En los anales de la historia militar de España existe un episodio que, a pesar de su magnitud y ambición, parece haber sido deliberadamente ocultado o borrado de los archivos oficiales castellanos. Se trata de la expedición naval y militar de 1274, en la que el rey Alfonso X el Sabio envió una poderosa fuerza de caballería a través del Mediterráneo con un objetivo audaz: la conquista de la ciudad italiana de Milán.
Representación de la temible fuerza de caballería enviada por Alfonso X a través del Mediterráneo en 1274.
Este suceso, representa uno de los misterios más fascinantes de la España medieval y ha tenido que ser reconstruido casi íntegramente a partir de crónicas italianas, dada la ausencia de registros en Castilla.
El sueño imperial
Para comprender este despliegue naval, es necesario remontarse a la ambición central del monarca: su reclamación al trono del Sacro Imperio Romano Germánico. Tras la muerte de los líderes de la casa Staufen, como el joven Conradino ejecutado en Nápoles en 1268, las facciones gibelinas (partidarias del Imperio) en Italia buscaron desesperadamente un líder capaz de frenar el ascenso de Carlos de Anjou, el poderoso rey de Sicilia apoyado por el Papa.
Alfonso X, nieto de Beatriz de Suabia y descendiente de los emperadores alemanes, vio en esta inestabilidad la oportunidad de consolidar su dominio europeo. Lo que comenzó como una reclamación diplomática se transformó en un viaje programado para ser coronado «rey de los romanos» y, finalmente, Emperador de Roma. Sin embargo, el camino hacia la diadema imperial requería primero el control militar de Lombardía, el corazón económico y estratégico del norte de Italia.
Ilustración de Alfonso X el Sabio, monarca que aspiraba a la corona del Sacro Imperio Romano Germánico.
La República de Génova fue clave para proporcionar el apoyo logístico y naval a la Corona de Castilla.
Los «caballeros de la muerte» y la milicia mercenaria
El brazo ejecutor de esta expedición no fue el ejército tradicional de los nobles castellanos, quienes se oponían mayoritariamente a las aventuras imperiales del rey. Alfonso X recurrió a una fuerza mucho más letal y experimentada: una milicia multinacional de mercenarios cristianos liderada por su propio hermano, el infante Federico de Castilla (también conocido como Don Fadrique).
Estos hombres, conocidos como los «Caballeros de la Muerte», eran veteranos de la octava Cruzada en Túnez. Se distinguían por una costumbre aterradora: cubrían a sus caballos con pieles de vaca para amedrentar al enemigo en el campo de batalla. La hipótesis más sólida de los investigadores actuales sugiere que Alfonso X reclutó a los supervivientes de esta milicia tras el Tratado de Túnez de 1270 y los acuarteló secretamente en el puerto de Cartagena.
La Logística: El Puerto de Alicante y la Flota Genovesa
El transporte de una fuerza de caballería pesada (estimada entre 1.000 y 1.100 jinetes) a través del mar era una pesadilla logística para la época. Cada caballo requería un complejo sistema de eslingas para sobrevivir al vaivén del mar y consumir grandes cantidades de agua dulce. Ante la incapacidad de la marina cántabra para tal tarea, Alfonso X forjó una alianza con la República de Génova, cuyos marinos eran los únicos con la experiencia técnica necesaria para trasladar grandes contingentes de animales desde ultramar.
El embarque final se produjo en el puerto de Alicante durante la segunda quincena de octubre de 1274. El propio Rey Sabio supervisó personalmente las maniobras, asegurándose de que su ejército secreto partiera con éxito antes de proseguir su propio viaje hacia Francia para entrevistarse con el Papa.
Despliegue en Lombardía y el final del sueño
La expedición se dividió en dos contingentes. El primero desembarcó en Génova en abril de 1274 y fue desplegado en Asti. El segundo grupo, el más numeroso, llegó el 9 de noviembre de 1274, cambiando el equilibrio de poder en el valle del Po. Bajo el mando mancomunado de Federico de Castilla y el líder gibelino Buoso di Dovara, la caballería española se convirtió en la columna vertebral de la resistencia contra los ejércitos angevinos en ciudades como Pavía y Milán.
A pesar del éxito militar inicial de sus tropas en Italia, el proyecto imperial de Alfonso X colapsó. La negativa del papa Gregorio X a reconocerlo como emperador y la repentina invasión de los benimerines en el sur de España obligaron al monarca a abortar su viaje y regresar apresuradamente a Castilla. La caballería que quedó en Italia siguió combatiendo, pero el silencio documental impuesto en España sepultó este episodio bajo siglos de olvido, dejando solo rastro en las crónicas de aquellas ciudades italianas que una vez temieron el galope de los caballos cubiertos de pieles de la corona de Castilla.
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