Los perros en la Conquista de America

Los perros de guerra fueron, sin duda, uno de los factores más determinantes y aterradores de la conquista de América. Mucho más que simples mascotas, estos animales eran considerados unidades de combate de élite, valoradas en ocasiones tanto como un caballero armado. A continuación, exploraremos a fondo su papel, las razas que cruzaron el océano y las asombrosas historias que los cronistas dejaron para la posteridad.


Las Razas de Guerra: Fieras de Combate

Los españoles no llevaron perros falderos al Nuevo Mundo; llevaron verdaderas fieras entrenadas para la caza de hombres. Las razas principales eran el alano, el lebrel y el mastín, animales robustos y veloces que ya habían probado su eficacia en las guerras de la Reconquista contra los árabes y en la sumisión de las Islas Canarias.

- Alanos y Mastines: Eran perros de presa, de gran tamaño y mandíbulas poderosas, capaces de derribar a un guerrero y sujetarlo o destrozarlo en segundos.

- Lebreles: Eran apreciados por su velocidad extrema, ideales para perseguir a los indígenas que intentaban escapar por terrenos abiertos o selvas poco densas.

- Cruces de lobo: Las crónicas menciona que muchos de estos perros estaban cruzados con lobos para aumentar su ferocidad y resistencia.

Estos perros eran tan efectivos que los indígenas aprendieron pronto a temerles más que a los propios hombres o a los arcabuces. En las emboscadas, los nativos priorizaban sus flechas contra los caballos y los perros antes que contra los soldados.

La Montería de Indios: Tácticas de Terror


El uso militar de los canes dio lugar a términos escalofriantes en las crónicas, como la montería de indios. Esta técnica consistía en el uso sistemático de los perros para rastrear, capturar y, en muchos casos, ejecutar a los nativos.

- Aperreamiento: Era la táctica de castigo más brutal. Consistía en lanzar a los perros contra un prisionero para que lo despedazaran vivo. Se utilizaba frecuentemente contra guías que mentían o caciques rebeldes como medida de castigo y escarmiento psicológico.

- Rastreo nocturno: Los perros tenían la capacidad de encontrar a fugitivos a leguas de distancia, incluso en la oscuridad de la noche, simplemente siguiendo el rastro.

- Intimidación: En expediciones como la de Hernando de Soto, se utilizaba el miedo a los perros para obligar a los cautivos a dar información. Si se negaban, el destino final solía ser el aperreamiento.

Becerrillo: El Perro con Sueldo de Soldado

De entre todos los perros de la conquista, ninguno alcanzó la fama de Becerrillo. Este ejemplar, de color bermejo y bozo negro, actuó principalmente en la isla de San Juan (Puerto Rico). Su inteligencia era tan asombrosa que los españoles creían que Dios lo había enviado como socorro.

Becerrillo era un soldado oficial: ganaba un sueldo de parte y media, el equivalente a lo que cobraba un ballestero o un soldado de élite. Su amo cobraba esta parte del botín, que incluía oro y esclavos, debido al desempeño del animal en las entradas o batallas.

La asombrosa inteligencia de Becerrillo

Lo que diferenciaba a Becerrillo era su discernimiento. Se decía que podía distinguir perfectamente entre indígenas mansos (aliados o sometidos) y bravos (enemigos). Si un prisionero escapaba, Becerrillo lo rastreaba y, al alcanzarlo, lo sujetaba suavemente por el brazo para traerlo de vuelta; solo si el hombre se resistía, el perro lo hacía pedazos.

La anécdota de la vieja india

Una de las historias más curiosas ocurrió cuando el capitán Diego de Salazar quiso probar a Becerrillo. Entregaron una carta a una anciana indígena y le ordenaron llevarla al gobernador, soltando al perro tras ella para que la matara. Al ver que la fiera se abalanzaba, la mujer se sentó en el suelo y le rogó en su lengua: Perro, señor perro, yo voy a llevar esta carta al señor gobernador... No me hagas mal, perro señor.

Ante el asombro de los presentes, Becerrillo se detuvo, la olió, alzó la pierna y orinó sobre ella, dejándola ilesa. Los españoles, interpretando esto como un milagro o una muestra de clemencia superior a la suya, dejaron libre a la mujer.

Leoncico: El Compañero de Balboa

Hijo de Becerrillo, Leoncico heredó la ferocidad y el instinto de su padre. Acompañó a Vasco Núñez de Balboa en sus expediciones por el istmo de Panamá y el descubrimiento del Mar del Sur (Océano Pacífico).

Al igual que su progenitor, Leoncico ganaba partes de los botines de guerra. Se estima que, a lo largo de su vida, ganó para su dueño más de quinientos castellanos de oro y numerosos esclavos. Los indígenas le temían tanto que Balboa lo utilizaba como su principal arma de disuasión.

Los Perros Mudos de América


Es un contraste fascinante que, mientras los españoles llevaban estas máquinas de guerra, en América ya existían perros autóctonos, pero eran radicalmente distintos. Los cronistas los llamaban gozques y notaron con asombro que eran mudos: no sabían ladrar.

Estos perros nativos, conocidos como xulos en algunas regiones, eran criados por los indígenas no para la guerra, sino para el consumo humano. Eran considerados un manjar exquisito, reservado a menudo para los caciques y señores en grandes festines. Se servían guisados, y se aprovechaba incluso la cabeza, que se preparaba de forma similar a una mazamorra.

Curiosamente, durante los periodos de hambre extrema que sufrieron los primeros colonos en La Española, los españoles llegaron a comerse a todos estos perros nativos e incluso a los valiosos perros de guerra que habían traído de Castilla para no morir de inanición.

Curiosidades y Hechos Insólitos

- Pérdida trágica: El perro favorito de Hernando de Soto se llamaba Bruto. Murió en Florida atravesado por flechas indígenas, dejando a su amo inconsolable, pues era su arma más apreciada contra los arqueros enemigos.

- Perros vs. Caimanes: En las zonas fluviales de Tierra Firme, los perros sufrían ataques de caimanes (lagartos gigantes). Los cronistas notaron que los caimanes tenían una predilección especial por el olor de los perros, a quienes cazaban con facilidad en las orillas.

- El remedio de las orejas: En las islas, los españoles descubrieron que si cortaban las orejas a los perros y gatos desde pequeños, estos no se escapaban al monte para hacerse salvajes (cimarrones). Esto se debía a que, al no tener orejas, les entraba el rocío y el agua de lluvia, causándoles molestias que los obligaban a refugiarse en las casas.

- La Zorrilla Hidionda: En Tierra Firme existía un animal pequeño (zorrillo) cuyo hedor era tan insoportable que podía penetrar hasta las entrañas de un hombre. Si un perro intentaba cazarlo, el animal lanzaba su olor, dejando al perro aturdido, revolcándose en la tierra y buscando agua desesperadamente para quitarse la pestilencia.

El perro como arma psicológica

El papel de los perros de guerra en la conquista de América trasciende la mera anécdota militar para convertirse en un capítulo fundamental, aunque oscuro, de la historia colonial. Estos animales no solo fueron herramientas de combate, sino armas psicológicas devastadoras que alteraron el curso de las batallas y la percepción de los indígenas sobre los invasores.

Hoy, la historia de estos perros nos obliga a reflexionar sobre la dualidad de su presencia: por un lado, su asombrosa fidelidad y destreza; por otro, su uso en una "montería de indios" que dejó una huella de terror en la memoria del continente. Su legado es un recordatorio de cómo la naturaleza misma fue movilizada en los esfuerzos de expansión del Imperio español, convirtiendo a los mejores amigos del hombre en los enemigos más temidos de un mundo desconocido.


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