miércoles, 10 de abril de 2013

El naufragio del "Adelaide": entre la realidad y la leyenda

En la playa de Laxe, el 19 de diciembre de 1830, se registró el naufragio del Adelaide, un suceso lleno de incognitas, entre la realidad y la leyenda.

 
Por aquel entonces, la localidad de Laxe (La Coruña), en la Costa da Morte era un pequeño pueblo azotado por el océano Atlántico que, incapaz de derribar los humildes chamizos marineros, se cebaba inundando sus calles y el atrio de su iglesia. La electricidad aún no era conocida y solo la tenue luz de los candiles de aceite era lo único que iluminaba la pequeña villa.

El Adelaide contra los elementos

El 19 de septiembre de 1830 era un día especialmente duro, con vientos huracanados y lluvia abundante. La goleta Adelaide que había salido de Bristol con dirección a las Antillas, luchaba frente a la costa de Laxe contra los vientos huracanados que amenazaba con hacer trizas el navío. Viajaban a bordo un pasajero y trece tripulantes, entre ellos, la esposa del capitán y su hijo.

En esa lucha sin cuartel con el fiero oleaje, la goleta logró entrar en la ría de Laxe pero a causa de la bajamar que había en ese momento, un viraje de viento provocó la catástrofe.

Supervivientes del naufragio

El capitán William Dovell y un marinero consiguieron llegar a la playa y a duras penas llegaron a la zona alta del arenal donde, exhaustos, se refugiaron en el llamado "almiar de Lema". A la mañana siguiente el marinero murió por falta de ciudados, nadie oyó sus gritos de auxilio a causa del estruendo del viento y el sonido insistente de la lluvia que caía a borbotones. 

Esa misma mañana, comenzaron a llegar los cadáveres de los marineros a la playa de Laxe. Entre ellos, los cuerpos de la esposa de Dovell y su hijo, abrazados, yacían sobre la arena sin vida.



Víctimas de la catástrofe

Las gentes de Laxe se encargaron de enterrar los cadáveres en una zona denominada “Cotillón do Monte do Cabo da Area” donde se sitúa actualmente una coqueta urbanización. Mientras, la señora Dovell y el hijo del capitán fueron enterrados muy cerca del muro del cementerio. A los pies del muro también fue enterrado el marinero que sobrevivió junto al capitán Dovell. El hecho de que no fueran católicos motivó que sus cuerpos no fueran sepultados en el interior del camposanto.

Después de la tragedia, el capitán Dovell permaneció una larga temporada en la villa de Laxe y solicitó cincelar un lápida de piedra el recuerdo del desgraciado suceso y perpetuar el recuerdo de su mujer y su hijo.

Diariamente, el afligido y desconsolado capitán paseaba biblia en mano del “Cotillón do Monte do Cabo da Area” al muro del cementerio rezando constantemente y leyendo pasajes bíblicos. 





 

Entre la realidad y la leyenda

Podía parecer que el naufragio del Adelaide fue uno de tantos. La Costa da Morte es uno de los litorales más traicioneros del mundo y se han registrado cientos de naufragios, a lo largo de la historia. Sin embargo, el devenir del Adelaide tiene una historia paralela rodeada de leyenda.

Según esta historia, el navío fue contratado por el gobierno británico para que transportase una cantidad no determinada de monedas de oro y armas para cubrir las necesidades de sus destacamentos militares emplazados en las Antillas. El Adelaide era el navío perfecto para que el preciado cargamento llegase a su destino de forma discreta. Pero no fue así.

Aquel día de temporal, extrañamente, las luces de los candiles estaban en lo alto de la playa de Laxe, según dice la leyenda, para que fueran visibles a los barcos que navegaban al abrigo de la costa. Y fueron esas mismas luces, junto a otras situadas en la punta del cabo, las que atrajeron el Adelaide hasta la playa. En aquellos tiempos no existía la carretera que rodea el arenal y tan solo había una extensa marisma desolada.


 
 
El capitán no se percató a tiempo que las luces en realidad eran una trampa mortal y, pese a intentar virar el navío, las gigantescas olas quebraron el velamen y el barco encalló de manera violenta frente a la playa. Los gritos de auxilio fueron acallados por una bandada de hombres que velozmente se llevaron las armas y las monedas de oro a la vez que ejecutaban a algún superviviente que se percataba de lo que estaba sucediendo. Sin duda fue un robo premeditado y bien planeado. Era obvio que no fue accidente.

Según esta versión solo sobrevivió el capitán Dovell y afirma la leyenda que la orden de terminar con la singladura del Adelaide, partió de ciertas esferas del gobierno inglés. Dovell, por orden de su gobierno y de la compañía de seguros del Adelaide, permaneció en Laxe para averiguar el paradero del oro desaparecido y quien podía ser el contacto en la zona con conexiones en Inglaterra para coordinar el robo.

Muchas personas buscaron durante años el oro, sin embargo su paradero y la verdad sobre el naufragio del Adelaide quedó enterrada para siempre en el arenal de Laxe aquel fatídico 19 de septiembre de 1830.


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