Catalina de Erauso: una monja soldado en el nuevo mundo

La historia de la humanidad está repleta de personajes que parecen haber sido extraídos de la ficción más audaz, pero pocos alcanzan el nivel de asombro que genera Catalina de Erauso, conocida mundialmente como la Monja Alférez. 

Su vida no fue solo una serie de aventuras por el Nuevo Mundo; fue un acto de rebelión sistemático contra las convenciones sociales, religiosas y de género del siglo XVII español. Nacida en la nobleza vasca y destinada al claustro, Catalina decidió que su destino no estaba entre muros de piedra y oraciones, sino en el acero de la espada y los horizontes de las Indias.

De la celda a la libertad

Catalina de Erauso nació en la villa de San Sebastián, Guipúzcoa. Aunque ella misma afirma en su autobiografía haber nacido en 1585, su partida de bautismo, hallada en la parroquia de San Vicente Mártir, indica que fue bautizada el 10 de febrero de 1592. Hija del capitán Miguel de Erauso y de María Pérez de Galarraga, fue ingresada a los cuatro años en el convento de dominicas de San Sebastián el Antiguo.


Su educación en el convento fue rigurosa, pero a los quince años, un altercado con una monja profesa llamada Catalina de Aliri cambió el curso de su historia. Tras recibir malos tratos físicos por parte de Aliri, Catalina aprovechó la víspera de San José de 1600 (o 1603, según el cómputo de años) para hurtar las llaves del convento, tijeras, hilo y unos reales de a ocho. Se escondió en un castañar cercano y, en un acto simbólico de transformación, utilizó su propia basquiña de paño azul y su faldellín de perpetuán verde para confeccionarse unos calzones y ropa de hombre. Se cortó el cabello y abandonó su hábito, convirtiéndose para siempre en un varón a los ojos del mundo.

Los Primeros Oficios 

Bajo diversas identidades masculinas, como Francisco de Loyola o Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, Catalina comenzó a deambular por España. Trabajó como paje para personajes ilustres como don Juan de Idiáquez, secretario del Rey, e incluso llegó a cruzarse con su propio padre en Valladolid sin ser reconocida. Su habilidad para leer latín le valió el favor de varios protectores, pero su espíritu inquieto y algunas "bellaquerías" de juventud —incluyendo el hurto de doblones a sus amos— la empujaron finalmente hacia el mar.

En 1603, se embarcó en Sanlúcar como grumete en el galeón de su tío, el capitán Esteban Eguiño, quien tampoco sospechó que aquel muchacho era su sobrina. Su destino eran las ricas y peligrosas tierras de las Indias.

La Amazonía del siglo de oro: gestas en las Indias

Al llegar a América, las andanzas de Catalina se volvieron verdaderamente novelescas. Tras pasar por Punta de Araya, Cartagena y Panamá, se trasladó al Perú y finalmente a Chile, donde se alistó como soldado para combatir en la feroz Guerra de Arauco.

El heroísmo en la Batalla de Valdivia

Uno de los momentos más memorables de su carrera militar ocurrió en la batalla de Valdivia contra los indios araucanos. En medio de un feroz ataque donde los españoles perdieron a su alférez y su bandera insignia, Catalina, junto a otros dos soldados, se lanzó en una carga temeraria para recuperar el estandarte. A pesar de ser herida por tres flechas y una lanzada en el hombro, mató al cacique que portaba la bandera y la rescató. Por esta heróica acción, el gobernador Alonso de Ribera le concedió el grado de alférez, cargo que ostentaría con orgullo durante cinco años.

El duelo trágico: La muerte de su hermano

La vida de Catalina estuvo marcada por la violencia constante. En la ciudad de Concepción, se vio envuelta en un duelo nocturno en el que, debido a la oscuridad total, no pudo reconocer a sus oponentes. Tras herir mortalmente a uno de ellos, escuchó su voz pidiendo confesión y reconoció con horror que era su propio hermano, el capitán Miguel de Erauso. Este suceso, uno de los más trágicos de su historia, la obligó a refugiarse en sagrado durante meses.

Catalina de Erauso era una figura habitual en los garitos de juego, donde su carácter irascible solía terminar en enfrentamientos a espada. Se le describe como una mujer de "mucho corazón y dureza", de gran estatura y apariencia masculina, que siempre portaba espada y daga con guarniciones de plata. En La Paz: Tras matar a un criado del corregidor que la había insultado, fue condenada a la horca. Logró salvar la vida mediante un acto sacrílego pero astuto: en el momento de comulgar antes de la ejecución, se quitó la hostia de la boca y la sostuvo en su mano alzada gritando "¡Iglesia me llamo!", forzando a la justicia a devolverla al asilo eclesiástico.

En Cuzco se enfrentó al temido "Cid", un matón profesional, a quien atravesó con su espada tras ser provocada en una mesa de juego. A pesar de ser herida gravemente en la espalda, sobrevivió gracias a los cuidados de los frailes franciscanos.




La Revelación ante el Obispo de Guamanga

El final de su periplo como varón incógnito llegó en la ciudad de Huamanga (Guamanga) hacia 1620. Tras una nueva serie de pendencias y persecuciones, Catalina se vio obligada a entregarse al obispo fray Agustín de Carvajal. En un momento de vulnerabilidad, confesó su verdadera identidad: "Señor, todo esto que he referido... no es así. La verdad es ésta: que soy mujer".

El obispo, asombrado por el relato de sus hazañas y servicios a la corona, ordenó un examen físico. Dos matronas certificaron no solo que era mujer, sino que se mantenía como "virgen intacta". Este hecho fue fundamental para su legitimación, pues su castidad fue vista como un milagro que compensaba sus pecados de sangre. Permaneció un tiempo en el convento de Santa Clara de Guamanga y luego en el de la Santísima Trinidad en Lima, bajo el amparo de la Iglesia.

Regreso a España y audiencia con el Papa

En 1624, Catalina regresó a España, donde su fama la precedía. Desembarcó en Cádiz y fue recibida con curiosidad masiva. Presentó ante el rey Felipe IV una "Relación de Méritos y Servicios", solicitando una pensión por sus quince años de lucha en las Indias. El monarca, reconociendo su valor, le otorgó una pensión de 800 escudos (o 500 pesos según otros documentos).

Sin embargo, su mayor triunfo fue en Roma en 1626. El Papa Urbano VIII la recibió en audiencia y, tras escuchar sus increíbles aventuras, le concedió una dispensa especial: licencia para "andar en hábito de hombre" por el resto de su vida. El Pontífice, con humor, llegó a declarar: "Dadme otra monja alférez y le concederé lo mismo". En Roma, fue agasajada por cardenales y el Senado romano la nombró ciudadana romana.

Los últimos Años en México: Antonio de Erauso

Tras su éxito en Europa, Catalina regresó al Nuevo Mundo en 1630, esta vez a la Nueva España (México). Se estableció en Veracruz como arriera, manejando una recua de mulas y transportando ropa y mercancías. Bajo el nombre de Antonio de Erauso, vivió sus últimos años de forma más oscura pero libre. Falleció en 1650 en Cuitlaxtla, dejando tras de sí una leyenda que ha desafiado el tiempo y los prejuicios.

La figura de Catalina de Erauso sigue siendo objeto de estudio y debate. Algunos la ven como una precursora de la diversidad de género, mientras que otros, como Silvia Tieffemberg, argumentan que sus actos y palabras no escondían a una mujer, sino que revelaban a un auténtico "hombre de acción" que construyó su identidad a través del valor militar y el código de honor de su época.

Su autobiografía, aunque salpicada de inconsistencias cronológicas —como la diferencia de siete años entre su relato y los registros de bautismo—, es un documento vívido de una sociedad que, aunque rígida, permitía excepciones asombrosas ante el valor extraordinario.



Bibliografía 

BERRUEZO, José. Historia de la Monja Alférez Doña Catalina de Erauso escrita por ella misma. Prólogo, Pamplona, 1959.
ERAUSO, Catalina de. Historia de la Monja Alférez escrita por ella misma. Edición de Joaquín María de Ferrer, París, 1829.
FERRÚS ANTÓN, Beatriz. "Los pretextos del paratexto: Historia de la Monja Alférez escrita por ella misma y la edición de Joaquín María Ferrer", Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, 2002.
RUBIO MERINO, Pedro. "Dos manuscritos inéditos de la autobiografía de Dª Catalina de Erauso, la Monja Alférez", Archivo de la Catedral de Sevilla.
TIEFFEMBERG, Silvia. "Catalina de Erauso, un hombre de acción", Letras, 2021.
ARCHIVO GENERAL DE INDIAS. Relación de Méritos y Servicios de Catalina de Erauso, 1626.

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