miércoles, 11 de septiembre de 2013

Idi Amin: el tirano canibal

Boxeador, pinche de cocina, comedor de carne humana y bufón de la política internacional, Idi Amin fue un siniestro dictador de Uganda que convirtió su país en un infierno y exterminó a 300.000 personas. 

Gran Papá, Presidente Vitali­cio, Mariscal de campo... son algunos de los títulos que se atribuyó a sí mismo Idi Amin Dada, dictador de Uganda entre 1971 y 1979. El resto de la humanidad, incluidos la mayoría de sus compatriotas, le considera más bien un bufón sangriento, un siniestro tirano extravagante y caprichoso cuya política de represión llevó a la muerte a más de 300 000 ugandeses. 

Pinche de cocina y boxeador 

Había nacido en Koboko en una humilde familia de campesinos musulmanes de la tribu kakwa y recibió una educación rudimentaria antes de alistarse en los Fusileros Africanos del Rey en 1943, cuando Uganda aún forma­ba parte del Imperio Británico. Su ocu­pación inicial fue la de pinche de cocina, pero con su 1,95 de estatura y 110 kilos de peso pronto se hizo popular en el ejército por sus dotes para el boxeo. 

La independencia de Uganda

En 1951 fue campeón de los pesos pesados de su país, título que retuvo hasta 1959 y que le ayu­dó a ascender primero a sargento y luego a teniente. En 1960 viajó a Inglaterra y a Israel, y en 1962, cuando su país alcanzó la independencia, era uno de los dos úni­cos oficiales negros con que contaban las tropas ugandesas. 


Los desmanes de Idi Amin 

Gracias a su apoyo al nuevo presidente Milton Obote, de quien era colaborador, Amin fue nombrado general de división y jefe de las Fuerzas Armadas de Uganda en 1968. Sin embargo, su entente con Obote duró poco. No sólo por sus excesos -ar­maba el número en las fiestas de oficíales tirándose vestido a la piscina y cruzaba las calles dé la capital, Kampala, a 150 por hora en su Ferrari rojo-, sino también por apropiarse de dinero del ejército y por asesinar a Okoya, brazo derecho del presidente, en 1970. 

Golpe de Estado

Sin embargo, cuando estaba a punto de ser detenido, Idi Amin dio un golpe de Estado y derrocó a Obote en 1971, con el apoyo de Reino Unido e Israel. En apenas unas semanas mandó ejecutar a miles de solda­dos y oficiales de las etnias langi y acholi, supuestamente leales al anterior presidente. Después pasó a ocuparse de la población civil y lanzó su fuerza pretoriana de 15.000 hombres a saquear pueblos y aldeas, violan­do y matando a diestro y siniestro. 

Ocho años en el infierno 

Su etapa en la presidencia (1971-1979) fue para la mayoría de los ugandeses una pesadilla de ocho años de duración, una era de masacre, ruina económica y farsa diplomática. Tras el golpe, abolió todos los derechos y libertades y convirtió la arbitrariedad en norma de gobierno. No hay espacio en este artículo para enume­rar todas sus siniestras bu­fonadas, que llenaron los titulares de la prensa mundial en los años 70. 

Odio a los judíos 

En 1972 expulsó del país a todos los asiáticos, así como a miles de ciudadanos británicos y a todos los judíos, tras lo cual rompió relaciones con Israel, de quien se convirtió en el más acérrimo enemi­go. En 1975, en un discurso ante la Asamblea General de la ONU, propuso la extinción de ese país e insistió en que Estados Unidos eliminara a los sionistas. Es más, llegó a manifestarle personalmente a la ex primera ministra israelí Golda Meir su desazón porque Hitler, de quien era declarado admirador, "no hubiese eliminado a todos los judíos". 

La delirante política exterior del Presidente de Uganda 

Otra de las aficiones de Amin era enviar telegramas absurdos a los líde­res mundiales. En 1973 mandó un mensaje de felicitación al entonces presidente Nixon deseándole "una rápida recuperación por el caso Watergate", y escribió a Franco pa­ra orientar­le sobre la forma en que debía arreglar el problema del Sáhara. 

En una ocasión humilló a cuatro empresarios británicos al obligarles a levantarle en su palanquín. Le entusiasmaban las condecoraciones y visitó al Papa cubierto de falsas medallas de su país. En otra ocasión, mandó ejecutar a seis actores ugandeses, incluido el director del Teatro Nacional, porque no le gustó la obra que estaban representando, y en la que se evocaba la persecución sufrida por" los cris­tianos de Uganda en 1880. 

Se quejaba de que Henry Kissinger "nunca viene a Kampala a que le aconseje" y dejó a todo el mundo estupefacto cuando admitió, ufanándose de ello, que en varias ocasiones había comido carne y visceras humanas, aunque no era muy partidario: "no me va, es demasiado salada para mi gusto." 

El fin de un régimen: la invasión de Tanzania 

Su final político llegó en 1979, cuando para aplastar un motín que se había produ­cido en su ejército decidió invadir la vecina Tanzania, donde se ocultaban mu­chos rebeldes ugandeses. Fue un error que pagó ca­ro. El presidente tanzano Julius Nyerere contraatacó movilizando a sus Fuerzas Armadas, invadió Uganda y entró en Kampala. Tras unos días en paradero des­conocido, Idi Amin huyó primero a Libia y luego a Irak, para acabar refugián­dose en Arabia Saudí, país donde vivió en el exilio hasta su muer­te en 2003.

Macabros descubrimientos 
Después de la invasión tanzana de Uganda que en 1979 expulso del poder a Idi Amin, se supo el reguero de sangre que éste dejaba tras de sí. En los frigoríficos del palacio presidencial apare­cieron las cabezas cortadas de algunos de sus adversarios y junto a una de sus villas se descubrió un campo de detención y ex­terminio cuyos famélicos prisioneros ha­bían sobrevivido royendo los huesos de los muertos.

Sin embargo, el tirano nunca respondió ante ningún tribunal por el geno­cidio que costó tantas vidas entre sus ciuda­danos. Tras su precipitada huida, reabro la solidaridad de otros dirigentes mu su Imanes mundiales y pudo refugiarse en Libia, donde Gaddafi le concedió asilo por un año, antes de pedirle que se marchara. 

Un largo exilio hasta su muerte

Tras un breve paso por Irak se instaló en Yeda, Arabia, donde la familia real saudí le proporcionó un palacete, cocineros, chóferes, varios coches -una de sus aficiones- y un sueldo para que no pasaran apuros ni él, ni sus 43 hijos, ni sus cinco mu­jeres, su otra gran pasión. Las trataba con la misma deferencia que a los ladrones en sus tiem­pos de dictador: ordenó que le cortaran las extremidades a su esposa Kay porque había osado abortar. 

En 1989 inten­tó regresar a Uganda pero fue reconocido en Zaire y devuelto a Arabia Saudí. Nunca se arrepintió de nada. En una entrevista en su exilio saudí en 1999 comentaba: ''Ya no me intere­sa la política. Ahora toco el órgano y voy a pescar. Llevo una vida pacífica, dedicado a Alá y al islam." Idi Amin murió en 2003 en el hospital Rey Faisal de Yeda a los 78 años.


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