Juan Martínez de Recalde : el mejor marino de España que murió de pena en A Coruña tras el desastre de la Gran Armada
La historia de la Gran Armada de 1588 está repleta de figuras trágicas, pero ninguna encarna tanto el dolor del deber cumplido frente a la incompetencia como la de Juan Martínez de Recalde. Considerado el mejor marino de España tras la muerte de Álvaro de Bazán, Recalde no solo sobrevivió a los cañonazos ingleses y a las pavorosas tormentas de Irlanda, sino que regresó a la Península para dejarse morir, consumido por la melancolía y el desengaño. Su vida es un testimonio de la lucha por la hegemonía europea en el siglo XVI y de la fidelidad inquebrantable a una Corona que, en su hora final, le dejó en la indigencia.
1. Orígenes y Ascenso: El Forjado de un Almirante
Juan Martínez de Recalde nació en una familia de hidalguía orgullosa en Bilbao, Vizcaya. Desde sus inicios, su vida estuvo ligada al mar y a la construcción naval, dedicando cuarenta años de servicio constante a la Corona española. Antes de convertirse en una figura central de la política atlántica de Felipe II, Recalde demostró su valía técnica y administrativa como supervisor de los astilleros de Vizcaya y proveedor real de navíos.
Su transición de la logística al mando militar fue natural. Se consolidó como un marino experimentado en los mares del norte y alcanzó el estatus de héroe en la batalla de las Azores. En aquel conflicto, secundó magistralmente a Álvaro de Bazán en la conquista de la isla Terceira, demostrando una pericia táctica que lo situó como el jefe de la escuadra de Vizcaya y el candidato natural para el mando supremo de la marina española.
2. El Preludio Sangriento: La Expedición al Fuerte del Oro (1579-1580)
Mucho antes del desastre de 1588, el destino de Recalde ya estaba entrelazado con las agrestes costas de Irlanda. En 1579, participó en una misión de carácter religioso y geopolítico promovida por el Papa para apoyar a los rebeldes católicos irlandeses contra la reina Isabel I.
El Desembarco en Smerwick
Recalde estuvo al mando de la logística naval de una escuadra compuesta por 8 naos y 4 pataches que desembarcó a unos 1.500 voluntarios en Smerwick Bay, en la costa de Kerry. Sin embargo, la operación nació bajo el signo del infortunio. Ante la falta de coordinación y la presión de las fuerzas inglesas, Recalde tomó la difícil decisión de reembarcar a 400 soldados para evitar un desastre total, regresando a España mientras un pequeño contingente se fortificaba en lo que llamaron el Fuerte del Oro (Dún an Óir).
La Traición de Walter Raleigh
Los defensores que quedaron atrás resistieron durante casi un año en condiciones extremas, enfrentando el hambre y el clima implacable del Atlántico. El 9 de noviembre de 1580, tras una rendición pactada bajo promesa de respeto a sus vidas, el comandante inglés Walter Raleigh ejecutó una de las mayores traiciones de la época. Raleigh ignoró el código de honor y ordenó la ejecución sumaria de unos 600 prisioneros, incluyendo voluntarios y civiles. Los cuerpos fueron arrojados al mar, tiñendo de rojo las aguas de la bahía, un acto de crueldad ordenado directamente desde Londres. Esta tragedia dejó una marca imborrable en la memoria de Recalde y de la marina española.
3. La Jornada de Inglaterra: El Choque con Medina Sidonia
Tras la muerte del Marqués de Santa Cruz, Recalde era, para muchos en la corte, el sucesor lógico para liderar la invasión de Inglaterra. Sin embargo, Felipe II optó por el Duque de Medina Sidonia, un aristócrata inexperto en asuntos marítimos. Este nombramiento marcó, según las crónicas, el inicio del fin para la empresa.
A lo largo de la campaña de 1588, Recalde, apodado el "zorro de mar", mantuvo constantes enfrentamientos tácticos con el Duque. Mientras Recalde abogaba por tácticas agresivas, como bloquear a la flota inglesa en Plymouth o capturar la isla de Wight para asegurar un puerto seguro, Medina Sidonia se aferraba con timidez a las instrucciones rígidas del Rey. La amargura de Recalde creció al ver cómo el Duque abandonaba a otros capitanes, como Pedro de Valdés, tras colisiones accidentales, lo que hundió la moral de la flota.
4. Heroísmo bajo el Fuego: El "San Juan de Portugal"
A pesar de sus 63 años y de sufrir una aguda ciática, Recalde demostró por qué era considerado el mejor marino de su tiempo. A bordo de su nave capitana, el galeón San Juan de Portugal, asumió la peligrosa tarea de proteger la retaguardia española. Su resistencia fue sobrehumana: en los combates del Canal, su barco recibió entre trescientos y mil cañonazos que destrozaron sus aparejos y rompieron el árbol del trinquete.
Recalde intentó en repetidas ocasiones provocar el abordaje, buscando la lucha cuerpo a cuerpo donde los españoles eran superiores, pero los ingleses rehuían sistemáticamente este enfrentamiento. Incluso tras el ataque de los brulotes en Calais, fue su pericia la que evitó la desarticulación total de la Armada en su huida hacia el mar del Norte.
5. El Calvario de Irlanda y el Trágico Final
El regreso por el Atlántico Norte fue una pesadilla que devolvió a Recalde a los escenarios de su juventud. Conocedor de las traicioneras corrientes de Blasket Sound, logró salvar su nave, pero tuvo que presenciar con horror cómo otros galeones, como el Santa María de la Rosa, se deshacían contra los arrecifes.
Un Regreso marcado por la Muerte
Cuando el San Juan arribó finalmente a La Coruña en octubre de 1588, Recalde era la sombra de un hombre. Afectado por fiebres tercianas y con el alma rota por la pérdida de tantos compañeros, sus palabras al secretario Andrés de Alba fueron una sentencia: «Mañana querría ir a encerrarme en una celda de San Francisco, y si muriere habrá menos trabajo para enterrarme».
El Fin de un Héroe
Recalde cumplió su promesa y se recluyó en el convento de San Francisco. Allí, envuelto en el hábito de la Orden de Santiago, pasó sus últimas horas en soledad, preparándose para el final. El 23 de octubre de 1588, el "Sansón de los mares" falleció, según se decía en la corte, más de pena y aflicción que de enfermedad, al ver la gloria de España hundida.
Felipe II, al conocer su muerte, escribió una frase lacónica en el margen de una carta: «Malo es esto». Recalde murió en la pobreza; la Hacienda real le debía sueldos desde hacía once años. Su viuda, Isabel de Idiáquez, tuvo que pedir ayuda para trasladar sus restos a su Bilbao natal. Antes de morir, Recalde dejó un diario y un memorial para que la posteridad conociera la verdad de lo ocurrido, protegiendo su reputación del olvido y de las mentiras de sus detractores.
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