miércoles, 19 de octubre de 2011

La miseria del antiamericanismo

Por Jaques Julliard

Me pregunto a qué se debe que desde comienzos de siglo, una vez pasado el glorioso episodio del caso Dreyfuss, los intelectuales franceses hayan optado sistemáticamente por el campo de los enemigos de la libertad.

Con la irrupción del hiperterrorismo, el día 11 de Septiembre, la cuestión se vuelve a plantear de nuevo con toda crudeza. Tal empecinamiento en el error con algunas excepciones exige una explicación. Pero antes, permítanme que me instale un momento en la perplejidad, por miedo a perder de vista demasiado pronto estos comportamientos tan obscenos.

Examinemos el asunto. Tras la tragedia del World Trade Center, no pasan ni tres días sin que resuenen por todas las esquinas del universo una segunda serie de explosiones: las del antiamericanismo intelectual. Algo que, a decir verdad, no me sorprendió. Hace ya tiempo definí el antiamericanismo como el socialismo de los imbéciles. Y no me equivocaba. O mejor dicho, la definición que me parecía demasiado amplia, se había quedado demasiado corta y restrictiva. Le faltaba la gran cantera de la frustración.

Con el hundimiento del marxismo, esta vieja cantinela del antiamericanismo que, durante siglos, había acunado el corazón de los intelectuales, se convirtió en el valor refugio de casi toda la clase ilustrada, el negativo de todas las esperanzas pasadas y ¿quién sabe? el ancla de nuevas ilusiones.

Miseria. Miseria de la causa única. Miseria de los anti. Miseria del ir siempre a la contra por sistema. Cabría pensar que ante la barbarie de la agresión y ante la desgracia americana, se iba a poner en sordina la gran charanga antimodernista. Tanto más que para las personas que se perciben a sí mismas como las hijas de la Ilustración, el fanatismo islámico les proporcionaba una coartada perfecta. ¡Pues no! La reacción que se produjo fue la contraria. La desgracia de los americanos se convirtió en gozo para los polemistas.

Siempre habrá en las orillas del mar saqueadores de náufragos y, en los furgones de cola de los ejércitos, unidades de intendencia transformadas en salteadores de cadáveres.¡Canallas americanos! Si fueron atacados de esa forma es porque sus crímenes son realmente abominables. Allí donde el hombre de la calle se contentaba con bailar sobre las ruinas, los intelectuales, como hombres del saber, introducían una regla de proporcionalidad. Y con su razonamiento refinado aseguraban: «El castigo de los americanos responde exactamente a los crímenes por ellos cometidos. El cataclismo urbano del día 11 en vez de suscitar la piedad de los intelectuales hacia los americanos, suscita su condena».

Se trata de una vieja historia. Tan vieja como el Antiguo Testamento. Cuando Job, el hombre próspero y temeroso de Dios, es injustamente golpeado por el propio Dios, sus amigos, los que le quieren bien, se agolpan a su alrededor, para aliviarle de esta forma: «Amigo Job, tu historia no está nada clara. Sumérgete en ti mismo, hermano mío. Y busca bien. Confiesa la verdad. Y dínosla. Si Dios te castiga tanto es porque has pecado mucho». Con amigos como éstos

¿Creen quizás que estoy exagerando, que estoy ironizando o utilizando una alegoría? Para su verificación personal, les reenvío, de una vez por todas, a las enormes rapsodias publicadas en Le Monde por la famosa novelista india Arundhati Roy [El álgebra de la «justicia infinita», EL MUNDO, 7 de octubre de 2001; La guerra es paz, EL MUNDO, 26 de octubre de 2001;] el ilustre filósofo francés Jean Baudrillard y por John Le Carré, que no necesita presentación. Revisen también el manifiesto firmado por 113 intelectuales franceses de extrema izquierda, entre los que figuraba Pierre Vidal-Naquet. Todos ellos proclamaban al unísono: Norteamérica es omnipotente. Por lo tanto, Norteamérica es culpable y Bin Laden no es más que el látigo de Dios. Esto mismo es, por otra parte, lo que proclama ese gran fantasma, de ojos enfebrecidos y barba blanca, tan mediático con su larga túnica de inocencia.

Todos conceden que un atentado de ese tipo nunca es simpático y que Bin Laden y sus hombres quizás encontrasen cierto placer perverso, exagerado, en el cumplimiento de su misión «sacrificial» (sic). Pero, a fin de cuentas razonaban la política es la forma moderna de la tragedia y la Historia no es un paseo por el campo. Con un gran despliegue semiológico, los intelectuales nos conducían a una interpretación de los signos, de las figuras, de los prodigios y de las catástrofes. Bien pensado, se trata de un extraordinario delirio lógico en medio del cual no hay víctima inocente alguna y en el que toda víctima siempre es «en el fondo» culpable y todo asesino, un justiciero.

Cuando se plantea una relación de identidad entre toda la miseria del mundo y la omnipotencia americana no sólo se está planteando una imbecilidad. El que hace tal cosa se está colocando en una pendiente peligrosa, cuyos antecedentes son el comunismo y el fascismo. Cuando Jean Baudrillard, al que no me resisto a citar, escribe que «es ella (la superpotencia americana) la que fomentó, con su insoportable poder, toda esta violencia extendida por todo el mundo y, por lo tanto, esta imaginación terrorista que (sin saberlo) nos habita a todos», quiere decir en román paladino que los americanos no sólo son responsables del terrorismo que los golpea, sino también de esta connivencia con el terrorismo que anida en todos nosotros.

Tales afirmaciones, una vez desembarazadas de este furor helado que las habita y que se supone que las exonera de su exageración, se muestran procedentes no sólo de la demonización más detestable, sino que tienden también a acreditar una idea indefendible y simplemente falsa: que Norteamérica ejerce su omnipotencia sobre todo el mundo. Cuando la verdad es que la hegemonía estadounidense sobre el mundo de hoy es muy inferior a la de los ingleses del siglo XIX o a la de Roma de comienzos de nuestra era.

Más aun, atribuir a Estados Unidos la responsabilidad de la miseria de Mozambique o de Afganistán procede de una lógica delirante. La persistencia de la miseria se explica por el subdesarrollo, no por la industrialización. A los que ven en la modernización no sé qué tipo de peste bubónica que está arruinando el Tercer Mundo, les aconsejo que mediten el siguiente hecho, que ha pasado un tanto desapercibido. China ha oficializado su adhesión a la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Pero dejemos esto. Todos somos conscientes que cualquier nuevo progreso de los intercambios en el mundo provoca, al mismo tiempo que una serie de consecuencias benéficas, tremendos cambios e injusticias nuevas que ocupan el sitio de las antiguas. Lo que me parece curioso es que algunos sólo vean la solución de este problema en la destrucción de los instrumentos de regulación, cuando lo que haría falta sería reforzar y democratizar dichos instrumentos.

Históricamente, el odio hacia Norteamérica se identifica desde finales del siglo XIX entre los intelectuales con el odio hacia el progreso y, sobre todo, con el odio técnico. Tal es el caso de Renan y, más tarde, el de Georges Duhamel y, con ellos, el de la enorme cohorte de los que, a diferencia de los profetas del progreso y de los ideólogos marxistas pasando por Augusto Comte pero también por Víctor Hugo, ven en el paso del candil a la electricidad el retroceso de las luces.

Y es que, si, como subrayó precisamente François Furet, la República de las Letras es tan espontáneamente aristocrática y tan visceralmente hostil a la burguesía, no es porque ésta sea sinónimo de autocomplacencia, sino porque es portadora de una revolución económica y técnica que condena, creen ellos, su querido humanismo literario. De ahí la tendencia de la inteligentsia francesa a hacer un bloque con la antigua aristocracia dominante, aunque, de cara a la galería, haga como si se alinease con los bárbaros proletarios. Porque un hombre, uno sólo, había conseguido curar provisionalmente a la inteligentsia francesa de su tecnofobia, de su odio al progreso, del que el antiamericanismo no es más que una de sus facetas.Este hombre fue Karl Marx.

¿Cómo? Porque Marx y ésa fue su genialidad vinculó la filosofía del proletariado a la filosofía del progreso. Esposándose con la primera, el intelectual filántropo se encuentra, a pesar de sí mismo, asociado a la segunda y convertido en un intelectual progresista.

La continuación es de todos conocida. Y es triste como las historias de amor. Ha sido necesario ha bastado que se hundiese el marxismo para que el progresismo de los intelectuales se hundiese con él. El efecto modernizador de Marx no sobrevivió a la impostura de sus seguidores. Recuerden a Orgon. Desde que tiene la prueba de que Tartufo a sus ojos, la encarnación del Bien quiere su mujer y su fortuna, renuncia al Bien renunciando a Tartufo. Podía haberse justificado diciendo que Tartufo era un impostor. Pero no lo hizo, porque la identidad Tartufo hombre de Bien es indisociable en su espíritu, que pronuncia esta frase, una de las más cómicas de nuestra literatura: «Está decidido: renuncio a toda la gente de Bien».

Hay mucho de Orgon en los intelectuales progresistas. Basta con que se hunda un muro ante sus ojos para que renuncien a la arquitectura. Alejándose del marxismo, abjuran del progreso y se revuelcan con delicia en los encantos de un pasado del que sólo se habían separado a regañadientes. Esta es la gran tendencia antiprogresista del último cuarto de siglo, el retorno a la postura romántica de antaño. ¡Abajo la técnica! ¡Abajo Mammon! ¡Abajo el progreso! ¡Abajo Norteamérica!

Apenas ha dejado de vender l'Humanité Dimanche en su suburbio, el ex intelectual progresista corre a unirse a Byron sobre las ruinas de Missolonghi. Y todavía hay algo más. Una última cosa que digo a regañadientes, pero que, si no la digo, pecaría de cobardía. Y es que los intelectuales no aman la libertad. O, si la aman, lo hacen con tantos condicionamientos, que la Bella, desanimada, prefiere irse a otra parte. Les ahorraré la lista, interminable, de escritores, artistas y sabios que, durante el siglo maldito que acabamos de abandonar, pactaron con los enemigos de la libertad, con el fascismo, el nazismo, el estalinismo y el maoísmo. No llegaría una página del periódico para enumerarlos.¿Quiénes son los que resistieron a la tentación de un orden nuevo y antidemocrático? Entre los grandes, casi sólo descubro a Aron en la derecha y a Camus en la izquierda.

Por eso, cuando veo que las cosas recomienzan o corren el riesgo de volver a comenzar, me siento presa de un ligero desánimo.Una de las experiencias más melancólicas que tiene el historiador es descubrir que no existen las lecciones de la Historia. O mejor dicho, que sí, que hay lecciones de la Historia, pero que nunca sirven para nada. Dichas lecciones están fuera de uso, porque nosotros somos unos siervos inútiles. Hoy vemos, por ejemplo, que lo que, ayer, fascinaba a los intelectuales en el socialismo autoritario no era, desgraciadamente, el socialismo, sino la autoridad. Mañana, lo que les fascinará del terrorismo anticapitalista no será el anticapitalismo, sino el terror. Una vez más.

Vuelvo a sumirme en una pesadilla, cada vez que veo a los intelectuales prepararse para unirse a las nuevas tiranías, so pretexto los pretextos eternos, de siempre de la lucha contra la plutocracia, contra la Norteamérica aborrecida y su aliado Israel, y so capa de luchar al lado de los miserables del mundo. Y cuando, además, veo a los eternos cobardes enviar polvo blanco a sus vecinos, como bajo la Ocupación enviaban cartas anónimas a la prefectura de policía, me digo que todo vuelve a empezar. Como suele decirse al final del primer acto: ¡Volveremos! .

*Jacques Julliard es director adjunto del semanario Le Nouvel Observateur.

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