domingo, 6 de abril de 2014

Henry Kissinger: el enigma del último visitante de Carrero Blanco

Henry Kissinger, se­cretario de Estado norteamericano con la Administración Nixon, vivió la extraña coincidencia de ser la personalidad extran­jera que se vio por última vez con el presidente Carrero Blanco y la de estar también en Madrid cuando Franco fue hospitalizado por su primera enfermedad.

Kissinger llega a Madrid el 18 de diciembre, justo la fecha prevista por los etarras para hacer saltar por los aires al al­mirante Carrero. El canciller norteamericano se aloja en la Embajada de los Estados Unidos, a escasos metros de la residencia de Carrero, enfren­te de la iglesia de los jesuítas, donde el albacea del franquis­mo oiría su última misa y también a escasos metros de donde los terroristas ultiman los preparativos del magnicidio.

Conocimiento de la CIA del atentado contra Carrero

Los etarras —según su «confesión» en el libro «Ope­ración Ogro»— suspenden la ejecución del magnicidio para este día por el aumento de vi­gilancia en la zona, por estar situada la Embajada de los Es­tados Unidos y alojarse allí tan especial visitante. Pero no cejan en los preparativos. Los rumores posteriores al triple asesinato apuntan al posible conocimiento de la prepara­ción del atentado por parte de la CIA. Pero esto es imposible incluso indagarlo.

Y Kissinger se entrevista con Carrero en la sede de la Presi­dencia del Gobierno, en Cas­tellana, 3, el día 19. Las cua­renta horas de estancia de Kis­singer se concentran, al menos oficialmente, en la aprobación de las líneas generales de la de­claración conjunta hispano-norteamericana que acabaría firmándose meses después.

Entrevista de Carrero Blanco con Kissinger 

El encuentro entre los dos dirigentes tiene lugar en el mismo despacho que viene ocupando desde hace treinta y tres años y al que llega, el pre­sidente, religiosamente, todos los días a las diez de la maña­na para abandonarlo sobre las diez de la noche. Carrero le hace a Kissinger su particular planteamiento de la defensa del mundo occidental.

En un momento de la con­versación —a la que asiste Laureano López Rodó como ministro español de Asuntos Exteriores—, Carrero se le­vanta de su butaca, que está junto al sofá en que permane­ce sentado su interlocutor, y toma un bloc de notas que tiene sobre su mesa de traba­jo. Dibuja un mapa y sobre él explica a Kissinger sus ideas sobre los distintos tipos de guerra que amenazan a Occi­dente, deteniéndose de mane­ra especial en la «guerra sub­versiva», que es como llama el almirante a una mezcolanza de terrorismo y la acción política de los enemigos del régimen franquista.

Según relata López Rodó, Carrero le dice entonces a Kis­singer que la guerra subversi­va es «la más peligrosa y de mayor actualidad. Frente al peligro de guerra nuclear está la superioridad atómica de los Estados Unidos; frente a la guerra convencional, aunque la situación de Occidente es peor, hay, sin embargo, planes defensivos conjuntos. En cambio, no sabemos aunar es­fuerzos frente a la acción sub­versiva, que es la principal arma del comunismo»

El 20 de diciembre, con la salida de Kissinger, la zona del atentado queda policialmente despejada. Las medidas, previas habían sido draconia­nas y habían afectado hasta la sede de la Presidencia del Go­bierno, a donde también habían acudido los poderosos servicios de seguridad norteamericanos.

Un atentado demasiado perfecto

Para la viuda del almi­rante Carrero, Carmen Pichot, el atentado en el que murió su marido fue «dema­siado perfecto». En las prime­ras declaraciones a un perio­dista, siete meses después del asesinato, decía: «Perfecto. Demasiado per­fecto. Todavía hay gente que se pregunta cómo pudieron prepararlo todo tan bien... Creo que los vecinos de Claudio Coello protestaban por los ruidos... y que algu­nas personas se habían extra­ñado de aquellos cables que tendían por la calle...»

Carmen Pichot, en estas declaraciones conseguidas por el periodista Julio Merino para su libro «Los pecados del poder», declaraba también: «Me llamó la atención que no se tomaran medidas en las carreteras, ni en la frontera, ni en los aeropuertos...»

El ministro de la Goberna­ción, encargado de la seguri­dad, era Carlos Arias Navarro, quien días después sería nombrado presidente del Gobierno para sustituir a Carrero. 

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