La historia de la exploración del continente americano está plagada de hazañas inconcebibles, pero pocas igualan la odisea de un puñado de hombres que, perdidos en la inmensidad del infierno verde, decidieron desafiar al destino construyendo barcos en mitad de la nada. El descenso de Francisco de Orellana por el río Amazonas no fue solo un viaje geográfico de proporciones colosales; fue un hito de la supervivencia y la ingeniería naval improvisada. Sin astilleros, sin herramientas adecuadas y acosados por el hambre y las tribus locales, estos exploradores forjaron de las cenizas las naves que los llevarían a descubrir el río más largo del mundo.
El origen de la tragedia: La división en el río Coca
Para comprender la magnitud de la hazaña, debemos remontarnos a finales del año 1541. Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador del Perú, había partido desde Quito al frente de una lujosa y costosa expedición destinada a registrar el mítico Valle de la Canela. Sin embargo, la selva tropical pronto cobró su tributo. Tras meses de marchas penosas por terrenos impracticable y con los recursos prácticamente agotados, la hueste se topó con un río caudaloso y violento: el Coca.
La necesidad de un flotador para el equipaje
Ante la imposibilidad de avanzar a pie por ciénagas y esteros peligrosos, Pizarro tomó la determinación de detenerse durante unos días para construir una barca o bergantín rústico. El propósito de este primer navío no era la exploración a gran escala, sino servir de apoyo para aliviar el peso de la expedición, transportando los bagajes y a los enfermos río abajo.
La expedición continuó navegando y marchando por la orilla durante cuarenta y tres jornadas extenuantes. Sin embargo, la comida comenzó a escasear de manera alarmante y la tierra que se abría ante ellos se presentaba completamente despoblada. Al recibir informes de que más abajo, en la confluencia con un río mayor (el Napo), existían poblaciones indígenas provistas de yuca y maíz, Gonzalo Pizarro tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia.
La polémica misión de Francisco de Orellana
Pizarro decidió enviar por delante la embarcación recién construida. El objetivo era que descendiera rápidamente hasta encontrar alimentos, para luego esperar a la compañía o regresar río arriba con los víveres. Al mando de esta arriesgada misión se colocó a uno de sus capitanes más capaces y leales: Francisco de Orellana.
Acompañado por 54 soldados y dos frailes a bordo de la barca y tres canoas arrebatadas a los naturales, Orellana se adentró en la corriente. El viaje fue veloz; impulsados por la fuerza del agua, alcanzaron el río Napo en apenas nueve días. Allí consiguieron efectivamente comida y provisiones. Sin embargo, la velocidad del río y la debilidad extrema de los hombres hicieron que Orellana y sus compañeros consideraran imposible remontar la corriente para reunirse con Pizarro.
Fue en este punto donde nació la controversia histórica. En lugar de regresar o esperar en condiciones imposibles, Orellana y su grupo decidieron continuar río abajo, convencidos de que la corriente los conduciría eventualmente al mar del Norte (el océano Atlántico). Aunque esta acción fue calificada duramente como una deslealtad inaceptable por Gonzalo Pizarro y ciertos cronistas de la época, lo cierto es que dio inicio a una de las navegaciones más asombrosas jamás registradas.
Aparia: El astillero improvisado en mitad de la jungla
Comenzaba el año de 1542 cuando Orellana y sus hombres tomaron la firme decisión de emprender el descenso fluvial definitivo hacia el océano. Eran conscientes de que la distancia que los separaba de aguas saladas era inmensa y completamente desconocida. Para afrontar semejante reto con un mínimo de garantías, necesitaban barcos más sólidos y de mayor calado que las canoas y la barca original de Pizarro.
La suerte les sonrió temporalmente al llegar a un pueblo indígena llamado Aparia. Los habitantes locales los recibieron de forma liberal y pacífica, lo que permitió a los maltrechos soldados reponerse del hambre extrema que ya había disminuido en siete el número de la agrupación.
El nacimiento de una idea descabellada
Fue en las playas fluviales de Aparia donde Orellana propuso un plan que parecía una auténtica locura: construir un nuevo bergantín desde los cimientos.
En las expediciones indianas de la época, era sorprendente la facilidad con la que los soldados y marineros españoles, acosados por la necesidad, construían embarcaciones de vela y remo a las que denominaban bergantines. Estas barcas eran lo suficientemente grandes para soportar travesías increíbles y lo bastante ligeras para ser maniobradas en ríos de corrientes caprichosas. Pero Aparia no era un astillero real; no había ingenieros navales, ni herramientas de hierro, ni clavos, ni brea, ni lonas. Todo tuvo que inventarse desde cero.
Forjar clavos de la nada: El milagro técnico de Diego Mejía
La construcción del nuevo navío requería dirección técnica. Esa inmensa responsabilidad recayó sobre un entallador sevillano que se encontraba entre las filas de la expedición: Diego Mejía. Bajo su mando directo, soldados y aventureros se transformaron de la noche a la mañana en carpinteros de ribera, hacheros y herreros.
Las dimensiones del barco de la selva
Diego Mejía diseñó una embarcación de unos catorce metros de eslora (cincuenta pies). Se optó por una estructura de fondos planeados y una roda (la pieza frontal de la proa) extremadamente sólida, pensada específicamente para resistir los constantes e inevitables choques contra los árboles y detritos flotantes que arrastraba la corriente del río.
La herrería de la supervivencia: El sacrificio de los caballos
El mayor obstáculo técnico era la falta absoluta de clavos y piezas de unión metálicas. Sin metal, la madera verde no tardaría en separarse ante la fuerza de las olas. La solución adoptada fue tan drástica como genial: sacrificar los pertrechos de los caballos.
Utilizando las herraduras, los frenos de hierro y las cadenas de los caballos de la expedición, los hombres de Orellana lograron una hazaña metalúrgica sin precedentes en la selva americana:
- Forjado de clavos: Lograron fabricar de manera artesanal más de dos mil clavos de hierro.
- Improvisación de la fragua: Construyeron un horno de fundición improvisado en la arena.
- Fuelles de cuero: Para avivar el fuego de la fragua, elaboraron fuelles utilizando el cuero de sus propias botas de montar.
- Obtención de carbón: Aprendieron a carbonear maderas locales para alcanzar las altísimas temperaturas requeridas para ablandar el hierro.
Calafatear con los recursos del entorno
Una vez ensambladas las cuadernas y las tablas, el barco debía ser calafateado para evitar vías de agua. Ante la ausencia de brea y estopa tradicional, el ingenio de Diego Mejía y los expedicionarios volvió a brillar:
- Recogieron resinas naturales de los árboles de la selva para usarlas como impermeabilizante.
- Fundieron la grasa de los animales que cazaban para mezclarla con las resinas.
- Ingeniaron sistemas para procesar y preparar fibras de algodón silvestre obtenido de los naturales para que sirviera como material de calafate.
El bautizo de la "Victoria" y la partida de Aparia
Tras treinta y cinco días de trabajo extenuante y febril bajo el sol tropical y las lluvias monzónicas, el milagro se consumó. El nuevo bergantín fue deslizado sobre la arena y botado a las aguas del río, siendo pompósamente bautizado con el nombre de "Victoria".
Paralelamente, los hombres habían carenado y reinforced la barca original traída desde el Coca, a la que llamaron "San Pedro". El reparto de la tripulación quedó configurado de la siguiente manera:
- El bergantín "San Pedro": Albergó a 20 hombres.
- El bergantín "Victoria": Albergó a 30 hombres.
En total, una flotilla improvisada de 50 hombres se dispuso a abandonar el puerto hospitalario de Aparia para adentrarse en lo más profundo de las cuencas inexploradas del Amazonas.
Combates y naufragios en el río Marañón
El descenso por el río Amazonas (al que en sus tramos iniciales denominaban Marañón o río de Orellana) pronto se transformó en una constante pesadilla de hostigamiento militar. A medida que los bergantines avanzaban, la densidad y la hostilidad de las poblaciones locales aumentaban.
Los exploradores debían conseguir comida constantemente mediante el uso de la fuerza de las armas, abriéndose paso entre nubes de flechas y asaltando las barricadas defensivas que los indígenas erigían en las riberas. Las flechas de los defensores, lanzadas con arcos certeros, resultaban mortales si lograban herir a los marineros.
En un punto del trayecto, los españoles se vieron rodeados por una colosal flotilla de 130 canoas de guerra que albergaban a unos 8.000 combatientes indígenas, lo que obligó a los dos bergantines a combatir sin descanso para evitar ser abordados.
El naufragio del bergantín dañado
La navegación fluvial presentaba peligros invisibles bajo la superficie. Durante un intento de tomar puerto para conseguir víveres, uno de los bergantines chocó violentamente contra una estaca sumergida que desfondó por completo una de las tablas del casco, provocando que la nave comenzara a anegarse rápidamente.
En mitad de este desastre, la disciplina militar y el adiestramiento salvaron al grupo:
- Mitad de la tripulación: Sostuvo un combate feroz desde la borda y las canoas para repeler a los indios que intentaban aprovechar el accidente.
- La otra mitad: Consiguió poner el bergantín dañado en seco en la playa fluvial, sustituir la tabla rota y realizar las tareas de calafateado de emergencia.
Toda la compleja operación de reparación bajo fuego enemigo se completó con éxito en apenas tres horas, un testimonio increíble de la destreza que estos hombres habían adquirido como carpinteros navales de fortuna.
La salida al océano: Navegar sin brújula hacia la libertad
Tras nueve meses de una vida insostenible y plagada de penalidades extremas, los expedicionarios comenzaron a notar un cambio en las aguas. La aparición de mareas y la inmensidad del horizonte les indicaron la proximidad del mar abierto.
Antes de adentrarse en las peligrosas aguas del océano Atlántico, Orellana decidió buscar un lugar elevado y defendible en el delta del río para preparar las embarcaciones. En este refugio temporal permanecieron diecisiete días realizando trabajos esenciales:
- Forjado de nuevos clavos: Tuvieron que reactivar las fraguas improvisadas para reforzar las uniones del casco.
- Arboladura y jarcias: Fabricaron e instalaron nuevos mástiles en los bergantines. Elaboraron jarcias resistentes utilizando pastos y hierbas de la zona.
- Velas de mantas: Confeccionaron velas utilizando las mantas que les quedaban.
- Provisionamiento: Almacenaron maíz tostado, raíces y agua dulce en tinajas y cántaros de barro arrebatados a las poblaciones nativas.
Una navegación a ciegas
La salida al mar abierto se realizó en unas condiciones que horrorizarían a cualquier navegante moderno. Navegaban sin pilotos experimentados, sin cartas náuticas, sin aguja de marear (brújula) y sin tener la más mínima idea de su posición geográfica exacta.
Guiados únicamente por la intuición y costeando siempre hacia su izquierda, los dos bergantines, el Victoria y el San Pedro, se adentraron en las aguas del Atlántico. Milagrosamente, la corriente y los vientos los empujaron hacia el norte, hasta que a finales de septiembre de 1542 avistaron la isla de Cubagua, en las costas de la actual Venezuela. La hazaña se había completado: habían descendido el río Amazonas desde sus fuentes andinas hasta su desembocadura oceánica, sobreviviendo para contarlo.
El trágico destino de Francisco de Orellana
El éxito de la expedición otorgó a Orellana una inmensa notoriedad. Viajó inmediatamente a la corte española, donde presentó la relación de su asombroso viaje y consiguió firmar una capitulación oficial para colonizar las tierras descubiertas, bautizadas bajo el evocador nombre de Nueva Andalucía.
En mayo de 1545, Orellana partió de Sanlúcar al frente de una armada de cuatro naves y 400 hombres destinados a poblar el Amazonas. Sin embargo, la fortuna que lo había acompañado en su primer descenso le dio la espalda de manera definitiva:
- Una de las naves tuvo que quedar en las islas de Cabo Verde.
- Otra zozobró y desapareció en la travesía atlántica frente a las costas americanas.
- Las dos restantes consiguieron penetrar en la desembocadura del Amazonas, pero terminaron perdiéndose tras remontar poco más de cien leguas río arriba.
Los supervivientes se vieron obligados a recurrir nuevamente al viejo milagro: construyeron dos bergantines improvisados con las maderas de los naufragios. Sin embargo, esta vez el río no mostró piedad. Francisco de Orellana murió de enfermedad en las márgenes del río que había descubierto, mientras que muchos de sus hombres perecieron por las heridas de flechas y el agotamiento. Los escasos supervivientes consiguieron refugiarse finalmente en la isla Margarita, poniendo un triste final a la vida de uno de los exploradores más audaces del Nuevo Mundo.
Preguntas Frecuentes sobre el viaje de Francisco de Orellana
¿Qué fue el bergantín Victoria?
El Victoria fue un barco de vela y remo de unos catorce metros de eslora construido de forma totalmente artesanal por los hombres de Francisco de Orellana en el pueblo indígena de Aparia en 1542, utilizando madera local y metal fundido de los pertrechos de sus propios caballos.
¿Cómo consiguieron clavos en mitad de la selva amazónica?
Bajo la dirección del entallador sevillano Diego Mejía, los soldados españoles fundieron las herraduras, las cadenas y los frenos de hierro de los caballos de la expedición en una fragua improvisada cuyos fuelles estaban hechos con el cuero de sus botas de montar.
¿Cuántas personas sobrevivieron al primer viaje por el Amazonas?
De los hombres que iniciaron el descenso con Orellana desde el río Napo, la inmensa mayoría logró sobrevivir y alcanzar la isla de Cubagua en septiembre de 1542, habiendo registrado únicamente la pérdida de siete hombres por inanición antes de llegar a Aparia.
La construcción de los bergantines Victoria y San Pedro representa uno de los testimonios más preclaros del ingenio hispano frente a las situaciones de máxima adversidad. Cuando los recursos faltaron, la herrería improvisada, la botánica aplicada y la disciplina militar permitieron transformar herraduras de caballo en clavos de navegación, abriendo las puertas de uno de los mayores descubrimientos geográficos de la historia de la humanidad
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