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Apaches, Comanches y españoles: pactos, guerras y el origen de la frontera norte

Mucho antes de que el cine de Hollywood mitificara la "conquista del Oeste", las enseñas hispanas ya ondeaban sobre las praderas, pantanos y bosques de los actuales Estados Unidos, habiendo combatido o pactado con casi todas las legendarias tribus indias como los apaches, comanches, cherokees, navajos y sioux . Durante más de tres siglos (1513-1821), España exploró y defendió un territorio inmenso que se extendía desde el Río Grande hasta las gélidas costas de Alaska, forjando una relación compleja de luces y sombras con los nativos que dista mucho de la narrativa tradicional anglosajona. Representación histórica del primer encuentro entre las expediciones hispanas y las tribus de las Grandes Praderas. 1. Hernando de Soto: los cherokees En mayo de 1539, Hernando de Soto desembarcó en la bahía de Tampa (Espíritu Santo) con una fuerza sin precedentes: 9 navíos, cientos de caballos y una piara de cerdos que serviría como despensa móvil. A diferenc...

Torcuato Fernández-Miranda: el arquitecto olvidado de la Transición


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Torcuato Fernández-Miranda tuvo grandes dificultades económicas tras su retiro de la política. Su amistad con Suárez se había helado nada más salir del palacio de las Cortes. No se le ofreció un puesto oficial digno y su orgu­llo le impedía aceptar cargos. Fue, sin duda, uno de los puntos oscuros de Adolfo Suárez.

El 19 de julio de 1980, por sorpre­sa, muere en Londres Torcuato Fernández-Miranda, un hombre que había sido clave en la transición po­lítica española y que, desde que dimitió como presidente del Consejo del Reino y de las Cortes del gobierno de Suárez, había llevado una vida re­tirada y en no pocos momentos con cier­ta amargura.


Hombre clave de la Transición

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Tras su marcha de la cús­pide del Legislativo, el tiempo que vivió entre nosotros le fue largamente hostil. Tras haber hecho a Adolfo Suárez pre­sidente del Gobierno, tras haber estruc­turado legalmente la reforma política desde el punto de vista jurídico, tras ha­ber sido colmado de honores por el Rey, pasó a una excesiva oscuridad en su vida privada. Su calurosa amistad con el pre­sidente Suárez se habia helado nada más salir del palacio de las Cortes. No se le ofreció un puesto oficial digno para la supervivencia de su economía y su orgu­llo le impedía aceptar cargos que podían comprometer su independencia.


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La propuesta de Fraga

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De la presidencia de las Cortes ocupó escaño de senador por designación real, se instaló en el grupo de UCD, donde tras manifiestas y reiteradas desconside­raciones a su persona, pasó al grupo mix­to, hasta que los senadores reales se ex­tinguieron ante las elecciones de 1979. El olvido de Suárez y el desacuardo con su política le hicieron dudar sobre si presen­tarse a las elecciones. Le visitó Fraga pa­ra ofrecerle el número uno de la lista por Asturias, que significaba un escaño se­guro. Sin embargo, Fernández-Miranda. quizá para declinar el ofrecimiento, pi­dió encabezar la lista por Madrid y exi­gió una dirección colegiada para Alian­za Popular. Ni qué decir tiene que Fraga ni siquiera reflexionó dos segundos so­bre tal posibilidad.


El abandono de Suárez

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Torcuato Fernández-Miranda, por tanto, quedó a la expectativa de trabajo y ocupaba su tiempo en la preparación de los dos tomos de sus memorias. Quedó condenado al ostracismo, tras un pasado tan brillante en los máxi­mos puestos de responsabilidad del Esta­do. El presidente Suárez le había marginado drásticamente desde que dejó la presidencia de las Cortes y no le había ofrecido alguna salida como las que eran usuales en España y otros países para un hombre de su categoría y con los servicios que había prestado. Se me mostró muy desilusionado.


Dificultades económicas

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En cierta ocasión comentó que, a breve plazo, ten­dría preocupaciones económicas y que estaba buscando alguna solución. ¿Lo sabe el Rey? Casi da un brinco en la butaca para contestar: "¡Nunca! El Rey no tiene por qué saber estas cosas, ni por mí ni por nadie." No podía ejercer la docencia como catedrático de Derecho Político, puesto que el ministro de Educación, por razones de seguridad ante el terrorismo, le había rogado que no fuera a la Universidad. Y, por otra parte, no quería vincularse a la gran Ban­ca privada ni a otras instituciones que, decía, podrían coartar su independencia o cambiar su imagen.

Esa defensa de su ser independiente le llevaba a mirar con lupa cualquier ofrecimiento, por ver si podría hipotecarle en el futuro. Sin embargo, Don Torcuato encontró una solución para sus penurias económicas: un estu­dio jurídico con su amigo Rafael Ruiz Gallardón, que le servia para conseguir ingresos y poder llevar una vida simple­mente decorosa.


Torcuato Fernández-Miranda fallece en Londrés

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Poco tiempo estuvo, por desgracia, en esa actividad en la que estaba contento y emprendedor. En julio de 1980 decidió ir a Londres para visitar a su hijo Enri­que, el primogénito, médico que comple­taba su formación. Antes de viajar se hizo una re­visión médica pues debido a un reuma­tismo que adquirió en la guerra tenia in­suficiencia de la válvula aórtica. El che­queo fue satisfactorio y los médicos le di­jeron que podía viajar sin problemas.


La frialdad del presidente de gobierno

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Al poco de llegar a Londres, donde psicológicamente se encontraba ampara­do por su hijo médico, el 12 de julio tu­vo una insuficiencia cardiaca congestiva. De madrugada fue trasladado a Saint Mary Hospital desde el Churchill hotel donde se encontraba. Allí permanecería casi seis días, durante los cuales el Rey llamaba con gran frecuencia para intere­sarse por su salud. Entre otros testimonios especiales, desta­có el del presidente de las Cortes, Landelino Lavilla, quien como amigo y su­cesor no sólo telefoneaba sino que ma­nifestó su deseo de desplazarse para vi­sitar al enfermo. Al parecer, el presidente Suárez con­sideró que era un gesto excesivo y le re­comendó quedarse en Madrid.

A las 13,30 de aquel día 19 de julio murió. Sus restos fueron trasladados a Madrid. El entierro se rea­lizó en la intimidad y Suárez, que no había llamado a Londres para interesarse por el enfermo, envió una corona que la fatalidad hizo que llegara tarde. El fune­ral familiar en Madrid estuvo muy con­currido por políticos y amigos.

El Rey tuvo el detalle de ofrecerle un funeral en el Palacio Real. Estuvieron los Reyes, la familia, una representación del gobierno y estaba in­vitado, naturalmente, el presidente del Gobierno, quien no apareció. Su reclina­torio, que no fue retirado, quedó allí co­mo testimonio mudo y patente de su ausencia.


Comentarios

  1. Lo recuerdo también como un gran profesor, a pesar de que debía explicar lo inexplicable

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