Hernando de Soto: El Conquistador del Misisipi
Hernando de Soto representa el arquetipo del conquistador hidalgo, duro e implacable que forjó su propio destino a base de espada y ambición. Desde las selvas de Centroamérica hasta el descubrimiento del río más grande de Norteamérica, su vida fue una búsqueda incesante de gloria y riquezas que terminó de forma legendaria en las aguas del Misisipi.
Nacido entre 1496 y 1500, posiblemente en Jerez de los Caballeros o Barcarrota (Badajoz), De Soto provenía de una familia de hidalgos de origen burgalés pero con recursos escasos tras la temprana muerte de su padre. Se cuenta que su único equipaje al llegar a América fue su espada, habiendo tenido que pedir prestado el dinero para el pasaje.
A los 14 años llegó al Darién (en la frontera entre Colombia y Panamá) bajo la protección de Pedrarias Dávila, un gobernador conocido por su crueldad, de quien aprendió tácticas militares despiadadas, incluyendo el uso de perros de guerra para la caza de indígenas. En Nicaragua y Honduras, De Soto se destacó rápidamente como capitán de caballería, amasando una pequeña fortuna mediante el comercio de esclavos y participando en la fundación de ciudades como Granada y León..
El Salto a la Fama: El Oro de los Incas
El punto de inflexión en su vida ocurrió en 1531, cuando se unió a la expedición de Francisco Pizarro hacia el Perú. De Soto fue el primer español en entrevistarse con el inca Atahualpa en Cajamarca. Se cuenta que, para impresionar al monarca, restregó el morro de su caballo contra la cara del Inca, quien permaneció impávido.
De Soto tuvo un papel crucial en la captura de Atahualpa y en la liberación del Cuzco. Del rescate del Inca, le correspondió una parte fabulosa: se estima que regresó a España con más de 100,000 pesos de oro (unos 13 millones de euros actuales), lo que lo convirtió en un potentado capaz de codearse con la alta nobleza.
El Sueño de Florida: Una empresa de todo o nada
A pesar de su inmensa riqueza y de casarse con Isabel de Bobadilla (hija de Pedrarias), De Soto no se conformó. Obsesionado con encontrar un "segundo Perú" en el norte, consiguió de Carlos V la capitulación para conquistar la Florida a su propia costa.
Invirtió casi toda su fortuna en armar una expedición sin precedentes: nueve naves y unos 600 a 950 hombres salieron de Sanlúcar de Barrameda en 1538. La flota no solo llevaba soldados; incluía artesanos, agricultores, sacerdotes e incluso una piara de cerdos que serviría de reserva alimenticia estratégica.
La travesía infernal: Tampa y el hallazgo de Juan Ortiz
El 25 de mayo de 1539, la expedición desembarcó en la bahía de Tampa (Espíritu Santo). Al poco tiempo, vivieron uno de los sucesos más curiosos de la conquista: el rescate de Juan Ortiz.
Ortiz era un superviviente de la fallida expedición de Pánfilo de Narváez (1528) que había vivido cautivo entre los indios durante once años. Al ser encontrado por los hombres de De Soto, Ortiz gritó en castellano: "¡Soy cristiano, no me matéis!". Su presencia fue vital, ya que sirvió como intérprete y guía a través de un territorio hostil y pantanoso que los españoles desconocían por completo.
La relación con los indígenas fue violenta desde el inicio. Los nativos de Florida aún recordaban las brutalidades de expediciones anteriores y practicaron una eficaz guerra de guerrillas. De Soto, por su parte, utilizaba tácticas de terror como el "aperreamiento" (lanzar perros de presa contra los indios) y la captura de caciques como rehenes para asegurar el paso de sus tropas.
Uno de los momentos más dramáticos fue el encuentro con el cacique Tascaluza en Alabama. Tascaluza, descrito como un gigante, tendió una trampa a los españoles en el poblado de Mavila (o Mauvila). La batalla resultó en una carnicería: miles de indígenas murieron y los españoles perdieron sus suministros médicos, ropa y el botín de perlas recolectado hasta entonces.
El Descubrimiento del "Río Grande" (Misisipi)
Tras el desastre de Mavila, De Soto se negó a regresar a la costa para no admitir su fracaso ante la flota que lo esperaba. Empujó a sus hombres hacia el interior y, el 8 de mayo de 1541, alcanzó las orillas del imponente río Misisipi, que bautizaron como Río Grande.
Aunque fue el primer europeo en ver el caudaloso río, para De Soto fue un obstáculo logístico que tardaron 20 días en cruzar construyendo piraguas bajo el acoso constante de las flechas indígenas.
Muerte y Sepelio secreto
La expedición continuó hacia Arkansas, sufriendo inviernos gélidos sin ropa adecuada. En mayo de 1542, agotado y enfermo de fiebres (posiblemente malaria), De Soto murió en Guachoya.
Para mantener la creencia indígena de que De Soto era un dios inmortal, sus hombres decidieron ocultar su muerte. Primero lo enterraron de noche, pero temiendo que los indios descubrieran la tumba, exhumaron el cuerpo, lo colocaron en un tronco hueco de encina y lo sumergieron en medio del río Misisipi.
El Destino de los Supervivientes
Bajo el mando de Luis de Moscoso, los 300 supervivientes restantes lograron construir barcazas y descender el Misisipi hasta el Golfo de México, alcanzando finalmente Nueva España en 1543.
Hernando de Soto murió arruinado, habiendo gastado su inmensa fortuna en una quimera. Sin embargo, su épica travesía de más de 6,000 kilómetros por diez estados actuales de los EE.UU. abrió un continente entero a la exploración europea, dejando tras de sí un legado de luces y sombras que aún hoy fascina a los historiadores.
Bibliografía
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