Historia de la Corrupción en España: El Marqués de Salamanca y el ferrocarril, la gran fortuna del siglo XIX
La historia de la corrupción en España no es un fenómeno genético ni cultural, sino el resultado de un largo proceso de debilidad institucional que tiene sus raíces más profundas en el siglo XIX. En este escenario, la figura de José de Salamanca y Mayol, conocido como el Marqués de Salamanca, emerge como el paradigma del "diputado contratista" y del ministro que supo confundir, con éxito sin precedentes, el erario público con su cartera personal.
A través de las concesiones ferroviarias, Salamanca no solo transformó la fisonomía de Madrid, sino que estableció un modelo de enriquecimiento basado en el acceso privilegiado a la información y el control de los resortes del Estado.
1. El contexto de la corrupción en el siglo XIX español
Para entender el ascenso de Salamanca, es imperativo analizar el entorno político de la época. Durante el reinado de Fernando VII, la corrupción era la norma general, con un tráfico habitual de compra de cargos públicos y sobornos a jueces. Se popularizó el adagio «Viva Fernando y vamos robando», que reflejaba una situación de saqueo generalizado.
Tras este periodo de absolutismo, la construcción del Estado contemporáneo a mediados del siglo XIX intentó establecer bases institucionales para acabar con el favoritismo, pero España se rezagó frente a otros países europeos debido a la gestión clientelar de sus tensiones internas. Mientras países como Dinamarca impulsaban reformas para reducir el fraude, en España las élites tradicionales y los sectores económicos emergentes pactaron una estabilidad que se cimentaba, en gran medida, en la corrupción.
2. José de Salamanca: El primer gran "conseguidor"
A mitad del siglo XIX, el Marqués de Salamanca ya era un personaje influyente en la red cortesana. Su éxito en los negocios no se debió a la innovación tecnológica o a la competitividad en un mercado libre, sino a su capacidad para instrumentalizar sus contactos políticos.
Salamanca personificó la figura del político-empresario. En esta etapa, era habitual que los políticos participaran en las adjudicaciones de un Estado que, aunque con presupuestos escasos, comenzaba a aprobar concesiones de gran entidad, especialmente en infraestructuras y minería.
3. El negocio del ferrocarril: Adjudicaciones "a dedo"
El gran salto patrimonial de Salamanca se produjo con la llegada del ferrocarril. En el siglo XIX, no existía un marco ético de incompatibilidades que impidiera que un cargo público se beneficiara de sus propias decisiones. Las fuentes destacan tres puntos clave en su modus operandi:
- El Ministro y el Adjudicatario: Salamanca ocupó el cargo de ministro de Hacienda, y desde esa posición de poder absoluto sobre las finanzas del Reino, adjudicó diversas concesiones para la construcción de líneas de ferrocarril.
- Participación en las empresas: No hubo reparos legales en que el propio ministro formara parte de la empresa adjudicataria de dichas líneas.
- Ayudas públicas: Una vez obtenida la concesión, el propio Salamanca, como parte del Gobierno, acordaba la concesión de ayudas públicas para financiar la construcción de las líneas que él mismo gestionaba de forma privada.
Con operaciones de este tipo, el Marqués de Salamanca amasó una de las mayores fortunas de España.
4. La "Reina de la Corrupción" y el negocio ferroviario
Salamanca no operaba en el vacío. Las fuentes señalan que estas dinámicas de apropiación de recursos estatales eran compartidas por la propia Corona. María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, regente tras la muerte de Fernando VII, fue conocida como «la reina de la corrupción».
María Cristina utilizó una red de testaferros y empresas tapadera para enriquecerse con actividades vinculadas a las concesiones estatales, incluyendo el trazado de ferrocarriles, la explotación de salinas y la construcción de puertos. Esta conexión entre la Corona y los negocios ferroviarios generó una animadversión profunda en los sectores liberales, que veían cómo el acceso privilegiado a los resortes del poder impedía cualquier forma de competencia real.
5. El sistema de los "Diputados Contratistas"
El modelo de Salamanca se multiplicó durante la Restauración. Se convirtió en una práctica habitual que los ministros de Hacienda y otros miembros del gabinete se sentaran en los consejos de administración de las empresas ferroviarias que habían obtenido concesiones de sus propios gobiernos.
En este periodo:
- Los negocios se hacían en los despachos, no en los mercados.
- La compra de voluntades políticas era una costumbre asentada.
- Se producía una captura de rentas por parte de élites extractivas sin apenas controles.
Personajes históricos como Cánovas o Sagasta también formaron parte de estos consejos de administración ferroviarios. Aunque en otros países europeos estas prácticas empezaron a reformarse a finales del siglo XIX, en España las reformas quedaron obstruidas por el sistema caciquil.
6. Las consecuencias económicas de la captura del Estado
La forma en que se gestionó el ferrocarril en el siglo XIX tuvo un impacto duradero en la economía española. En lugar de buscar la eficiencia, el sistema premiaba a los "bien relacionados". Las fuentes indican que esta confusión constante entre lo estatal y lo particular favoreció una distribución de la renta nacional que acentuaba la concentración de la riqueza en manos de una minoría vinculada al poder.
Además, la falta de transparencia y la ausencia de rendición de cuentas permitieron que estas fortunas, levantadas a menudo sobre el expolio de recursos públicos, se mantuvieran impunes a lo largo de las décadas. El legado de Salamanca fue, en esencia, la normalización de la patria en la cartera, donde el servicio público se entendía como una vía directa para el beneficio privado.
7. El eco del ferrocarril en el siglo XX y XXI
El esquema de corrupción ferroviaria diseñado en el siglo XIX proyectó su sombra mucho tiempo después. Durante la dictadura franquista, la nacionalización que dio origen a RENFE se realizó bajo criterios que beneficiaron a los accionistas privados (principalmente bancos) por encima de los intereses del Estado, pagando indemnizaciones basadas en valores históricos desmesurados en lugar de valores reales de mercado.
Incluso en la democracia actual, las inversiones en alta velocidad (AVE) han estado rodeadas de investigaciones por sobrecostes y sobornos para adjudicar tramos, lo que demuestra la persistencia de ciertas dinámicas de concertación entre constructores y cargos públicos que Salamanca inició un siglo antes.
El Marqués como síntoma, no como excepción
José de Salamanca no fue un caso aislado, sino el síntoma de una arquitectura institucional degradada que permitía a los gobernantes abusar de su posición para dirigir a las masas y saquear el sistema. Su figura nos recuerda que, sin una justicia eficaz y mecanismos de vigilancia sólidos, el desarrollo económico de un país puede ser secuestrado por élites extractivas que anteponen su fortuna personal al bien común.
El Marqués de Salamanca murió habiendo perdido gran parte de su fortuna en bolsa y otros negocios, pero su nombre quedó grabado en el barrio más lujoso de Madrid y en una forma de hacer negocios —al calor del BOE y la concesión pública— que España ha tardado más de un siglo en empezar a combatir seriamente.
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