Casi un siglo antes de que el veneciano Marco Polo emprendiera su famoso viaje hacia la corte de Kublai Khan, un judío de la península ibérica ya había recorrido y documentado con asombrosa precisión las maravillas del Mediterráneo y el Oriente Medio. Su nombre era Benjamín de Tudela, y su crónica, el Libro de viajes (Séfer-masa’ot), constituye hoy uno de los testimonios más fidedignos y valiosos de la geopolítica, la cultura y la demografía del siglo XII. Mientras que otros relatos de la época recurren a la fantasía, el de Benjamín destaca por su sobriedad y veracidad, basándose mayoritariamente en aquello que él mismo pudo atestiguar.
Recreación histórica del célebre viajero navarro Benjamín de Tudela, considerado un pionero en la exploración medieval.
1. El origen de un aventurero: Tudela y la aljama navarra
Benjamín ben rabbí Yonah mi-Tudela nació alrededor de 1130 en la aljama de Tudela, una ciudad navarra que en aquel entonces era un hervidero cultural. Hijo de un rabino, Benjamín creció dominando el romance navarro, pero su formación le permitió manejar el hebreo, el árabe, el latín y el griego, herramientas lingüísticas que serían cruciales para su futura odisea.
A mediados del siglo XII, el mundo medieval estaba fragmentado por las Cruzadas y las luchas entre califatos. En este contexto, entre los años 1165 y 1166, Benjamín decidió abandonar su hogar para iniciar un viaje que duraría siete años y lo llevaría a visitar cerca de 190 ciudades en tres continentes: Europa, Asia y África.
2. La ruta del Mediterráneo: de Sefarad a Roma
El periplo comenzó siguiendo el curso del río Ebro hacia Zaragoza, Tortosa y Tarragona, donde quedó impresionado por las murallas de "construcción de cíclopes". De allí pasó a Barcelona, ciudad que ya destacaba como un vibrante centro comercial donde recalaban mercaderes de Grecia, Egipto e Israel.
Tras cruzar el sur de Francia (Marsella) y embarcar hacia Italia, Benjamín recorrió Génova, Pisa y Roma. Su estancia en la "Ciudad Eterna" le permitió observar no solo los monumentos clásicos, sino también la situación de la comunidad judía bajo el poder del Papa. Continuando hacia el sur, llegó a Otranto, el puerto de salida hacia el misterioso y deslumbrante Imperio Bizantino.
Mapa de la extensa ruta que abarcó más de 190 ciudades en Europa, Asia y África a lo largo de siete años.
3. Constantinopla: la magnificencia y la decadencia
Uno de los hitos del viaje fue la llegada a Constantinopla. Benjamín cayó rendido ante la riqueza de la capital bizantina, describiendo con detalle el Hipódromo y los espectáculos de fieras y aves que se celebraban en la Natividad.
Sin embargo, su ojo avispado también detectó las grietas del imperio. Observó que los bizantinos, a quienes calificó de falta de espíritu combativo, dependían de mercenarios bárbaros para resistir el empuje de los turcos. Además, documentó el antisemitismo y la opresión a los judíos en la ciudad, quienes habían sido deportados a la zona de Pera y sufrían el desprecio de los curtidores de pieles que vertían aguas pestilentes en sus calles. Solo el médico del emperador, R. Salomón el Egipcio, lograba aliviar en parte las penurias de su comunidad.
4. Tierra Santa y la sombra de las Cruzadas
Benjamín bordeó las costas del Levante, pasando por ciudades como Antioquía, Beirut, Tiro y Haifa, hasta llegar a una Jerusalén dominada por los cruzados. La describió como una ciudad multirreligiosa habitada por jacobitas, armenios, griegos, georgianos y francos.
Sus notas sobre los lugares sagrados son de gran valor: menciona la iglesia del Sepulcro, donde señala que está sepultado "aquel Hombre" (Jesús) al cual acuden todos los peregrinos. También documentó la existencia de los Caballeros Templarios de quienes salían trescientos diariamente para guerrear. Fue además el primer occidental en explicar la existencia de la temible secta de los Asesinos, que mataban reyes con fanatismo y obedecían ciegamente a su profeta.
5. Bagdad: el esplendor del califato Abasí
Si en Constantinopla vio opresión, en Bagdad Benjamín encontró un paraíso para su fe. Describió una comunidad de 40.000 judíos viviendo en calma, honor y riqueza, con 28 sinagogas y liderados por el Daniel, a quien el califa sentaba en un trono ante él.
Benjamín retrató la vida en la corte del califa como un sistema complejo pero fascinante. El mandatario se negaba a vivir del erario público, obteniendo su sustento de la fabricación manual de esteras que vendía en el zoco. También documentó las ruinas arqueológicas de la región, siendo calificado por algunos historiadores como el primer asiriólogo por identificar correctamente las ruinas de Babel y el palacio de Nabucodonosor.
6. El primer demógrafo y el misterio de su Viaje
¿Qué movió a un judío navarro de Tudela a realizar tal hazaña? Existen dos hipótesis principales:
- Motivo Mercantil: Se cree que Benjamín era un mercader de joyas, basándose en su profundo interés por el comercio de coral y la naturaleza de los productos de cada país.
- Misión de Inteligencia: Otros expertos sugieren que el viaje fue financiado para crear una red internacional de comunidades judías que sirviera de refugio en caso de persecución.
Las meticulosas crónicas de Benjamín de Tudela lo han consagrado como uno de los primeros demógrafos de la historia.
Lo que es indiscutible es que su obra lo convierte en el primer demógrafo del judaísmo. Sus proyecciones y censos sobre la población judía en la Edad Media llenaron un vacío documental histórico de incalculable valor.
El regreso y el legado de Benjamín
Tras pasar por Egipto, donde quedó impactado por las pirámides y los obeliscos, Benjamín regresó a España vía Sicilia en 1173. Poco después de dictar sus notas, murió en su tierra natal mientras preparaba nuevos viajes.
Su legado es el de un hombre que "escribió todas las cosas que vio y oyó de boca de hombres veraces". A diferencia de Marco Polo, Benjamín de Tudela no buscaba la gloria literaria, sino un registro sobrio de la realidad. Su Libro de viajes sigue siendo hoy una ventana abierta al Mediterráneo de las maravillas y al Oriente de la Edad de Oro.
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