Durante cuatro siglos, una de las leyes más insólitas y sangrientas de Europa permaneció vigente en los fiordos del noroeste de Islandia: una normativa que permitía asesinar sin consecuencias legales a cualquier vasco que pisara esas costas. Esta "sentencia de muerte" colectiva no fue derogada simbólicamente hasta el 22 de abril de 2015 en la localidad de Hólmavík, cerrando una herida abierta en el invierno de 1615, durante un episodio conocido como Spánverjavígin (la masacre de los españoles).
Un trueque pacífico convertido en tragedia
Irónicamente, antes de 1615, las relaciones entre los balleneros vascos y los granjeros islandeses eran amistosas y comerciales. Los vascos, que cazaban el "leviatán" por su preciado saín —el oro líquido que iluminaba las lámparas de Francia e Inglaterra —, intercambiaban hierro y sal por refugio, leche y ropa. La convivencia era tal que se forjó una lengua mixta, un pidgin vasco-islandés, un código rudimentario que permitía la comunicación entre ambas culturas.
Sin embargo, el destino cambió la noche del 20 de septiembre de 1615. Tras una excelente campaña donde capturaron once ballenas, una tormenta huracanada estrelló los tres galeones guipuzcoanos comandados por los capitanes Pedro de Aguirre, Esteban de Tellería y Martín de Villafranca contra las rocas. Aunque ochenta hombres sobrevivieron al naufragio, se encontraron varados en el "fin del mundo", sin barcos ni provisiones, ante un invierno ártico inminente.
La ley del odio: El decreto de Ari Magnússon
La presencia de ochenta hombres hambrientos fue vista pronto como una amenaza por los lugareños, cuyos recursos escaseaban tras un lustro de malas cosechas. Las tensiones estallaron cuando un grupo de náufragos saqueó presuntamente un almacén en Þingeyri para no morir de hambre.
El catalizador de la carnicería fue el sheriff de Ögur, Ari Magnússon. Siguiendo órdenes del rey Cristian IV de Dinamarca, quien recelaba de los extranjeros que burlaban su monopolio comercial, Magnússon celebró una asamblea (Althing) donde declaró a los vascos "útlægur" (proscritos). Bajo esta ley de raíces vikingas, el forastero era excluido de la sociedad y cualquier ciudadano podía matarlo sin temor a la justicia.
La caza del hombre en los fiordos
Lo que siguió fue una ejecución masiva caracterizada por una violencia extrema:
- El ataque de Dýrafjörður: En la madrugada del 5 de octubre, una turba de granjeros asaltó la cabaña donde dormían trece marineros. Fueron asesinados brutalmente con piedras, cuchillos y palos; sus cuerpos, mutilados y desnudos, fueron arrojados al mar.
- La emboscada de Sandeyri: Magnússon lideró una tropa de cincuenta hombres armados para cazar al resto de los supervivientes. Capturaron y ejecutaron a dieciocho hombres más.
- El martirio de Martín de Villafranca: El capitán Villafranca intentó escapar nadando "como una foca", pero fue alcanzado por las piedras. Una vez capturado, y mientras cantaba una conmovedora canción en su lengua, el juez ordenó que le abrieran el cuerpo con un cuchillo desde el pecho hasta el ombligo.
El sabio contra el juez: Las versiones del horror
La historia nos ha llegado por dos relatos opuestos. El reverendo Ólafur Jónsson justificó la masacre tildando a los vascos de ladrones y piratas. Sin embargo, el cronista contemporáneo Jón Guðmundsson "el Sabio", quien se negó a participar en el linchamiento, denunció los hechos como el asesinato de "indefensos cristianos" y actuó como un "periodista de investigación" entrevistando a testigos para salvar la memoria de las víctimas.
Se cree que tras la saña de Magnússon se escondían intereses corruptos: el sheriff vendía licencias de caza ilegalmente y los vascos eran testigos incómodos de sus negocios a espaldas de la Corona danesa. Otros factores, como la diferencia religiosa (católicos en tierras protestantes) y el miedo ancestral a la brujería, también alimentaron el odio.
El fin del olvido
Tras 400 años de silencio, en los que España nunca reclamó por la masacre y los supervivientes guardaron un mutismo absoluto a su regreso, la estela de bronce inaugurada en 2015 en Hólmavík sirve hoy como recordatorio de que la intolerancia y el miedo al extraño pueden convertir a náufragos necesitados en presas de guerra.
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