicológica que Gómez de Sandoval había forjado sobre el heredero.
Con la muerte de Felipe II en 1598 y el ascenso al trono de Felipe III, Gómez de Sandoval regresó triunfante a la corte. El nuevo monarca, carente de la vocación política de su progenitor y sumamente atraído por placeres mundanos como las fiestas, los banquetes y las cacerías, decidió delegar la totalidad de los poderes del gobierno en su hombre de confianza. Como recompensa a su lealtad, el soberano le nombró Duque de Lerma y Grande de España. A partir de ese momento, Lerma se erigió en el árbitro absoluto del reino: en la corte de Felipe III no se tomaba ninguna decisión ni se llevaba a cabo ninguna acción, por nimia que pareciese, sin su conocimiento y aprobación.
3. El "Pelotazo" de Valladolid (1601-1606): Especulación urbanística en el siglo XVII
Con las riendas del imperio en sus manos y sin ningún mecanismo de fiscalización o control parlamentario, el Duque de Lerma puso en marcha una maquinaria perfecta de enriquecimiento ilícito basada en el uso de información privilegiada. El hito más célebre y sofisticado de su gestión corrupta fue la mudanza de la capitalidad del reino, una operación que constituye el primer gran "pelotazo" inmobiliario documentado en la historia de España.
En 1601, Lerma convenció al rey Felipe III de la necesidad de trasladar la corte y la capital del país desde Madrid a Valladolid. Los argumentos oficiales aludían a supuestas ventajas estratégicas y de habitabilidad, pero el verdadero propósito de la mudanza era estrictamente especulativo:
- Compra previa a bajo coste: Meses antes de que se hiciera público el decreto real del traslado, y valiéndose de información reservada, el Duque de Lerma compró en Valladolid numerosos terrenos, solares y palacios a precios irrisorios a propietarios locales que ignoraban el destino de la ciudad.
- Venta con plusvalías millonarias: Una vez que la corte se instaló en Valladolid en 1601, el valor del suelo en la ciudad castellana se multiplicó exponencialmente. Lerma vendió entonces esas mismas propiedades al propio monarca para albergar las dependencias oficiales y a otros nobles que necesitaban residir cerca del poder, obteniendo sustanciales beneficios.
- Operación retorno y crash madrileño: Mientras tanto, el abandono de Madrid provocó un desplome absoluto de los precios inmobiliarios en la actual capital. Lerma aprovechó este hundimiento del mercado para comprar grandes extensiones de terreno y palacios en Madrid a precio de saldo.
- Cierre del círculo especulativo: En 1606, argumentando que Madrid volvía a ser la opción óptima para el gobierno del imperio, convenció nuevamente al Rey para trasladar la capital de regreso a la villa del Manzanares. Los solares madrileños comprados por el valido a bajo coste recuperaron de inmediato su valor máximo, permitiendo a Lerma regresar con los bolsillos llenos tras haber especulado con éxito en ambas ciudades.
Esta gigantesca operación de especulación urbanística e instrumentalización patrimonial de las decisiones del Estado prefigura con asombrosa exactitud los mecanismos de recalificación de suelo y comisiones que siglos más tarde inundarían los ayuntamientos españoles durante la burbuja inmobiliaria contemporánea.
4. El entramado de vasallaje y la decapitación de Rodrigo Calderón
Para sostener este inmenso entramado de corrupción y garantizar la impunidad de sus negocios, el Duque de Lerma tejió una tupida red de vasallaje y clientelismo dentro de la administración pública. En un sistema donde el favor del valido lo decidía todo, la asignación de cargos, prebendas y pensiones públicas se convirtió en una mercancía sujeta al pago de sobornos y comisiones que engrosaban el patrimonio personal de Lerma o de sus allegados.
La mano derecha y principal ejecutor de los negocios más oscuros del valido fue Rodrigo Calderón, Conde de la Oliva y Marqués de Sieteiglesias. Calderón actuaba como el gestor operativo de la red, controlando el acceso físico a Lerma y exigiendo "mordidas" a las empresas, embajadores y nobles que buscaban el favor del gobierno. Gracias a esta posición de intermediario privilegiado, Calderón acumuló una inmensa riqueza y un poder que despertó el odio visceral de la nobleza tradicional excluida del reparto de los beneficios del Estado.
Sin embargo, con el paso de los años, el descaro de la corrupción de Lerma y sus colaboradores se volvió tan obsceno que provocó que diversas voces de la nobleza, de la Iglesia y del propio entorno regio empezaran a denunciar públicamente el entramado cortesano. La presión política y el descontento popular resquebrajaron las defensas del valido, quien vio cómo sus colaboradores de confianza empezaban a ser investigados y apartados de sus cargos.
El golpe definitivo a su círculo íntimo fue la caída en desgracia de Rodrigo Calderón. Tras la muerte de Felipe III y el ascenso de Felipe IV, Calderón fue desprovisto de su protección, juzgado por sus abusos de poder y finalmente decapitado de forma pública en Madrid como un escarmiento para la corte. La ejecución de Calderón demostró que, bajo el absolutismo, los subordinados de la trama eran piezas sacrificables una vez que cambiaban las tornas del poder político, sirviendo como "cabezas de turco" para calmar la indignación de la opinión pública.
5. "Vestirse de colorado": La huida judicial a través del cardenalato
Al verse acorralado por las investigaciones judiciales que amenazaban con arrastrarlo al cadalso y arrebatarle su inmenso patrimonio, el Duque de Lerma demostró una vez más su inteligencia y astucia para los negocios y la supervivencia personal. En lugar de enfrentarse a los tribunales civiles del reino, diseñó una estratagema jurídica brillante basada en las prerrogativas de la Iglesia:
- Petición de inmunidad eclesiástica: Lerma solicitó de manera urgente al Papa el nombramiento de Cardenal de la Iglesia Católica.
- Logro del capelo cardenalicio: En 1618, gracias a su inmensa fortuna e influencia diplomática, obtuvo el nombramiento cardenalicio. Al convertirse en miembro del colegio cardenalicio, adquirió de forma inmediata inmunidad eclesiástica, lo que impedía legalmente que los tribunales civiles de la Monarquía Hispánica pudieran juzgarle o condenarle por delitos de malversación, fraude o cohecho.
- Retiro impune: Protegido por el color purpurado de su nuevo cargo eclesiástico, Lerma se retiró pacíficamente a sus posesiones señoriales, donde falleció por causas naturales en 1625, habiendo eludido con éxito la acción de la justicia.
Esta rocambolesca huida judicial caló de tal forma en la conciencia popular que el ingenio de la época resumió su impunidad en un célebre cantar que ha pasado a la historia de la literatura satírica española: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”. El caso de Lerma demostró tempranamente cómo las élites de poder en España han sabido utilizar históricamente los fueros especiales, los aforamientos o los indultos como un escudo eficaz para blindar su enriquecimiento ilícito frente al común de los ciudadanos.
6. Perspectiva teórica: El Duque de Lerma bajo el prisma de las instituciones extractivas
El análisis histórico del valimiento de Lerma cobra una dimensión científica cuando se estudia bajo el prisma de la economía política contemporánea. De acuerdo con las tesis de los economistas Daron Acemoglu y James Robinson expuestas en su obra Por qué fracasan los países, la España del Siglo de Oro constituyó el ejemplo paradigmático de un Estado dominado por instituciones extractivas.
Estas instituciones están diseñadas para extraer rentas y riqueza de la mayoría de la sociedad con el único propósito de canalizarlas hacia el beneficio exclusivo de una pequeña élite gobernante que detenta el poder absoluto sin contrapesos institucionales. El sistema de valimiento de Lerma funcionó como una inmensa maquinaria extractiva donde el erario público, las aduanas y el suelo de las ciudades no eran utilizados para proveer bienes públicos o fomentar el desarrollo comercial de la nación, sino para financiar los caprichos suntuarios de una minoría parasitaria.
Asimismo, las investigaciones de Susan Rose-Ackerman sobre la tipología de los gobiernos corruptos permiten clasificar la privanza de Lerma dentro del modelo de cleptocracia. Bajo una cleptocracia, el jefe del Estado o el gobernante absoluto organiza el aparato administrativo para la maximización del beneficio personal, operando en condiciones de impunidad y desviando de forma sistemática la ayuda o las rentas nacionales hacia cuentas o patrimonios privados. La ausencia de una verdadera separación de poderes y de una justicia dotada de independencia frente al ejecutivo convirtió al Estado barroco español en el escenario ideal para el florecimiento de este "fraude de control", donde las propias leyes y decretos de la Corona se redactaban a la medida de los intereses especulativos del valido.
El persistente legado del "vamos robando"
Francisco Gómez de Sandoval, Duque de Lerma, no fue un accidente de la historia de España, sino el arquitecto de una forma de gestionar lo público que arraigó con fuerza en las estructuras burocráticas del país. Su modelo de especulación urbanística, tráfico de influencias y blindaje judicial ante el fraude inauguró una constante histórica de moralidad económica deplorable que se perpetuó a lo largo de los siglos.
Desde las manipulaciones patrimoniales del reinado de Fernando VII y su célebre adagio de "vamos robando", pasando por el enriquecimiento ilícito de la reina María Cristina de Borbón en el negocio del ferrocarril decimonónico, hasta llegar a la rampante corrupción institucional de la dictadura franquista y sus ramificaciones en la democracia contemporánea, el fango de la corrupción en España muestra una alarmante continuidad histórica que no responde a razones genéticas o de carácter, sino a una debilidad estructural de nuestros mecanismos de control preventivo.
Estudiar el "arte de la corrupción" del Duque de Lerma hace cuatro siglos resulta imprescindible para comprender que la única vacuna eficaz contra el pillaje administrativo es la calidad institucional. Solo mediante una transparencia radical de los procesos públicos, la profesionalización meritocrática de la burocracia y un sistema judicial verdaderamente independiente y dotado de medios se podrá romper el cordón umbilical que nos une con la impunidad del Barroco y construir un Estado de derecho plenamente digno del siglo XXI.
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