Mucho antes de que el cine de Hollywood mitificara la "conquista del Oeste", las enseñas hispanas ya ondeaban sobre las praderas, pantanos y bosques de los actuales Estados Unidos, habiendo combatido o pactado con casi todas las legendarias tribus indias como los apaches, comanches, cherokees, navajos y sioux . Durante más de tres siglos (1513-1821), España exploró y defendió un territorio inmenso que se extendía desde el Río Grande hasta las gélidas costas de Alaska, forjando una relación compleja de luces y sombras con los nativos que dista mucho de la narrativa tradicional anglosajona. Representación histórica del primer encuentro entre las expediciones hispanas y las tribus de las Grandes Praderas. 1. Hernando de Soto: los cherokees En mayo de 1539, Hernando de Soto desembarcó en la bahía de Tampa (Espíritu Santo) con una fuerza sin precedentes: 9 navíos, cientos de caballos y una piara de cerdos que serviría como despensa móvil. A diferenc...
Entre 1932 y 1945, las fuerzas armadas japonesas atacaron once ciudades chinas con agentes tan mortíferos como la toxina botulimica y el ántrax.
También utilizaron gérmenes del cólera y la fiebre tifoidea en varias provincias del este y centro de China. Se calcula que más de 200.000 chinos murieron de peste bubónica, cólera, ántrax y otras enfermedades.
La guerra biológica
Desde 1938, un ambicioso programa de guerra biológica, a cuya cabeza estuvo el Teniente general Shiro Ishii, realizó experimentos con prisioneros de guerra, entre ellos soldados británicos y estadounidenses, en el Campo de Mukden, en el noreste de China, inicialmente, Ishii mandó una reducida unidad secreta, la Tógo, de unos 300 bombres, que, rápidamente, aumentó sus efectivos.
Centros de experimentación con prisioneros
En Beiyine, a unos 70 km de distancia de Harbin, se instaló el primero de los campos experimentales de guerra biológica pero luego les seguirían otras instalaciones, como la de la famosa Unidad 731 de Pingfan, una zona desolada de Manchuria donde se levantaron laboratorios, zonas administrativas, dormitorios para trabajadores y barracones de prisioneros que ocuparon una extensión superior a seis kilómetros cuadrados.
Una historia oculta
Concluida la guerra, el programa había producido y almacenado media tonelada de ántrax y diseñado bombas especiales para diseminarlo. La Unidad 731 realizó, además, un millar de autopsias de personas, incluyendo mujeres y niños que, previamente, habían sido expuestos a aerosoles diseminadores de ántrax.
Así, se calcula que al menos 3.000 prisioneros chinos murieron a causa de estas pruebas. En 1945, el campo fue destruido, eliminando de esta forma todo vestigio de lo allí ocurrido.
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