Puede parecer una exageración histórica, pero en 1975 el gobierno español liderado por Carlos Arias Navarro llegó a sopesar seriamente la posibilidad de entrar en guerra con Portugal. La revelación salió a la luz en 2008 a través del diario El País, basándose en documentos desclasificados de los Archivos Nacionales de Washington que detallan las tensas relaciones entre ambos países en plena Guerra Fría.
El contexto no era menor. Estados Unidos buscaba renegociar la presencia de sus bases militares en España, mientras el régimen español aspiraba a contar con el respaldo de Washington para su futura entrada en la OTAN. En ese delicado equilibrio geopolítico, Portugal se convirtió en una preocupación estratégica de primer orden.
La Revolución de los Claveles y el giro político portugués
El 25 de abril de 1974, un grupo de militares portugueses de izquierdas derrocó al régimen dictatorial de Marcelo Caetano en lo que se conocería como la Revolución de los Claveles. El golpe contó con un amplio respaldo popular, que se manifestó en las calles de Lisboa y otras ciudades.
Con la intención de evitar un baño de sangre, Caetano cedió el poder a Spinola, que contaba con grandes apoyos entre las fuerzas armadas. Siete meses después, Spinola renunció a su cargo por discrepar radicalmente con la evolución que estaba tomando la situación política en Portugal y la mala gestión de las colonias portuguesas de ultramar.
Sin embargo, al comprobar que los comunistas ganaban terreno, Spínola trató de recuperar el poder con un golpe que fracasó estrepitosamente. Fue en ese momento, cuando el entonces presidente español, Carlos Arias Navarro, contactó con el gobierno de Washington.
El temor al comunismo: la “Matanza de Pascua”
El avance del Partido Comunista Portugués dentro del ejército generó una profunda inquietud. Spínola llegó a sospechar la existencia de un golpe comunista respaldado por la Unión Soviética, que implicaría la eliminación de figuras contrarias a Moscú en lo que se denominó la “Matanza de Pascua”.
Este temor fue el detonante de su fallido intento de golpe. Tras el fracaso, Spínola huyó a España en mayo de 1975 y, según documentos publicados por el semanario portugués Expresso, solicitó la intervención del ejército español para frenar la implantación de un régimen de inspiración soviética en Lisboa.
Esta tentativa golpista desembocó en una radicalización de la situación y en el control de las instituciones gubernamentales lisboetas por parte de personas afines al Partido Comunista Portugués y a la Unión Soviética, la cual estaba especialmente interesada en anular al ejército portugués en África y así tomar posiciones en Angola. En realidad, la intervención soviética en Angola fue realizada a través de un "alquiler" de soldados cubanos, por los cuales Fidel Castro recibía una sustanciosa compensación económica.
Portugal como amenaza estratégica para España
La preocupación española quedó reflejada en una reunión celebrada en Jerusalén en marzo de 1975 entre Arias Navarro y el subsecretario de Estado norteamericano Robert Ingersoll. En ese encuentro se analizó la posibilidad de una intervención militar española en Portugal.
Ingersoll transmitió al secretario de Estado Henry Kissinger que España consideraba a Portugal una amenaza, no tanto por su evolución interna, sino por el apoyo exterior que pudiera recibir, previsiblemente hostil a los intereses españoles.
El dirigente español quería conocer la posición de Estados Unidos ante una posible intervención española en el país vecino. Se valoró junto a Ingersoll esta posibilidad, con el argumento de qué, para España la situación en Portugal era una amenaza. "Portugal es una seria amenaza para España, no por el desarrollo de la situación en el país, sino por el apoyo exterior que pudiera tener y que sería indudablemente hostil a España", escribió Ingersoll en el informe para el secretario de estado Henry Kissinger.
"España estaría dispuesta intervenir contra el comunismo en solitario si fuera necesario. Es un país fuerte y próspero que no quiere pedir ayuda pero confía en la comprensión y la cooperación de sus aliados". En ese mismo informe, Ingersoll señalaba que Arias le habría explicado las "medidas a tomar" para que los "acontecimientos en Portugal no se extendieran al otro lado de la frontera".
"Arias está convencido de que España debe democratizarse y abrir las puertas a una mayor participación política popular. La experiencia de Spinola le convenció de una cosa: no hay que subir una colina demasiado deprisa" escribió Ingersoll en su misiva.
¿Una intervención militar española en Portugal?
La preocupación de Arias continuaba un mes después. En abril de 1975, en una reunión informal con el senador republicano Hugh Scott, Arias llegó a prometerle que lo sucedido en Portugal no se repetiría en España. Como argumento para justificar tal declaración, Arias explicó que 'en España había más libertades, mas crecimiento económico y una mayor distribución de la riqueza'.
Arias aseguró también en abril, esta vez al embajador en España, Wells Stable, "que el ejército español conoce los peligros del comunismo por la experiencia en la Guerra Civil y está totalmente unido". El embajador añadiría en una carta remitida a Kissinger, su opinión personal al respecto, donde consideraba que España tendría problemas en protegerse de las acciones subversivas portuguesas una vez iniciada la intervención.
El asalto a la embajada española en Lisboa
La tensión alcanzó su punto álgido en septiembre de 1975, cuando la embajada española en Lisboa fue asaltada por grupos de extrema izquierda. Este episodio fue interpretado como una provocación destinada a forzar una reacción española que reforzara el apoyo popular al Partido Comunista Portugués.
Sin embargo, los resultados electorales no acompañaban esa estrategia, ya que en las elecciones del 25 de abril de 1975 los comunistas no superaron el 20% de representación.
La CIA, Kissinger y la transición portuguesa
Henry Kissinger estaba al tanto de lo que se estaba "cociendo" en la Península Ibérica en aquellos días y llegó a valorar seriamente el apoyo norteamericano a la intervención española, aunque finalmente optó por no apoyar esta intervención y dejar en manos de la CIA el devenir de Portugal.
Y para ello tenían en el país luso a la persona perfecta: Frank Carlucci, embajador norteamericano en Lisboa y también agente destacado de la CIA en la Península Ibérica. Inmediatamente la agencia de inteligencia norteamericana comenzó a trabajar sobre el terreno y designaron a la persona clave para evitar que el comunismo llegara al poder.
Contactaron con un socialdemócrata en el exilio, Mario Soares, cuya figura querían convertir, tanto la CIA como el MI6 británico, en un elemento clave para la transición democrática del país. Y así fue; cuando regresó de París, desde el mismo momento que bajó del avión en Lisboa, su figura fue ensalzada de tal forma, que alcanzó una popularidad sin precedentes en el país.
Poco después, su partido, el partido socialista, ganó las elecciones y comenzó la transición democrática del país. Por este hecho, Carlucci fue ascendido a vice director de la CIA y felicitado por su gran labor en la Península Ibérica.
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