La expedición de Fernando de Magallanes, que culminó con la primera circunnavegación del globo hace poco más de quinientos años, no fue solo una gesta de navegación, sino también un escenario de intrigas políticas, espionaje y una lucha de poder encarnizada. En el centro de esta tormenta se encontraba un personaje que surgió de la nada para convertirse en la sombra del capitán general: Juan de Cartagena.
El origen de un guardián con instrucciones secretas
Juan de Cartagena aparece en las crónicas como un miembro de la nobleza castellana de madurez relativa, cuya filiación exacta sigue siendo un misterio; algunas fuentes sugieren que era sobrino, amigo íntimo o incluso hijo ilegítimo del influyente obispo Juan Rodríguez de Fonseca, el principal gestor de los asuntos del Nuevo Mundo. Su inclusión en la flota no fue casual. La Corona española, que financiaba tres cuartas partes de la misión, desconfiaba profundamente de Magallanes, un navegante portugués que anteriormente había ofrecido su proyecto a Manuel I de Portugal sin éxito.
Para vigilar a este "aventurero poco fiable", se nombró a Cartagena como "conjunta persona" de Magallanes, un cargo que lo convertía en informante directo del rey Carlos I. Sus instrucciones eran claras: supervisar las acciones del capitán general y estar listo para asumir el mando si este desviaba la empresa o jugaba sucio a favor de Portugal.
Una bicefalia condenada al fracaso
Desde el principio, la estructura de mando fue una fuente de conflicto. Cartagena se incorporó a la flota como veedor general (inspector) y capitán de la nao San Antonio, el buque más grande y lujoso, que servía además como la "despensa" vital del convoy. En la práctica, esto otorgaba al noble español la autoridad última sobre las decisiones comerciales y financieras, supeditando el mando militar de Magallanes a los objetivos mercantiles supervisados por Cartagena.
La tensión era tan evidente que Cartagena percibía el salario más alto de toda la flota, superando incluso al propio Magallanes. Antes de partir de Sanlúcar de Barrameda en 1519, ya se habían producido incidentes por el izado de enseñas, que casi terminan en un duelo de espadas.
Desaires en alta mar y el primer arresto
Una vez en el océano, la relación se deterioró rápidamente. El primer gran choque ocurrió cuando Magallanes ordenó un rumbo más al sur de lo acordado en Sevilla, supuestamente para evitar naves portuguesas frente a África. Cartagena, haciendo valer su cargo de emisario real, le recriminó que no podía alterar la derrota sin consultar a la oficialidad, insinuando una deslealtad a la Corona.
Días después, a la altura de Guinea, Cartagena saludó a Magallanes de una forma que el portugués consideró una falta de respeto pública. El conflicto estalló definitivamente durante una junta de capitanes convocada para juzgar un caso de sodomía a bordo de la Victoria. En medio de una acalorada discusión sobre el rumbo y la autoridad, Magallanes arrestó a Cartagena, agarrándolo por el jubón y exclamando que se considerase su preso. El orgulloso noble acabó aprisionado en el cepo como un delincuente común, siendo luego entregado a la custodia de otros capitanes españoles afines a su causa.
El motín de San Julián: La rebelión final
El antagonismo alcanzó su punto crítico en marzo de 1520, cuando la armada echó el ancla en el puerto de San Julián, en la inhóspita Patagonia argentina, para pasar el invierno. Cartagena, aprovechando el descontento por las penalidades y la falta de noticias sobre el estrecho, lideró un motín en la madrugada del Domingo de Ramos.
Apoyado por otros oficiales españoles como Gaspar de Quesada y Juan Sebastián Elcano, Cartagena logró hacerse con el control de tres de los cinco barcos. Sin embargo, la astucia de Magallanes y la lealtad de sus hombres permitieron recuperar la flota mediante una emboscada sangrienta en la que el tesorero Luis de Mendoza fue apuñalado a muerte.
El misterioso final del "topo" real
Tras sofocar la rebelión, Magallanes castigó severamente a los cabecillas. Gaspar de Quesada fue ejecutado y descuartizado. No obstante, el capitán general no se atrevió a quitarle la vida a Juan de Cartagena, debido a que este había sido nombrado directamente por el Emperador.
Su castigo fue, quizás, más cruel: el 11 de agosto de 1520, Cartagena fue abandonado en las playas desoladas de la Patagonia junto a un sacerdote cómplice, fray Pedro Sánchez de la Reina, provistos únicamente con un poco de galleta y vino. Meses después, cuando la nao San Antonio desertó de la expedición y regresó a España, sus tripulantes intentaron rescatarlo al pasar por San Julián, pero no encontraron rastro de ellos.
Juan de Cartagena desapareció de la historia de la misma forma en que había irrumpido en ella, dejando tras de sí el enigma de un hombre que, enviado para vigilar un imperio, terminó devorado por la soledad de los confines de la tierra.
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