viernes, 1 de noviembre de 2013

La sospechosa pasividad de los Estados Unidos en el ataque a Pearl Harbour

El 7 de diciembre de 1941, un ataque efectuado por la aviación japonesa destruyó la escuadra norteamericana del Pacífico, en Pearl Harbor. 

La facilidad con que logró el éxito hizo surgir una duda: ¿Habría dejado Roosevelt  deliberadamente el camino libre a los japoneses a fin de vencer las reticencias de los norteamericanos a entrar en la guerra? 

La Segunda Guerra Mundial: una guerra global 

Después de la eliminación, en 1939, de Polonia, 1940 es un año de guerras relámpago en Europa occidental. Pero en 1941 la guerra se transforma realmente en un conflicto mundial. 


Ante la resistencia de Gran Bre­taña, Hitler cambia de estrategia y para ayudar a los italianos envía en marzo a Africa al Afrika Korps del general Rommel. Invade Yugoslavia y Grecia en abril y pone en marcha el 22 de junio la operación Barbarroja atacando a la Unión Soviética. 

Paralelamente, los Estados Unidos se comprometen y prestan un apoyo cada vez más activo a Gran Bretaña, a la que entregan material bélico gracias a una ley sobre préstamo y arrendamiento. El 14 de agosto de 1941, Churchill y Roosevelt firman la Carta del Atlántico. 

El ataque japonés a Pearl Harbor termina por globalizar el conflicto. De ahora en adelante, una Gran Alianza une a los Estados Unidos con el Reino Unido y la Unión Soviética en con­tra de los poderes del Eje.

Un ataque relámpago

A las 7:55 hora local, en la quietud de la mañana dominical, la gente se despierta lentamente en la base norteamericana de Pearl Harbor, situada en la isla de Oahti, en el corazón del archipiélago de Hawai. Repentinamente, un zumbido atronador rompe la calma y un diluvio de hierro y fuego cae del cielo; 183 aviones japoneses están bombardeando la base. 

El pánico reemplaza a la incredulidad y la sorpresa es total. Bajo las bombas y los tor­pedos, los acorazados, cruceros y destruc­tores de la flota norteamericana en el Pacífico, se incendian o zozobran. La aviación queda atrapada en tierra, impotente, mientras los hangares y los estanques esta­llan. 

A las 08:45, una segunda oleada for­mada por 170 aviones de combate toma el relevo. El balance es desastroso: 2.403 muertos y 1.178 heridos, 18 buques fuera de combate y 159 aviones destruidos. Con pérdidas muy pequeñas, Japón lograr realizar exitosamente el ataque por sorpresa más formidable de todos los tiempos. 

Un plan audaz

Es un plan increíblemente audaz del almirante Isomku Yamamoto, un ataque a 5.500 kilómetros de Japón contra la base enemiga mejor protegida de todo el Pacífico: "esta locura ha tenido un éxito total gracias a una minuciosa preparación de la aviación y de los servicios de inteligencia. Es verdad que la suerte ha jugado también un buen papel, al igual que la negligencia de los norteamericanos."


La pasividad de los militares norteamericanos 

En el lugar de los hechos, el general Short y el almirante Kimmel, advertidos de una posi­ble ofensiva nipona, no piensan que Pearl Harbor pueda ser el blanco escogido. Por negligencia, abandonan la vigilancia por radar y no cambian ninguna de sus rutinas; la flota regresa a la base cada fin de semana, como de costumbre. Además, los dos hombres no congenian y no intercambian información. 

Las negligencias del gobierno de Estados Unidos 

En Washington sucede algo similar. Se ha descifrado el código secreto de los japoneses y se sabe que preparan algo, pero los servicios de inteligencia no se coordinan entre si, más bien tienen celos unos de otros y no logran separar lo verdadero de lo falso: los japoneses se han transformado en los maestros en la desinformación. Finalmente, si bien las autoridades responsables norteamericanas no desconocen las políticas extorsionistas de Japón, saben también de su debilidad económica y pien­san que no tendrá la osadía de atacar directamente a los Estados Unidos.  

En el peor caso, si es que esta locura tentara a los japoneses, las Filipinas serían seguramente el blanco amenazado y no Pearl Harbor. Por esta razón, aun cuando el general Marshall fue informado una hora y media antes de la operación, de que se preparaba un ataque inminente en contra de una base norteamericana, no previno en primer lugar a Pearl Harbor. Como todos los demás, no quiso creer en la increíble verdad.

La teoría de los aislacionistas 

Tantas torpezas acumuladas despiertan pronto las sospechas y terminada la guerra, algunos partidarios del aislacionismo acu­san al presidente Roosevelt de haber utili­zado a la escuadra de Pearl Harbour como un cebo para atraer un ataque japonés y forzar a su país a entrar en la guerra. Y así nace la teoría dé la duplicidad de Roosevelt. Los japoneses habrían caído en una trampa y la opinión pública norteamericana, reticente, habría sido enfrentada a un hecho consumado. 

El mito de la provocación 

En realidad, Roosevelt ya se había comprometido deliberadamente con la guerra al suministrar ayuda a Gran Bretaña, aun­que para él el frente europeo era priorita­rio y no tenía interés alguno en precipitar los hechos en el Pacífico. Sin ceder ante Japón, había buscado, hasta entonces, ganar tiempo, Por su lado, Japón había hecho lo mismo durante bastante tiempo, aunque tratando de hacer avanzar a sus peones lo más lejos posible. 

El gobierno nipón había firmado un pacto tripartito con Alemania e Italia, porque vio ahí el medio para proseguir su política de con­quistas territoriales en China y en el sudo­este asiático; así, lo que buscaba era disuadir a los Estados Unidos a fin de que no se opusieran a sus intereses imperialis­tas. Sin embargo, cuando en julio de 1941 el ejército japonés ocupó el sur de indochina, los norteamericanos reaccionaron inmediatamente contándoles el aprovisionamiento de petróleo. 

La entrada de los Estados Unidos en la guerra

Cada uno busca­ba hacer ceder al adversario sin entrar en un conflicto abierto. Japón se da cuenta de que no puede lograr sus fines sin que Washington reaccione. Entonces decide precipitar los hechos, y se lanza en un conflicto que considera inevitable, emple­ando para ello el efecto sorpresa. 

Pearl Harbor fue un éxito táctico indiscuti­ble. Pero, más allá de eso, al provocar al gigante norteamericano, el almirante Yamamoto selló, a su pesar, el final del conflicto mundial. 

Ataque sorpresa nipón: precedentes 

Ya en febrero de 1904, el Japón imperialista rehusa todo entendimiento con Rusia para compartir las zonas de influencia en el Extremo Oriente y envía a su flota a atacar por sorpresa, en medio de la noche, a la flota rusa amarrada en Port Arthur. Los japoneses aseguran así su dominio en una guerra que ter­mina pronto, en 1905, con la derrota de Rusia, que es humillada y pasa a ser el primer país colonizador vencido por una nación no occidental. 

Pretexto para que los Estados Unidos entren en guerra: precedentes 

En 1898, los Estados Unidos, al ver amenazados sus intere­ses en Cuba por los colonos españo­les de la isla, toman como pretexto la explosión del acorazado Maine en La Habana para atacar a los españoles. La derrota de estos últi­mos provoca el fin del imperio colonial español, la independencia de Cuba y el progresivo aumento de la Influencia de Estados Unidos en todo el conti­nente americano. 

Aun existen serias dudas si la pasividad norteamericana ante el ataque nipón fue premeditada como sucedió en 1898 con el hundimiento del acorazad Maine. Sin fuera así, habría que  preguntarse: ¿Tanto quiso Roosvelt vencer el aislacionismo norteamericano al punto de utilizar Pearl Harbour como cebo? 

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