La figura de Alonso de Ojeda destaca como una de las personalidades más tempestuosas, audaces y trágicas de los primeros años de la presencia hispana en el Nuevo Mundo. Encomendado para abrir caminos en tierras desconocidas, capitán de una valentía rayana en la temeridad y explorador de miles de kilómetros de costas atlánticas, Ojeda encarnó el tránsito decisivo desde el modelo de descubrimiento insular antillano hacia el asentamiento en la tierra firme continental.
Conocido en las crónicas de la época por sus espectaculares cargas de caballería que le valieron el sobrenombre del "Centauro de Jáquimo", fue también el navegante que bautizó a Venezuela junto a Américo Vespucio y el fundador del primer establecimiento hispano en suelo sudamericano. Su trayectoria reúne el brillo de las hazañas bélicas en La Española y la tragedia de las fiebres, las flechas envenenadas y la miseria final en Santo Domingo.
1. Orígenes: de paje Nobiliario a la Guerra de Granada
Alonso de Ojeda nació en la localidad de Torrejoncillo del Rey, en la provincia de Cuenca, en el seno de una familia de la hidalguía castellana venida a menos. Siendo muy joven, ingresó como paje y criado en la casa de don Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, una de las casas nobles más influyentes de la época. Fue precisamente en el entorno del duque donde Ojeda tuvo la oportunidad de conocer tempranamente a Cristóbal Colón, cuando el marino buscaba patrocinio para su proyecto atlántico.
Pronto dio muestras de un carácter inquieto, aventurero y bravucón. Participó activamente en la Guerra de Granada, donde dejó constancia de sus extraordinarias dotes militares, su manejo impecable de la espada, su agilidad física y un valor arrojado. Durante este periodo, aprovechó su parentesco con un miembro del Tribunal de la Inquisición para entrar en contacto con el influyente obispo de Badajoz, don Juan Rodríguez de Fonseca, presidente de la Junta de Indias. Fonseca, impresionado por las capacidades bélicas y la audacia del joven manchego, lo acogió bajo su protección directa, convirtiéndose en su principal padrino en la Corte.
2. El Segundo Viaje de Colón (1493) y la Exploración de Cibao
En 1493, el obispo Rodríguez de Fonseca, enfrentado a Cristóbal Colón por el control administrativo y político de las Nuevas Indias, decidió situar a hombres de su entera confianza dentro de las expediciones del Almirante. De este modo, en septiembre de 1493, Ojeda fue puesto al mando de una de las carabelas que integraban la gran flota del Segundo Viaje de Colón, desembarcando en La Española.
En enero de 1494, Colón encomendó a Ojeda la peligrosa misión de internarse en el interior de la isla para buscar a un grupo de españoles perdidos y explorar la accidentada región de Cibao. Con una fuerza de tan solo catorce o quince hombres, Ojeda se adentró en una comarca dominada por los fieros indios cigüayos y bajo la hegemonía del temible cacique Caonabó. A pesar del riesgo extremo, Ojeda no solo logró hallar a los españoles, sino que constató la riqueza aurífera de las arenas fluviales de Cibao y regresó a la ciudad de La Isabela para informar al Almirante.
Impresionado por el informe, Colón preparó en 1494 una expedición a Cibao para afianzar el dominio castellano y ordenó levantar una fortificación en el corazón de la región: el fuerte de Santo Tomás, nombrando a Alonso de Ojeda como su alcaide.
3. Las hazañas en La Española: la prisión de Caonabó y la Batalla de Jáquimo
La presencia de la fortaleza de Santo Tomás provocó la indignación de los caciques indígenas, especialmente de Caonabó y de los ciguayos, quienes cercaron el recinto defensivo con la intención de exterminar a los castellanos. Ojeda, haciendo uso de astucias tácticas y salidas relámpago, no solo resistió el asedio, sino que infligió severas derrotas a los atacantes.
Decidido a neutralizar la amenaza de raíz, Ojeda concibió un plan de audacia singular. Se presentó con una escasa escolta de tan solo nueve hombres en el propio corazón del campamento de Caonabó simulando intenciones pacíficas y le ofreció como regalo unos grilletes o bridas de latón brillante, haciéndole creer que eran prendas reales utilizadas por los reyes de Castilla en sus festejos. Una vez que el cacique accedió a colocárselos voluntariamente, Ojeda lo apresó, lo montó en su propio caballo y lo sacó del campamento ante el asombro de los guerreros indígenas, trasladándolo prisionero ante el Almirante.
La captura de Caonabó desató la respuesta unificada de los cacicazgos de la isla. Su hermano Maniocatex asumió el mando y convocó una vasta confederación indígena que reunió a más de diez mil guerreros. El choque decisivo tuvo lugar en la Vega Real (o batalla de Jáquimo). Ojeda, al mando de un reducido grupo de hombres a caballo y peones, ejecutó impetuosas cargas de caballería que aterrorizaron a las tropas nativas, las cuales jamás habían visto combatir a caballeros montados. Esta brillante actuación bélica le otorgó entre sus contemporáneos el apodo de el "Centauro de Jáquimo". Tras pacificar momentáneamente la isla, Ojeda regresó a la Península Ibérica en 1496.
4. El primer viaje andaluz (1499): el descubrimiento de Venezuela
A finales del siglo XV, la Corona española decidió romper el monopolio descubridor otorgado inicialmente a Cristóbal Colón. Patrocinados por el obispo Rodríguez de Fonseca, se inauguraron los llamados "Viajes Andaluces" o viajes menores, destinados a explorar y cartografiar el litoral continental.
El 18 de mayo de 1499, Alonso de Ojeda zarpó del Puerto de Santa María (Cádiz) al frente de la primera expedición independiente no comandada por Colón. En este viaje figuraban como figuras clave el célebre piloto y cartógrafo cántabro Juan de la Cosa y el comerciante y navegante florentino Américo Vespucio.
El Recorrido Geográfico y el Bautismo de Venezuela
La expedición cruzó el Atlántico y tocó tierra firme en las costas continentales de Sudamérica, recorriendo un vasto arco geográfico:
- Golfo de Paria, Araya y Cumaná: Reconocimiento del litoral oriental venezolano y las inmediaciones de la isla Margarita.
- Cabo Codera y La Vela de Coro: Navegación bordeando el litoral central de la actual Venezuela.
- Cabo de San Román e Isla de Curazao: A la que bautizaron como la Isla de los Gigantes debido a la elevada estatura de sus habitantes autóctonos.
- Golfo de Venezuela y Lago de Maracaibo: Al adentrarse en el golfo de Venezuela y contemplar las viviendas indígenas erigidas sobre pilotes de madera (palafitos) en las aguas del lago de Maracaibo, Vespucio y Ojeda recordaron los canales de Venecia, motivo por el cual bautizaron a la región como Venezuela ("Pequeña Venecia").
- Cabo de la Vela: Límite occidental de este primer recorrido exploratorio.
Este periplo permitió a Juan de la Cosa levantar mapas detallados donde se dibujó por primera vez con precisión el perfil del continente sudamericano. Asimismo, años más tarde, Ojeda sufriría sanciones económicas por haber tocado inadvertidamente territorios de la demarcación portuguesa según el Tratado de Tordesillas durante sus recorridos.
5. La gobernación de Coquibacoa y el asentamiento de Santa Cruz (1501-1504)
Tras el éxito geográfico de su primer viaje, Ojeda firmó nuevas capitulaciones con los Reyes Católicos el 8 de junio de 1501, siendo nombrado Gobernador de Coquibacoa. Para financiar la empresa, se asoció con los comerciantes sevillanos Juan de Vergara y García de Campos, armando una flota de cuatro carabelas.
Zarpando de España en enero de 1502, Ojeda recorrió nuevamente el litoral venezolano tras pasar por la isla Margarita y Curiana. El 3 de mayo de 1502 fundó la colonia de Santa Cruz en la bahía Honda, en la península de la Guajira (actual Colombia). Santa Cruz se convirtió históricamente en el primer poblado español erigido en la Tierra Firme del continente sudamericano.
Sin embargo, la empresa derivó en un rotundo fracaso económico y humano. Las constantes guerras de Ojeda contra los indios, la escasez de bastimentos y los severos problemas personales del conquistador con sus hombres provocaron graves disensiones. En mayo de 1502, sus socios Vergara y Campos lo apresaron y lo trasladaron encadenado a La Española, donde permaneció encarcelado hasta 1504. Aunque logró recuperar la libertad tras apelar ante el obispo Rodríguez de Fonseca, tuvo que pagar una costosa indemnización que lo dejó empobrecido, mientras la colonia de Santa Cruz quedaba abandonada y la gobernación de Coquibacoa era abolida.
6. La capitulación de Nueva Andalucía (1508) y el desastre de Turbaco
Ojeda permaneció cuatro años en La Española sin conseguir nuevos mandos, hasta que en 1508 el rey Fernando el Católico convocó en la Corte una comisión para organizar la colonización formal de la Tierra Firme continental. A la convocatoria acudieron Juan de la Cosa en representación de Ojeda y su rival Diego de Nicuesa. Al contar ambos con notables apoyos en la Corte, la Corona decidió dividir el territorio en dos gobernaciones delimitadas en el golfo de Urabá:
- Veragua: Otorgada a Diego de Nicuesa, abarcando desde el cabo Gracias a Dios (entre Honduras y Nicaragua) hasta el golfo de Urabá.
- Nueva Andalucía: Otorgada a Alonso de Ojeda, extendiéndose desde el golfo de Urabá hasta el cabo de la Vela en la actual Colombia.
Esta capitulación fue firmada formalmente el 6 de junio de 1508.
La Tragedia de Turbaco
En 1509, Ojeda zarpó de Santo Domingo con una expedición de 300 hombres. Al llegar a la bahía de Calamar (actual Cartagena de Indias, Colombia), desembarcó a sus tropas ignorando los prudentes consejos de su cosmógrafo y piloto mayor, Juan de la Cosa, quien le advirtió del peligro que representaban los indios locales por el uso de flechas impregnadas en hierba ponzoñosa.
Ojeda avanzó hasta el poblado interior de Taruaco (o Turbaco), donde los españoles sufrieron un sangriento contraataque. Los indígenas cercaron a la fuerza expedicionaria y masacraron a la mayoría de los soldados mediante enjambres de saetas envenenadas. En este encarnizado combate pereció el propio Juan de la Cosa, quien se sacrificó combatiendo para permitir que Ojeda pudiera romper el cerco y alcanzar la orilla del mar ileso, regresando a las naos.
7. La fundación de San Sebastián de Urabá y la entrada de Francisco Pizarro
Tras reponerse del desastre de Turbaco con el auxilio de la flota de Diego de Nicuesa, Ojeda navegó hacia el suroeste y se adentró en el golfo de Urabá. El 20 de enero de 1510, fundó el fuerte y poblado de San Sebastián de Urabá en la Culata del golfo.
San Sebastián de Urabá enfrentó desde sus primeros días condiciones extremas de supervivencia:
- Ataques ininterrumpidos: Los indígenas comarcanos mantuvieron un cerco constante sobre el recinto usando flechas con hierba ponzoñosa que causaban estragos entre los defensores.
- Hambruna y Enfermedades: Las provisiones se agotaron rápidamente y el auxilio prometido por el bachiller Martín Fernández de Enciso desde Santo Domingo tardaba meses en llegar.
Desesperado tras ocho meses y medio de asedio y habiendo sufrido heridas de flecha, Ojeda decidió embarcarse hacia La Española para buscar refuerzos en persona. Antes de partir, dejó como su teniente al mando de los pocos supervivientes en el fuerte a un joven soldado extremeño: Francisco Pizarro. Ojeda instó a Pizarro a resistir cincuenta días en el enclave; si al cabo de ese tiempo no había devuelto auxilio, los colonos quedaban autorizados a abandonar la posición y retornar a Santo Domingo.
8. Abandono de la empresa, ocaso y muerte en Santo Domingo
El viaje de regreso de Ojeda se convirtió en una nueva odisea llena de infortunios. En uno de los lances de su agitada travesía, Ojeda llegó a verse apresado en un navío con dos pares de grillos, de los cuales logró arrojarse al agua e intentar escapar a nado a la costa.
Ojeda jamás pudo regresar a San Sebastián de Urabá. Cumplidos los cincuenta días de plazo, Francisco Pizarro y sus hombres abandonaron el sitio, siendo interceptados poco después por las naves de socorro del bachiller Fernández de Enciso y Vasco Núñez de Balboa. Balboa sugirió trasladar a los supervivientes al oeste del río Urabá, donde fundaron Santa María la Antigua del Darién en 1510, mientras el fuerte de San Sebastián de Urabá era consumido por las llamas indígenas.
Tras el fracaso rotundo de su expedición a Nueva Andalucía, Ojeda renunció a su cargo de gobernador y no volvió a dirigir ninguna otra empresa conquistadora. Pasó los últimos cinco años de su vida en la ciudad de Santo Domingo, sumido en una profunda tristeza, depresión y pobreza. Finalmente, se retiró al Monasterio de San Francisco, donde falleció en 1515.
Antes de morir, dictó su última voluntad: pidió ser sepultado justo debajo de la puerta mayor del monasterio de San Francisco, para que su tumba fuera pisada por todos los fieles que entraran al templo, como humilde penitencia por los errores y excesos cometidos durante su tormentosa vida. Sus restos permanecieron en dicho emplazamiento hasta 1892, cuando fueron exhumados y trasladados al Panteón Nacional en el antiguo convento de los dominicos. Tras la restauración del monasterio franciscano en 1942, se acordó devolver sus restos al lugar de su sepultura original, aunque su tumba terminó desapareciendo sin dejar rastro en 1963.
Bibliografía Consultada:
- Canales Torres, Carlos. El oro de América. Editorial EDAF, Madrid, 2016.
- Cieza de León, Pedro. Crónica del Perú. 1553.
- Fernández de Oviedo, Gonzalo. Historia general y natural de las Indias. Real Academia de la Historia, Madrid, 1952.
- Herrera, Antonio de. Descripción de las Indias Occidentales. Madrid, 1601.
- Martínez Laínez, Fernando y Canales Torres, Carlos. Banderas Lejanas. Editorial EDAF, Madrid, 2009.
- Rojo Pinilla, Jesús. Los Invencibles de América. Los conquistadores españoles. Editorial Gran Capitán, Madrid, 2016.
- Sallmann, Jean-Michel. Indios y conquistadores españoles en América del Norte. Alianza Editorial, Madrid, 2018.
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